Famosa por su artesanía, el encanto de esta ciudad rodeada de murallas reside en sus callejuelas y sus pintorescos zocos

En la zona sur de Marruecos, resguardada en el fértil valle del río Souss, uno puede testificar que Taroudant es una de las joyas más auténticas del país. Conocida popularmente por los viajeros como “la pequeña Marrakech” o “la abuela de Marrakech” debido a su notable semejanza arquitectónica, esta histórica urbe se sitúa estratégicamente a 80 kilómetros de Agadir. Con una población cercana a los 70 mil habitantes, Taroudant brinda una atmósfera serena y genuina, alejada por completo del bullicio masivo. Su privilegiado enclave favorece un entorno hospitalario donde la tradición bereber se mantiene viva en cada rincón.

La rica trayectoria histórica de Taroudant hunde sus raíces en el siglo XI bajo el dominio de la dinastía almorávide, alcanzando su esplendor en el siglo XVI bajo los saadíes. El sultán Mohammed ash-Sheikh fortificó la villa con sólidas murallas de adobe, convirtiéndola en una base militar clave para controlar las regiones meridionales y contener a los portugueses. En aquella época dorada, la ciudad floreció como un próspero núcleo comercial y agrícola enfocado en la caña de azúcar, el algodón y el arroz. A pesar de padecer posteriores conflictos dinásticos, Taroudant logró preservar intacta su identidad y su valioso patrimonio ancestral.

El distintivo principal que fascina al visitante reside en su imponente cinturón de murallas de adobe de tonos ocre y rojizos. Estas fortificaciones centenarias se despliegan a lo largo de más de siete kilómetros perimetrales, protegiendo por completo la antigua medina. El recinto defensivo alberga unas 130 torres y majestuosas puertas monumentales, destacando los accesos de Bab El-Kasbah, Bab Targhount, Bab Zorgane y Bab Lkhmiss. Los viajeros pueden recorrer este perímetro defensivo en bicicleta, a pie o en pintorescas calesas tiradas por caballos. Al atardecer, los rayos solares inciden sobre los lienzos de arcilla, bañando la urbe con un resplandor dorado único.

Al franquear las murallas históricas, el viandante descubre el verdadero corazón de la ciudad en el entramado de la medina. El gran encanto de Taroudant reside en sus laberínticas callejuelas sombreadas y en la constante animación que caracteriza a sus pintorescos mercados. Los zocos tradicionales representan el motor económico de la comunidad, manteniendo la misma estructura e identidad comercial de hace varios siglos. La medina acoge dos mercados principales bien diferenciados: el zoco bereber y el zoco árabe. Por una parte, en el bereber predominan los productos agrícolas de la provincia, vistosas vestimentas tradicionales, especias aromáticas, frutos secos y enseres domésticos.

Pero Taroudant también ha alcanzado renombre internacional gracias a la extraordinaria destreza de sus artesanos y la alta calidad de sus talleres. En el zoco árabe se concentran los puestos dedicados a la marroquinería y la elaboración fina en cuero, oficio de profundo arraigo local. Asimismo, el visitante contempla magníficas alfombras tejidas a mano con motivos geométricos, elaboradas piezas de terracota, alfarería decorativa y finos trabajos en bronce o latón. Mención especial merecen los orfebres que confeccionan joyas de plata amazigh siguiendo técnicas ancestrales. La práctica del regateo entre compradores y mercaderes constituye un ritual donde prima el respeto mutuo.

La vida social, en las plazas

La vida comunitaria y el esparcimiento social de la población se concentran en sus emblemáticas plazas públicas repartidas por la medina. La animada plaza Assarag constituye el núcleo vertebrador de la urbe, convirtiéndose en el punto de encuentro predilecto para residentes y viajeros al caer la tarde. En este espacio diáfano convergen músicos tradicionales, cuentacuentos y variados artistas callejeros que dinamizan la velada. Las terrazas y puestos gastronómicos de Assarag invitan a degustar sabrosos tajines, cuscús recién elaborado y té de menta. Por otro lado, la tranquila plaza Talmoklate ofrece un ambiente más sosegado, idóneo para descansar en cafés tradicionales.

Más allá del casco urbano, los alrededores de Taroudant custodian espacios de notable valor cultural y paisajístico. A pocos minutos de la medina se encuentra el Palacio Claudio Bravo, antigua residencia convertida en museo que exhibe las colecciones de arte del renombrado pintor chileno. Asimismo, a unos treinta kilómetros se despliega el exuberante Palmeral de Tioute, un vergel regado por tradicionales canales al pie de una kasbah saadí del siglo XVI. La región destaca también por sus cooperativas femeninas dedicadas a la extracción del afamado aceite de argán. Con el Atlas de fondo, Taroudant combina historia, artesanía y autenticidad bereber.