Las tierras tóxicas y antiguas zonas de guerra se han convertido sin querer en los santuarios naturales más prósperos del planeta
La presencia humana no siempre marca el límite de la naturaleza, porque cuando las personas desaparecen de un territorio por miedo, peligro o contaminación, otras formas de vida ocupan ese hueco. Estas zonas tóxicas, dañadas por residuos, armas o conflictos, pueden cambiar su aspecto con los años y acabar cubiertas de animales y plantas que no estaban antes.
El proceso no es rápido ni limpio, ya que el suelo sigue cargado de riesgos y los restos del pasado siguen ahí, pero la ausencia de actividad humana abre un espacio distinto. Ese cambio explica por qué algunos lugares vedados terminan funcionando como refugios de especies que apenas encuentran sitio en áreas habitadas. Esa transformación plantea una pregunta sobre qué hacer con territorios que ya no sirven para vivir, pero sí para observar cómo responde la naturaleza.
Los llamados “parques involuntarios” surgen de accidentes y prohibiciones
Un extenso reportaje de Mongabay recoge varios ejemplos de estos llamados parques involuntarios, espacios que nunca se pensaron para conservar nada y que aun así acaban protegidos por las circunstancias. El texto describe cómo zonas afectadas por residuos químicos, radiación, minas o disputas fronterizas han quedado fuera del uso cotidiano.
Con el paso de los años, esa exclusión humana ha permitido que la fauna regrese y que la vegetación se extienda sin interrupciones. El reportaje subraya que este resultado no responde a un plan previo, sino a una consecuencia indirecta de decisiones políticas, militares o industriales.
Uno de los avisos que atraviesa el trabajo es el riesgo de contar esta historia como si todo se arreglara solo. David Havlick, profesor de la Universidad de Colorado Colorado Springs, explica a Mongabay que presentar estos lugares como éxitos naturales puede borrar su origen violento y peligroso.
Según dijo, esa lectura puede hacer pensar que basta con abandonar un sitio para que se recupere, cuando muchos siguen siendo tóxicos o inestables. El problema no es que la vida vuelva, sino olvidar que bajo esa capa verde siguen existiendo restos de guerras, residuos o expulsiones forzadas.
Zonas marcadas por la guerra o la industria se convierten en refugios
En el extremo oriental de Asia, las islas Kuriles del sur muestran bien esa mezcla de refugio natural y tensión política. Rusia controla este archipiélago y limita el acceso civil, mientras Japón reclama parte del territorio. Según recoge Mongabay, esa situación ha permitido crear reservas naturales donde viven especies como nutrias marinas, osos pardos o aves amenazadas.
James D.J. Brown, profesor de la Universidad Temple en Japón, señala que estas aguas son ricas en pesca y que el interés económico sigue presente. Esa combinación de valor natural y militar mantiene el futuro del área en una situación frágil.
En Estados Unidos, Hanford Reach National Monument ofrece otro ejemplo distinto pero igual de complejo. Esta franja del río Columbia rodea una antigua planta nuclear del Proyecto Manhattan, activa desde 1943 hasta 1987. Décadas de producción dejaron residuos químicos y radiactivos que enfermaron a miles de personas, según datos citados por Mongabay.
Aun así, la zona quedó cerrada y eso permitió que peces, aves y mamíferos se asentaran sin presión humana. Simone Anter, abogada de Columbia Riverkeeper, explicó al medio que la protección fue accidental y ligada a razones de seguridad, no a conservación.
Actualmente, Hanford alberga decenas de especies, pero el riesgo sigue bajo tierra. El texto detalla fugas de materiales tóxicos, contaminación que avanza hacia el río y preocupación entre comunidades indígenas que usaban el área para alimentarse. La vida volvió, pero convive con amenazas que no han desaparecido. Ese equilibrio inestable muestra que estos espacios no son paraísos cerrados, sino lugares donde la naturaleza avanza mientras el pasado sigue activo.
La recuperación natural no borra lo ocurrido ni asegura el futuro
El reportaje concluye que estos territorios seguirán cambiando según evolucionen los conflictos y las decisiones políticas. Algunos pueden reforzar su protección, mientras otros podrían abrirse al turismo, la explotación o nuevas disputas. La experiencia demuestra que la vida encuentra caminos incluso en suelos dañados, pero también que esa recuperación no borra lo ocurrido ni garantiza un futuro seguro sin una gestión consciente.