¿Y si el globo de Bailly no fuera auténtico? Un estudio acaba de abrir la duda más antigua de la ciencia española
Los objetos esféricos han sido durante siglos una forma sencilla y eficaz de imaginar el planeta entero. Su superficie curva permitía ver la Tierra entera de un vistazo, con mares, cordilleras y fronteras reducidas a una escala manejable. Los primeros modelos eran frágiles, hechos de papel o metal, y se construían con una mezcla de cálculo y arte.
Muchos servían en aulas, gabinetes o palacios para enseñar geografía y navegación, aunque también funcionaban como símbolo de poder y de conocimiento. Algunos, como el globo de Bailly, mostraban el mundo con un detalle que sorprendía para su época, y ayudaban a visualizar el lugar de cada territorio en un mapa sin principio ni fin. Con ello se abría un modo nuevo de entender la distancia y la forma del mundo.
El globo de Bailly revela un error que cambia su historia
El astrónomo Miguel Querejeta, del Real Observatorio de Madrid, ha elaborado el primer catálogo completo de globos, esferas y planetarios antiguos conservados en España. El trabajo documenta piezas fabricadas antes de 1900 y localizadas en museos, bibliotecas y universidades. Aunque buena parte de los objetos proceden de Francia e Inglaterra, el catálogo muestra que España ha sido un país custodio de una colección excepcional de instrumentos científicos.
La misma leyenda ROBERIVS DEBAILLY 1630 aparece grabada dos veces en una esfera terrestre de metal del Museo Lázaro Galdiano de Madrid. Querejeta revisó la pieza, atribuida desde hace tiempo a Robert de Bailly y fechada en 1530, y esa doble inscripción deja poco espacio para explicarla como una metedura de pata puntual.
La comparación con el globo de 1530 que conserva la Morgan Library de Nueva York encaja bastante en América, África y Asia, pero cuando llega a Europa y al norte de África el dibujo se vuelve tosco y no cuadra con la cartografía del siglo XVI. El trabajo de Querejeta sugiere que no se trata de una falsificación, sino de una copia posterior, quizá realizada en la primera mitad del siglo XVII por un artesano centroeuropeo que replicó el modelo sin dominar el latín ni la cartografía.
Una pieza única une arte, astronomía y orfebrería en un mismo objeto
El globo madrileño, inventariado con el número 01481 y catalogado como pieza de platería, está hecho de plata dorada y mide unos 14 centímetros de diámetro. Su estructura funciona como una copa que se abre por la mitad y descansa sobre una figura masculina calva, que lo sostiene con los brazos levantados. Bajo la esfera aparece una escocia gallonada y, más abajo, una base circular adornada con mascarones y cintas.
En la parte superior se alza una pequeña figura de niño que mira por un catalejo y sujeta una rueda grabada con los días y meses de un calendario perpetuo con la inscripción Allgemeiner und Immermehrender Calender. Ese detalle lo convierte en un objeto único dentro del conjunto catalogado.
La pieza fue comprada en Nueva York en los años 40 por José Lázaro Galdiano, poco antes de donar su colección al Estado español. Antes había pertenecido a Carl Mayer von Rothschild. Aunque durante décadas se creyó que era una obra original de 1530, el nuevo análisis descarta esa fecha. Querejeta indica que su valor no está en la autenticidad sino en su capacidad para mostrar cómo se copiaban y reinterpretan los globos en siglos posteriores.
Otro hallazgo destacado es el globo terrestre fabricado por Tomás López, conservado en la Biblioteca Nacional de España. Este cartógrafo del siglo XVIII fue conocido por su precisión y su afán recopilador. En este caso, el estudio lo fecha entre 1770 y 1780 gracias a una inscripción cerca de Alaska que repite una frase usada en un mapa de 1771. Ese detalle permite situar el globo como el más antiguo realizado en España que ha sobrevivido hasta hoy.
España conserva casi 200 globos que cuentan una historia de ciencia y poder
El catálogo reúne un total de 199 globos: 57 celestes, 82 terrestres, 48 esferas armilares, 11 planetarios mecánicos y un globo lunar. Madrid concentra la mitad de las piezas, seguida por Catalunya, Galicia y Castilla y León. En cuanto al origen, predominan los modelos franceses, seguidos de los ingleses, españoles y neerlandeses. Esta distribución refleja tanto la historia de las importaciones como el peso de la tradición europea en la fabricación de instrumentos científicos.
Entre los ejemplos más llamativos está un globo celeste azul oscuro de la Biblioteca Nacional, posiblemente fabricado en el Real Observatorio de Madrid a finales del siglo XVIII. Su tamaño y diseño indican que pudo haberse hecho como regalo para el rey Carlos IV. También destacan dos esferas armilares atribuidas al mismo taller, hechas en latón y con inscripciones en francés, y los planetarios mecánicos integrados en relojes astronómicos del Palacio Real y otros museos.
El estudio concluye que España conserva un patrimonio de globos científicos mucho más amplio de lo que se pensaba. Estas piezas, además de su belleza artesanal, fueron herramientas de enseñanza, navegación y representación del poder. Su conservación permite entender cómo se transmitía el saber geográfico y cómo los objetos ayudaban a imaginar el mundo mucho antes de los mapas actuales.