Las leyes romanas desvelan el enorme dispositivo militar que había detrás de las fieras de los anfiteatros
Leones y otras fieras no aparecían simplemente en los anfiteatros romanos para enfrentarse a sus cazadores ante miles de espectadores. Detrás de las venationes, las cacerías y exhibiciones de animales exóticos que llegaron a ser más populares que los propios combates de gladiadores, funcionaba una compleja maquinaria en la que participaban el Ejército, la administración imperial y las provincias. Un estudio de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) ha reconstruido este engranaje a través de dos constituciones imperiales del Bajo Imperio conservadas en el Código Teodosiano, unas normas que permiten conocer desde la intervención militar en la captura de las fieras hasta los problemas económicos y de seguridad que provocaba trasladarlas a grandes distancias.
La investigación, publicada en la Revista General de Derecho Romano, ha sido realizada por Rosa María Carreño Sánchez, investigadora del Instituto de Estudios Clásicos Lucio Anneo Séneca de la UC3M. Su análisis de las disposiciones recogidas en el Codex Theodosianus —posteriormente incorporadas al Codex Iustinianus— muestra hasta qué punto el poder imperial ejercía un control estricto sobre los animales destinados a estos espectáculos. Entre las conclusiones más llamativas figura la existencia, en la Antigüedad tardía, de un monopolio estatal sobre los leones que buscaba garantizar ejemplares para los espectáculos del emperador y evitar la competencia de particulares en un momento de creciente escasez de grandes felinos. En palabras de Carreño, aquello significaba que “todos los leones pertenecían al emperador”.
Soldados especializados en perseguir y custodiar fieras
Conseguir los animales exigía una intervención directa del Ejército romano. Las fuentes jurídicas analizadas documentan unidades y soldados especializados, entre ellos los denominados ad leones, los ursuarii y los vestigiatores, encargados de rastrear, capturar y custodiar animales salvajes en las fronteras del Imperio. Su trabajo constituía el primer eslabón de una cadena mucho más amplia: una vez capturadas, las fieras debían recorrer grandes distancias hasta alcanzar Roma o las colecciones imperiales, lo que obligaba a movilizar personal y recursos mucho antes de que los animales llegasen finalmente a la arena.
El transporte podía convertirse además en una pesada carga para los territorios atravesados. Las provincias estaban obligadas a proporcionar el personal necesario para los desplazamientos con cargo a sus propias arcas, una exigencia que podía generar importantes costes y que terminó propiciando abusos. La investigación documenta retrasos indebidos capaces de perjudicar económicamente a las ciudades y que, en algunos casos, podían esconder el desvío fraudulento de las fieras para utilizarlas en espectáculos privados no autorizados. La respuesta de la administración imperial fue endurecer el control y establecer severas multas en oro para los mandos militares que incumplieran sus obligaciones.
El espectáculo que sobrevivió a los gladiadores
Toda esta organización estaba al servicio de unas celebraciones que ocuparon un lugar destacado en el entretenimiento romano durante siglos. Las venationes no siguieron exactamente el mismo destino que los combates de gladiadores: mientras estos últimos fueron desapareciendo progresivamente, entre otros factores por la condena moral del cristianismo y su elevado coste, los espectáculos con animales consiguieron prolongarse durante más tiempo. Las cacerías servían además como representaciones públicas del dominio humano sobre la naturaleza y como demostraciones de la grandeza y capacidad de movilización del poder imperial.
Su extensión alcanzó también a Hispania, donde los anfiteatros acogieron este tipo de celebraciones. Uno de los ejemplos destacados por la investigación es Itálica, en la actual Santiponce (Sevilla). Su monumental anfiteatro se encontraba entre los mayores del Imperio y tenía capacidad para celebrar distintos tipos de espectáculos, incluidas las venationes, pese a que la ciudad contaba con apenas unos 8.000 habitantes.
Lo que ocurría antes de abrir las puertas del anfiteatro
El valor de las dos leyes estudiadas reside precisamente en que permiten mirar más allá de la escena final que tenía lugar ante los espectadores. Frente a las representaciones literarias y visuales de las venationes, centradas en lo que sucedía en la arena, las normas jurídicas permiten reconstruir la gestión de recursos, los conflictos territoriales y la organización administrativa que hacía posible estos espectáculos. También muestran hasta qué punto la captura y el transporte de animales se integraban en la maquinaria del Estado romano.
El trabajo de Carreño convierte, así, el derecho romano en una fuente para reconstruir la trastienda de uno de los grandes entretenimientos de la Antigüedad. Las constituciones imperiales muestran que la llegada de las fieras al anfiteatro era el resultado final de una operación compleja en la que intervenían tropas especializadas, autoridades civiles y militares, recursos de las provincias y una regulación destinada tanto a asegurar el suministro como a evitar abusos. Como resume Carreño, las leyes permiten conocer “la gestión de recursos, los conflictos territoriales” y el enorme esfuerzo logístico que exigían estos espectáculos.