¿Y si internet no fuera el primer gran salto en las comunicaciones? Un estudio sostiene que el Próximo Oriente antiguo ya contaba con un sistema hace más de 3600 años
Las distancias largas siempre han obligado a buscar métodos rápidos para transmitir avisos urgentes entre comunidades separadas por decenas o cientos de kilómetros. En el Próximo Oriente antiguo, la comunicación a gran velocidad no dependía de mensajeros ni de caballos, sino de señales que podían verse desde muy lejos.
Este sistema se basaba en hogueras nocturnas y columnas de humo durante el día que enlazaban puestos situados a gran distancia entre sí. El resultado permitía que una advertencia se desplazara por amplias regiones en muy poco tiempo. Esa capacidad para propagar un aviso de forma casi inmediata explica la aparición de redes de señales visuales en distintos territorios del Oriente Próximo.
Una tablilla hallada en Mari relató cómo Bannum activó la alarma ante un posible ataque
Una tablilla cuneiforme hallada en Mari describe uno de esos episodios y constituye la prueba más antigua conocida de este método. Hacia el año 1800 a. C., un funcionario llamado Bannum observó mientras viajaba por la región que varias señales luminosas se encendían una tras otra cerca de la ciudad de Terqa.
Bannum interpretó la secuencia como una advertencia clara de peligro y envió una carta urgente al rey para pedir refuerzos y reforzar la vigilancia. El documento muestra que el sistema servía como mecanismo de aviso temprano capaz de alertar a varias comunidades antes de que un enemigo alcanzara las murallas.
Las señales funcionaban con códigos simples que todo el territorio entendía. Las comunidades sabían que una hoguera encendida en un punto elevado significaba amenaza o necesidad de ayuda. En cuanto una torre detectaba la señal, respondía con otra hoguera para transmitir el aviso al siguiente puesto. Así, el mensaje avanzaba por la red sin intermediarios humanos y podía recorrer grandes distancias en cuestión de minutos. El método resultaba eficaz porque cada estación solo debía reconocer la señal y repetirla.
Los puestos se distribuyeron para que cada uno alcanzara a ver el siguiente
La eficacia dependía de la posición de las torres. Los puestos se instalaban en lugares elevados o en puntos desde los que se dominaba el horizonte, de modo que cada estación pudiera ver la siguiente. Durante la Edad del Bronce Medio, entre aproximadamente 2000 y 1600 a. C., aparecieron numerosas instalaciones rurales situadas a intervalos cercanos a veinte kilómetros. Esa distancia permitía que los vigilantes distinguieran la señal de la torre vecina. El sistema no requería proximidad física entre asentamientos, bastaba con que cada puesto pudiera observar el siguiente.
Las balizas no existían aisladas dentro del paisaje. Formaban parte de redes fortificadas que incluían murallas, fortalezas, torres de vigilancia y estaciones militares distribuidas a lo largo de caminos y pasos fluviales. Las investigaciones arqueológicas en el norte de Siria han identificado más de un centenar de elementos vinculados a estas estructuras.
Su disposición revela un objetivo claro, controlar rutas de tránsito, vigilar movimientos en el territorio y transmitir avisos de forma rápida. De este modo, las ciudades podían reaccionar ante amenazas antes de que los ejércitos llegaran a sus puertas.
Las fortificaciones formaron entramados defensivos que vigilaban rutas y pasos fluviales
Con el paso del tiempo, estas redes se hicieron más complejas. En el primer milenio a. C., algunos reinos situaron torres en cumbres montañosas para ampliar el campo visual. Cuando una fortaleza no tenía visibilidad suficiente, se levantaban torres intermedias en elevaciones cercanas que actuaban como puntos de enlace.
Los estudios basados en análisis geográficos han confirmado que las ubicaciones no fueron elegidas al azar. Las simulaciones comparan la distribución real con posiciones hipotéticas y muestran que los asentamientos formaban redes densamente conectadas.
El sistema, sin embargo, tenía límites claros. Las balizas solo podían transmitir avisos generales de peligro o solicitud de ayuda. No permitían comunicar información compleja ni detalles precisos sobre la amenaza. Un documento de Mari menciona incluso un caso de malentendido, una señal interpretada de forma incorrecta. Esa fragilidad llevó con el tiempo al desarrollo de redes de mensajeros y a la construcción de carreteras imperiales capaces de transportar mensajes más elaborados.
La rapidez de estas redes permitió a imperios como Asiria coordinar tropas con mayor eficacia
Aun con esas limitaciones, la rapidez de las señales transformó la forma de controlar territorios amplios. Los estados pudieron coordinar ejércitos, reforzar defensas y reaccionar ante invasiones con mayor rapidez. Este modelo de vigilancia contribuyó al crecimiento de potencias como Asiria o Urartu y más tarde influyó en sistemas adoptados por el Imperio persa.
Siglos después, Heródoto describió mecanismos similares vinculados a la Ruta Real persa, una señal de que la idea de transmitir avisos mediante redes visuales había calado en la organización política del mundo antiguo.