Desde el siglo XVIII las casas de este pequeño pueblo forman un recinto amurallado con forma de manzana
La salmantina villa de Villanueva del Conde, declarada Conjunto Histórico en 2016, destaca por un trazado urbano verdaderamente curioso. Desde el siglo XVIII, sus viviendas se disponen de manera que forman un recinto amurallado con forma de manzana. Esta disposición arquitectónica, prácticamente única en Europa, responde a una necesidad funcional de los antiguos habitantes serranos. El caserío se asienta sobre una meseta inclinada, flanqueada por los arroyos Chapatal y Fuenteherrero que tributan al río. Los repobladores medievales escogieron este enclave estratégico por su buena orientación solar y por estar resguardado de vientos. Hoy en día, el pueblo conserva intacta su personalidad, atrayendo a visitantes que buscan descubrir sus secretos más íntimos.
El rasgo singular de este trazado es la existencia de las llamadas “huertitas” en el corazón mismo del pueblo. Se trata de pequeñas parcelas de labor que quedaron encerradas tras un enorme corro de viviendas tradicionales serranas. Este gran patio de vecinos, despejado de otras construcciones, funciona como una corrala inmensa protegida por las fachadas. Visto desde las alturas, el conjunto asemeja un patio amurallado que guarda los cultivos como si fueran un tesoro. Aunque se ha especulado sobre un posible origen defensivo o militar del recinto, no existen evidencias históricas claras. Lo más probable es que esta estructura respondiera a la protección de los cultivos frente a los vientos de la sierra. Las casas actúan como un muro protector natural que garantiza la prosperidad de los pequeños huertos del núcleo urbano de esta localidad de la provincia de Salamanca.
El acceso a este oasis central no se realiza de forma abierta, sino a través de pasadizos que son muy estrechos. Estos caminos, conocidos localmente como “callejinas” o callejines, discurren ingeniosamente por debajo de las casas actuales. Existen apenas tres de estos accesos que conectan el laberinto de calles exteriores con el núcleo verde de labor. Estos túneles de piedra permitían a los vecinos acudir a sus labores diarias sin tener que rodear toda la gran manzana. Muchos de estos pasillos son tan estrechos que apenas permiten el paso de una persona con su animal de trabajo. Resulta un juego visual muy divertido para el turista recorrer estos rincones sombríos que desembocan en la luz central. Las callejinas son testigos de siglos de historia cotidiana y de un modo de vida vinculado profundamente a la tierra.
La arquitectura de Villanueva del Conde es un catálogo viviente de las técnicas tradicionales de toda la comarca serrana. Las casas están construidas con mampostería de granito y presentan las famosas tramoneras o entramados de madera. Destacan sus grandes balconadas de madera que se asoman a las calles, aportando una estética cálida e inconfundible. Una de las señas de identidad más relevantes son los esgrafiados geométricos que decoran muchas de las fachadas locales. Esta técnica consiste en raspar el mortero de la pared para crear dibujos artísticos que se han conservado muy bien. Los dinteles de granito, a menudo labrados con escudos o fechas antiguas, hablan de la importancia de cada hogar. El pueblo entero es una muestra de armonía entre el material constructivo disponible y el clima de la montaña.
Cada rincón ofrece detalles que demuestran el cuidado con el que los vecinos han mantenido siempre su patrimonio. De hecho, en el centro del entramado urbano se levantan edificios de gran valor espiritual y artístico para todos los habitantes. La iglesia parroquial de San Fabián y San Sebastián preside la plaza de las Eras con su porte monumental y cuya construcción data de mediados del siglo XVII. No muy lejos se encuentra la ermita del Humilladero, otra pieza clave del mismo siglo hecha con sillares de granito. Este pequeño templo luce una portada de simetría estricta y guarda un retablo dorado del siglo XVIII. En su altar se custodia la imagen del Cristo del Humilladero, figura central de la devoción en este pequeño pueblo. Ambos edificios religiosos se integran perfectamente en el paisaje urbano de piedra y madera que define a la villa.
La vida social de Villanueva del Conde se articula en torno a su singular plaza porticada. Este espacio se divide en tres niveles conocidos como El Solano, El Bote y la zona del llamado Postigo. El Solano ha sido históricamente el lugar del baile dominical, donde los jóvenes se reunían al ritmo del tamboril. Por su parte, El Bote es el espacio dedicado al juego de pelota a mano, una tradición con gran raigambre local. El Postigo evoca en su nombre el recuerdo de antiguas entradas a lo que pudo ser un recinto mucho más cerrado. Una hilera de soportales protege la plaza, ofreciendo cobijo y sombra a los transeúntes en los meses veraniegos.
Fuentes y vinos
El pueblo cuenta también con numerosas fuentes donde el agua cristalina de la sierra fluye para el caminante. El entorno natural que rodea a la villa es tan recomendable como su trazado urbano y sus edificios históricos. Los bancales o terrazas escalonadas dominan el paisaje, permitiendo el cultivo de viñedos, olivos y también cerezos. Entre las propuestas para el visitante destaca el Camino de los Prodigios, un sendero circular de diez kilómetros que une Villanueva del Conde con Miranda del Castañar a través de bosques de robles y de castaños. Lo más llamativo de este camino es la integración de obras de arte contemporáneas en la propia naturaleza virgen. En verano, la piscina natural del río San Benito es el destino preferido para disfrutar de un baño refrescante.
La economía de Villanueva del Conde sigue ligada a sus raíces agrarias, pero ahora se abre paso el turismo rural. La viticultura juega un papel crucial, con bodegas que apuestan por variedades autóctonas como la uva rufete. El Centro de Interpretación del Vino permite al viajero profundizar en la cultura enológica que define a la comarca. Hay cooperativas que han sido el motor de la comercialización de vinos, frutas y legumbres, y bodegas modernas recuperan viñedos y construyen edificios integrados en el entorno, lo que supone una clara apuesta por demostrar la calidad de los paisajes y los sabores de Villanueva del Conde.