Sin escapatoria: las dos formas en las que el pez acorazado aplastaba a sus presas hace 385 millones de años

Raquel Sáez

22 de septiembre de 2026 08:58 h

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Los peces acorazados eran los grandes depredadores de su época. Hablamos de un animal prehistórico del grupo de los Placodermi, que se caracterizaba por la presencia de placas óseas en la parte anterior de su cuerpo, además de tener un número par de extremidades y de poseer mandíbulas. Algo no menor para acabar con sus presas, apuntan los científicos. 

Estos animales no solo se valían de sus fuertes mandíbulas, sino que desarrollaron hasta dos formas distintas para acabar con sus presas, según una nueva investigación liderada por la Universidad de Flinders (Australia) y publicada en la revista Scientific Reports

Mientras que las especies más pequeñas examinadas dependían de placas trituradoras anchas y planas para pulverizar presas enteras, las especies más grandes desarrollaron dientes con forma de arma que perforaban y destrozaban presas con caparazón y armadura que eran demasiado grandes para tragar.

“Los placodermos experimentaron con una extraordinaria variedad de formas de mandíbula y partes masticatorias durante la evolución temprana de los vertebrados”, apunta la investigadora Alice Clement. Esta distinción no es baladí, sino que ofrece una “oportunidad única para comprender cómo algunas de las primeras mandíbulas se especializaron para diferentes dietas”.

Mordidas adaptadas

El equipo de investigadores utilizó una nueva combinación de técnicas para descubrir cómo estos peces acorazados, que vivieron hace más de 400 millones de años, capturaban a sus presas en un antiguo arrecife exótico que una vez cubrió lo que ahora es el norte de Australia Occidental. En concreto, a través de simulaciones por ordenador y un análisis tridimensional de sus superficies de mordida, fueron capaces de reconstruir cómo se alimentaban ocho de estas especies en los océanos hace 385 millones de años.

A diferencia de muchos animales actuales, incluidos los humanos, los placodermos no poseían un solo hueso mandibular. En cambio, sus mandíbulas consistían en placas óseas pares sostenidas por cartílago, con superficies que iban desde amplias placas trituradoras hasta afilados bordes cortantes con estructuras similares a dientes”, explica el primer autor del estudio, Rex Mitchell. 

En lugar de encontrar una relación simple, descubrieron que tanto los placodermos más grandes como los más pequeños poseían las mandíbulas más fuertes para realizar mordidas duras, a pesar de usar herramientas de mordida completamente diferentes. Las especies más pequeñas tenían placas trituradoras anchas y casi sin rasgos distintivos, mientras que las especies más grandes poseían superficies dentales elevadas y muy complejas.

“Tanto los animales más pequeños como los más grandes habían desarrollado mandíbulas fuertes, pero habían resuelto el problema de procesar alimentos más duros de maneras completamente diferentes”, sostiene Mitchell.

Pero, ¿por qué existía esa diferencia entre ejemplares de pez acorazado? Los científicos sugieren que la respuesta reside en la relación entre el tamaño corporal del depredador y la presa a la hora de morder presas acorazadas con caparazones exteriores resistentes.

La investigación deja otra conclusión: los hallazgos demuestran que la alimentación a base de objetos duros entre los primeros vertebrados con mandíbulas no se logró mediante una única solución evolutiva. A cambio, se observó una diversidad de diseños de mandíbulas que permitieron a los placodermos explotar diferentes presas dentro del antiguo ecosistema de arrecifes.