París salda su deuda con Guimard con un museo que reivindica al arquitecto olvidado del Metro
La estructura metálica verde, con formas que parecen surgidas de un tallo vegetal, marca la entrada a una de las redes subterráneas más extensas de Europa. Las bocas de metro típicas de París no solo indican el acceso al transporte público, también condensan un estilo arquitectónico que marcó el cambio de siglo. Su estética orgánica, con curvas fluidas y tipografías diseñadas expresamente para estos accesos, consolidó un lenguaje visual único en la ciudad.
Algunas están rematadas por faroles que evocan flores, mientras que otras se abren con marquesinas acristaladas que recuerdan a alas de insecto. Ese conjunto, tan reconocible como funcional, acabó convirtiéndose en una seña urbana que, a pesar del rechazo inicial, ha resistido décadas de obras, transformaciones y políticas de modernización. Justamente ese patrimonio es el que da sentido al proyecto que convertirá el Hôtel Mezzara en museo.
Un edificio olvidado recupera el legado de su arquitecto
El edificio, situado en el distrito XVI, lleva la firma de Hector Guimard, que fue también el autor de aquellas controvertidas estructuras del metro que hoy se consideran patrimonio parisino. A diferencia de sus entradas repartidas por toda la ciudad, el Hôtel Mezzara permanecía desocupado y bajo titularidad estatal, hasta que la asociación Le Cercle Guimard consiguió el impulso necesario para su transformación.
El objetivo declarado del grupo es dotar al arquitecto de un espacio permanente donde exhibir su legado en la ciudad que lo adoptó, algo que no había ocurrido hasta ahora. La apertura está prevista para 2027.
Fabien Choné, presidente de la consultora Fabelsi y de Hector Guimard Diffusion, coordina esta iniciativa junto con el arquitecto Nicolas Horiot, responsable también de Le Cercle Guimard. Según explicó Choné en una entrevista publicada por The Guardian, la falta de reconocimiento institucional resultaba incomprensible: “Mientras los turistas veían en sus estructuras unos símbolos de la belle époque, los parisinos las despreciaban por completo”. En sus palabras, esa percepción local marcó el destino de muchas piezas que fueron retiradas o destruidas con cada obra urbana.
Una carrera marcada por el olvido tras su apogeo modernista
Aunque Guimard llegó a ser uno de los referentes del modernismo francés, su figura cayó en el olvido tras la Primera Guerra Mundial, cuando la arquitectura funcionalista empezó a imponerse en Europa. Tal como señala Horiot en la misma publicación, esa invisibilidad pública tardó décadas en revertirse: “El resurgir empezó en 1970 con una exposición en Nueva York, pero fue un proceso lento, paso a paso”. Uno de esos pasos fue precisamente recuperar y proteger las piezas aún conservadas, incluidas las tipografías originales que firmó con su nombre.
En total, quedan 86 entradas del metro diseñadas por él. Todas llevan el rótulo Métropolitain con una fuente caligráfica sin líneas rectas, que forma parte del estilo vegetal característico del conjunto. La señalización, las barandillas y los soportes fueron pensados como parte de una unidad decorativa que unía ingeniería y estética.
Algunas estaciones, como la de Bastille, presentan incluso variantes más arriesgadas que recuerdan a estructuras orientales, en un intento por ampliar los referentes visuales del modernismo sin perder su identidad. Además de las bocas del metro, Guimard proyectó viviendas, mobiliario, elementos ornamentales y hasta una sinagoga, todo dentro del mismo lenguaje orgánico y asimétrico que definió su obra.
París rinde homenaje a uno de sus autores más influyentes
El propio Hôtel Mezzara, concebido en 1910 para un industrial textil, recoge buena parte de esa coherencia estilística, desde las molduras interiores hasta las ventanas. Su restauración como museo incluirá una colección permanente de planos, cerámicas, trabajos en hierro y fragmentos originales de estaciones, según avanzó el diario Le Monde.
El nuevo espacio museístico permitirá recorrer ese universo arquitectónico sin salir del edificio. Allí se reunirán piezas procedentes de colecciones públicas y privadas, además de archivos personales, con la intención de crear una experiencia envolvente sin necesidad de reconstrucciones artificiales. La propuesta incluye también actividades de mediación cultural y colaboraciones con otros centros internacionales que han expuesto su obra en décadas anteriores.
Con esta reapertura simbólica, París busca saldar una deuda con uno de los autores más reconocibles de su paisaje urbano, aunque fuera mucho tiempo después de que sus diseños comenzaran a desaparecer de las calles. Y quizá sea esa paradoja la que acabe convirtiendo el museo en algo más que una exposición permanente.