El primer hueso de dinosaurio antártico no apareció bajo el hielo, sino dentro de un cajón
A ras de suelo, el paisaje puede parecer muerto cuando solo hay hielo, viento y roca desnuda sin señales claras de vida pasada. La Antártida tuvo en el pasado una fauna rica y variada que incluía dinosaurios, aunque durante décadas no se encontraron restos claros porque el hielo cubre las rocas donde se esconden y porque las condiciones de trabajo dificultan identificar fragmentos pequeños o erosionados.
Por eso cuesta imaginar que este mismo territorio estuviera lleno de vida hace millones de años. También explica por qué muchas pistas quedaron ocultas durante años sin que nadie pudiera reconocerlas como lo que realmente eran.
Un fósil guardado desde 1985 cambió la historia del continente
Un fósil recogido en 1985 y guardado durante décadas ha permitido cambiar esa imagen, según informa la BBC, al confirmarse que se trata del primer hueso de dinosaurio descubierto en la Antártida. La pieza, conservada en las colecciones del British Antarctic Survey (BAS), fue identificada como una vértebra de la cola de un titanosaurio tras un análisis reciente que ha sido descrito en la revista Acta Palaeontologica Polonica.
El hallazgo no solo llena un vacío en el registro fósil del continente, también sitúa a estos animales dentro de un ecosistema que hasta ahora apenas contaba con pruebas evidentes.
Todo empezó cuando Mark Evans, responsable de la colección geológica del BAS, revisaba cajas con materiales acumulados durante décadas de expediciones. Entre miles de ejemplares encontró una pieza que le llamó la atención por su forma. Evans describió ese momento como una sorpresa que aparece al abrir un cajón sin expectativas concretas: “Ah, esto parece interesante”.
El ejemplar pertenecía a un gran herbívoro de menor tamaño
Ese hueso llevaba guardado desde 1985, cuando el geólogo Mike Thomson lo recogió en la isla James Ross y lo anotó en su cuaderno como “vértebra de un gran reptil”, con un diámetro aproximado de 10 centímetros. En aquel momento, el equipo pensó que pertenecía a un reptil marino, una confusión comprensible si se tiene en cuenta que la zona estaba llena de restos de origen marino y que el fragmento no resultaba especialmente llamativo a simple vista.
La interpretación cambió cuando Evans consultó al paleontólogo Paul Barrett, investigador del Museo de Historia Natural de Londres. La forma del hueso ofrecía pistas claras sobre su origen, con una depresión en un extremo y una protuberancia en el otro que encajaban con la estructura de las vértebras de dinosaurio. Barrett explicó esa identificación a partir de la propia morfología del fósil: “Esta es una combinación de características que son completamente singulares de este tipo de dinosaurios”.
Ese diagnóstico sitúa el fósil dentro del grupo de los titanosaurios, animales herbívoros de gran tamaño que caminaban sobre cuatro patas y que desarrollaron cuellos largos para alcanzar la vegetación elevada.
Algunos superaban los 35 metros de longitud y alcanzaban varias decenas de toneladas, aunque el ejemplar antártico sería mucho más pequeño, con una longitud estimada de unos 7 metros. Esa diferencia abre dos posibilidades, ya que podría tratarse de un individuo joven o de una variante de menor tamaño dentro del grupo.
Las antiguas conexiones entre continentes facilitaron su expansión
La presencia de estos dinosaurios en la Antártida solo se entiende al mirar cómo era el continente en el pasado. Durante el Cretácico tardío, hace unos 82 millones de años, esta región no estaba cubierta de hielo, sino de bosques densos con un clima mucho más templado. En ese entorno crecían plantas que servían de alimento a grandes herbívoros, lo que hacía posible la existencia de ecosistemas complejos con varias especies conviviendo.
El contexto geológico ayuda a fijar con precisión ese momento. El fósil procede de una formación marina donde aparecieron restos de amonites, lo que permite datar la roca con bastante exactitud. Esa asociación indica que el animal no murió en el mar, sino que su cuerpo fue arrastrado desde tierra firme, posiblemente por un río, hasta acabar depositado en el fondo marino donde se conservó como fósil.
El hallazgo también aporta pistas sobre cómo se movían los dinosaurios entre los continentes del hemisferio sur. En aquella época, la Antártida estaba conectada con Sudamérica y otras masas terrestres, lo que facilitaba el desplazamiento de grandes animales.
Barrett señaló que la presencia de titanosaurios en este punto mantiene la idea de que estos animales pudieron extenderse hacia otras regiones cercanas: “La confirmación de la presencia de estos animales en la Antártida hace que parezca probable que se desplazaran hasta estas zonas, que estaban conectadas”.
Esa conexión ayuda a entender por qué se han encontrado restos de este grupo en algunos lugares y no en otros, y por qué el registro fósil del continente antártico sigue siendo tan limitado. El hielo cubre gran parte de las rocas donde podrían aparecer más restos, y cada expedición depende de condiciones extremas que reducen las zonas accesibles. Por eso, un fragmento pequeño puede permanecer décadas sin ser identificado, aunque esté guardado en una colección científica.
De esta manera, lo que durante años se interpretó como un resto sin importancia ahora permite reconstruir una parte de la historia de la vida en un territorio que hoy parece incompatible con ella, pero que en otro tiempo ofrecía un entorno donde estos animales podían desplazarse, alimentarse y dejar rastro en la roca.
0