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Las hienas dejan en ridículo su mala fama: su comunicación rivaliza con la de muchos primates

Una carcasa abandonada suele bastar para que varias figuras encorvadas aparezcan en películas como amenaza, rivales o animales dispuestos a arrebatar comida. Las hienas han quedado asociadas de ese modo con la carroña, la persecución y una agresividad casi permanente, una representación alimentada por relatos en los que rondan a otros depredadores, esperan una oportunidad y entran para disputar una presa.

Esa imagen también las presenta como criaturas torpes, crueles o cobardes, ya que muchas historias reducen su conducta a reír, acosar y aprovecharse del trabajo ajeno. La percepción habitual deja fuera buena parte de su vida diaria y convierte una especie social en una caricatura dominada por la caza y el conflicto. Esa diferencia entre reputación y comportamiento abre la puerta a observar qué hacen las hienas cuando la comida y la competencia dejan de mandar.

Un estudio descubrió que las hienas juegan durante buena parte del día

Esa parte menos conocida aparece en una investigación sobre hienas manchadas en libertad, realizada por el Departamento de Etología de la Universidad de Pisa, el Ngorongoro Hyena Project del Instituto Leibniz de Investigación Zoológica y de Fauna Silvestre y Siyafunda Wildlife & Conservation.

El trabajo concluye que estos animales dedican mucho tiempo a jugar y utilizan expresiones faciales y sonidos con una precisión comparable a la registrada en numerosas especies de primates. Las observaciones realizadas en Tanzania y Sudáfrica muestran además que el juego forma parte de una vida social compleja, donde cada participante necesita interpretar las intenciones de los demás para mantener la actividad dentro de un tono pacífico.

Una pelea de juego puede parecer agresiva desde fuera porque incluye persecuciones, empujones, mordiscos controlados y cambios rápidos de posición, aunque cada movimiento exige que los animales sepan cuándo continuar y cuándo rebajar la intensidad. Ese entendimiento resulta especialmente importante en depredadores grandes y poderosos, capaces de causar heridas graves si una acción se interpreta como amenaza.

Las hienas emplean señales corporales y vocales para indicar que el enfrentamiento pertenece al juego, de manera que sus compañeros pueden responder sin convertirlo en una disputa real. La comunicación actúa durante toda la interacción y permite corregir posibles malentendidos antes de que aumente la tensión.

La boca abierta relajada indica que todo forma parte del juego

En los encuentros entre dos hienas, una de las señales más frecuentes es la llamada boca abierta relajada, conocida por las siglas ROM en la literatura científica. El animal abre la boca dentro del campo de visión de su compañero para indicar una intención pacífica, algo que funciona mejor cuando ambos mantienen contacto visual.

La dificultad aumenta cuando intervienen varios individuos, ya que alguno puede quedar fuera de esa línea de visión y perder la señal facial. En esos casos, las hienas añaden sonidos propios del juego para que el mensaje llegue a todo el grupo.

El equipo registró 13 vocalizaciones distintas mientras las hienas jugaban, cinco de ellas ausentes hasta ahora en las descripciones científicas. Los investigadores plantean que esos sonidos compensan la pérdida de contacto visual dentro del grupo y permiten mantener una interpretación común de las intenciones.

La variedad registrada cambia la imagen de una risa automática y repetitiva, porque revela un repertorio adaptado a circunstancias sociales distintas. La comunicación vocal cumple así una función práctica durante el juego y ayuda a que varios animales participen al mismo tiempo sin que la situación derive en una pelea real.

El juego tampoco queda limitado a las crías. Los ejemplares jóvenes participan con mayor frecuencia, aunque los adultos continúan persiguiéndose, forcejeando y respondiendo a las señales de sus compañeros. Las observaciones indican incluso que algunos adultos disfrutan especialmente cuando juegan en el agua, una conducta que amplía lo que se sabía sobre sus preferencias y su actividad cotidiana.

Esa continuidad a lo largo de la vida sugiere que jugar mantiene relaciones sociales, permite practicar movimientos y ofrece oportunidades para interpretar las reacciones de otros miembros del grupo.

La investigación desmonta la imagen reducida de las hienas

Parte de esta información procede del Ngorongoro Hyena Project, que lleva más de 30 años estudiando poblaciones del cráter del Ngorongoro, en Tanzania. Ese seguimiento prolongado permite observar conductas que una visita breve difícilmente recogería, ya que el juego cambia según la edad, el número de participantes y las condiciones del encuentro. La duración del proyecto también ayuda a distinguir acciones ocasionales de pautas repetidas dentro de una población.

La investigación deja una imagen muy distinta de la hiena reducida a cazadora o carroñera. Sus peleas de juego dependen de señales faciales, sonidos específicos y ajustes ligados a cada situación social, mientras jóvenes y adultos conservan esa actividad durante toda su vida. Bajo la reputación construida por películas y relatos aparece un depredador que necesita interpretar, avisar y adaptarse para jugar con otros sin convertir la fuerza en conflicto.