Del siglo XVI, este acueducto asturiano tuvo 42 arcos, midió 390 metros y fue el mayor canal de distribución de agua de la zona

Durante el siglo XVI, la ciudad de Oviedo experimentó un notable crecimiento urbano que dejó en evidencia la urgente necesidad de renovar sus infraestructuras hídricas. Para dar solución a las continuas deficiencias que padecían los vecinos, las autoridades locales impulsaron la planificación de una gran obra capaz de captar y transportar agua desde los manantiales del monte Naranco. Este ambicioso proyecto supuso la concepción del Acueducto de los Pilares, una obra clave que transformó por completo la fisonomía de la capital asturiana. La construcción de esta red supuso una proeza técnica para la época, marcando un hito fundamental en la modernización de los servicios públicos ovetenses en la etapa renacentista.

En su trazado original, este acueducto de Asturias tuvo 42 arcos de medio punto, conocidos popularmente entre la población como pilares debido a su imponente presencia monumental. La estructura completa midió 390 metros de longitud y alcanzó una altura de 10 metros en sus puntos más elevados, adaptándose con precisión a las irregularidades del terreno ovetense. Para su edificación se empleó principalmente mampostería y sillarejo de piedra de Piedramuelle, reforzando las esquinas y arcos con bloques de sillería de gran resistencia. La infraestructura contaba con una arquería sustentada por pilares rectangulares que soportaban el canal superior, diseñado para garantizar un flujo constante hacia la ciudad.

El desarrollo de las obras estuvo marcado por distintas etapas y la intervención de destacados maestros de la arquitectura hidráulica de la época. Inicialmente, el proyecto fue emprendido hacia 1570 bajo la dirección del maestro cantero Juan de Cerecedo, quien trabajó en la estructura hasta su muerte y cuyo legado fue continuado por su sobrino. Sin embargo, debido a problemas técnicos e inestabilidad en los primeros planteamientos, la obra tuvo que ser reestructurada a finales de siglo. Fue Gonzalo de la Bárcena, reconocido fontanero mayor de Valladolid y protegido de Felipe II, quien asumió la dirección definitiva, logrando culminar con éxito la colosal obra arquitectónica en el año 1599.

La financiación de esta monumental empresa exigió un cuantioso esfuerzo económico que ascendió a unos 15.500 ducados, sufragados mediante impuestos sobre la sidra y el vino. La canalización captaba las aguas de los manantiales de Fitoria, Boo y Ules, recorriendo una trayectoria estratégica desde las inmediaciones de Ciudad Naranco hasta la zona centro de Oviedo. A lo largo de su recorrido, la traída cruzaba puntos emblemáticos como el Campo de San Francisco y la calle del Rosal, desembocando en el caño de la Capitana, en la Puerta Nueva. Desde este nodo principal, el agua potable se distribuía hacia diversas fuentes públicas, garantizando el suministro a los hogares e instituciones de la urbe.

Durante casi tres siglos, el Acueducto de los Pilares fue el mayor canal de distribución de agua de la zona y la columna vertebral del sistema hídrico municipal. Su funcionamiento ininterrumpido desde finales del siglo XVI hasta las últimas décadas del siglo XIX permitió sostener el desarrollo social, comercial y sanitario de la urbe asturiana. La presencia de esta gran arquería integrada en el paisaje ovetense no solo resolvió un problema vital de abastecimiento, sino que también se convirtió en una seña de identidad colectiva admirada por ilustrados y viajeros. Su solidez constructiva demostró la eficacia de la ingeniería renacentista, asegurando el caudal limpio y constante que requería la población.

El progreso técnico del siglo XIX trajo consigo nuevas soluciones de ingeniería que terminaron por dejar obsoleta la antigua conducción por gravedad del puente acueducto. En el año 1864, el ingeniero Pedro Pérez de la Sala proyectó un moderno sistema de depósitos de agua y red de tuberías a presión que comenzó a operar hacia 1875. Esta innovación tecnológica permitió prescindir del viejo conducto de piedra, que paulatinamente perdió su función utilitaria para convertirse en un testimonio del pasado. El paulatino abandono de la infraestructura coincidió con una fase de fuerte expansión urbana en Oviedo, donde el crecimiento edilicio y la llegada del ferrocarril plantearon nuevas prioridades de ordenación del espacio.

Modernización vs Legado

A principios del siglo XX, la arquería comenzó a ser vista por las autoridades locales como un obstáculo para el desarrollo urbano y la ampliación de las vías ferroviarias. A pesar de la firme oposición de intelectuales como Fermín Canella y del informe contrario emitido por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el ayuntamiento aprobó su demolición. El 11 de enero de 1915 comenzaron los trabajos de derribo en la sombra, desmantelando la casi totalidad de la estructura de 41 arcos para facilitar el ensanche ovetense. Esta pérdida patrimonial generó intensos debates en la prensa de la época, dividiendo a la opinión pública entre la necesidad de modernización y el respeto por el legado histórico.

Como testimonio mudo de aquella colosal obra hidráulica, tan solo sobrevivieron cinco arcos situados en la actual calle Los Pilares, al pie del monte Naranco. Estos restos representativos fueron preservados como recuerdo y homenaje a la infraestructura que abasteció a la capital durante generaciones, recibiendo la declaración de Bien de Interés Cultural. En el año 2006, las administraciones públicas llevaron a cabo una restauración integral de estos arcos supervivientes con una inversión de 48.000 euros para consolidar su estructura. Hoy en día, los pilares conservados constituyen un valioso hito patrimonial que recuerda a los ciudadanos la rica historia de la ingeniería asturiana y el esfuerzo colectivo.