El rincón más tranquilo de Lanzarote: en las faldas de un volcán milenario y rodeado de naturaleza salvaje
Lanzarote es la isla más septentrional y oriental del archipiélago canario. A pesar de no superar los 800 kilómetros cuadrados de superficie, destaca por una diversidad paisajística abrumadora, marcada por las erupciones volcánicas de los siglos XVIII y XIX que le han conferido un aspecto de singular belleza. En este territorio, donde las grutas volcánicas y los lagos de lava conviven con playas de arena dorada, el patrimonio natural ha sido celosamente conservado. No en vano, la isla fue declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1993 y se convirtió, en 2015, en el primer destino mundial certificado por Biosphere Responsible Tourism.
Es precisamente en este marco de protección y naturaleza insólita donde, en el extremo norte, resguardado bajo la imponente presencia del volcán de La Corona, se encuentra Ye. Este pequeño núcleo de casas blancas rompe con la sobriedad del paisaje volcánico configurando un escenario de contrastes único en la isla. El enclave parece haber sobrevivido a las décadas; es mucho más que un conjunto de viviendas: es un sistema complejo donde la geología y la historia de subsistencia se entrelazan. Aquí, la naturaleza salvaje todavía manda y la prisa, sencillamente, no existe.
Lo que hace de Ye un destino estratégico es su ubicación como puerta de entrada al Monumento Natural de La Corona. Este refugio de biodiversidad alberga especies protegidas como el lagarto de Haría, el perenquén o la pardela cenicienta. Este blindaje ambiental permite preservar una vegetación de tabaibas y líquenes —como la preciada orchilla—, garantizando que el tesoro natural originado hace unos 21.000 años se mantenga intacto
Cinco paradas imprescindibles
Desde el centro del pueblo se despliega un abanico de senderismo y ecoturismo que va desde la ascensión al cráter hasta el descenso por riscos de 600 metros, asegurando una estancia sensorial completa y respetuosa con el entorno. Anota bien estas paradas imprescindibles en tu ruta.
- El Mirador del Río: es, sin duda, la obra más icónica de César Manrique. Inaugurado en 1973, este centro se excavó directamente en la roca de la cumbre del Risco de Famara —un imponente acantilado de 23 km de longitud— para mimetizar su impacto visual. Desde sus amplios ventanales se descubre una panorámica sobrecogedora de La Graciosa y el Archipiélago Chinijo, situando al visitante en un balcón natural a casi 500 metros de altitud.
- El cráter de La Corona: representa el corazón geológico del entorno. Con un diámetro de 450 metros y una profundidad de 190, este edificio de escorias y lapilli (fragmentos de lava) es el origen de uno de los tubos volcánicos más largos del mundo. Su erupción creó una red de galerías subterráneas que, tras desplomes parciales del techo (denominados jameos), dio vida a espacios tan emblemáticos como la Cueva de los Verdes y los Jameos del Agua, uniendo geología y arte en un lugar.
- El Camino de los Gracioseros: esta ruta histórica de 4,5 kilómetros era la única vía de abastecimiento y comunicación para los habitantes de La Graciosa. Se trata de un sendero empedrado que desciende en zigzag por la pared del acantilado hasta alcanzar el nivel del mar. El esfuerzo físico se ve recompensado con la llegada a la Playa del Risco, un arenal virgen de aguas cristalinas ideal para un baño en el brazo de mar conocido como El Río.
- Las Salinas del Río: ubicadas en la base del Risco, cuentan con el reconocimiento de ser las más antiguas de Canarias (siglo XV). Destacan por su cromatismo encendido, que contrasta con el azul del océano y el jable dorado de la playa colindante, formando un paisaje industrial y natural de enorme valor histórico.
- El Mirador de Ye: un enclave más minúsculo y humilde que el diseñado por Manrique, pero con una carga escénica igualmente potente. Es el punto estratégico indicado para observar la magnitud y verticalidad del Risco de Famara en el silencio más absoluto, lejos de las rutas turísticas convencionales.
Ruta hacia el volcán de la Corona
El volcán de La Corona no es solo la cota máxima del norte con sus 609 metros; es el arquitecto del paisaje septentrional. Su erupción, hace 21.000 años, creó un inmenso “río” de lava de 18 km² conocido como el Malpaís de la Corona. La ruta, una ascensión de dificultad moderada apta para todos los públicos, se inicia junto a la Iglesia de San Francisco Javier.
Los primeros pasos transcurren por un entorno de “arenado” artificial, flanqueando viñedos protegidos por socos (lugares al abrigo del viento). En este tramo es común observar higueras y tuneras, vestigios de la antigua industria de la cochinilla. Al ganar altura, la pendiente se vuelve rocosa y la vegetación cambia a tabaibas amargas y líquenes como la orchilla, explotada antiguamente para tintes.
Tras superar la pendiente, el sendero se dirige al cráter, donde habitan ejemplares de bejeque, ombligo de Venus y gamonas. Al alcanzar la cresta, la panorámica es espectacular: hacia el este el malpaís y la costa, y hacia el oeste Órzola. En las faldas sudoeste, en dirección a Máguez, se divisa un aljibe monumental, obra de ingeniería con 900 m³ de volumen y una superficie de recogida de 9.600 m², fundamental para la histórica gestión del agua en este entorno semiárido.
Lo más fascinante, sin embargo, ocurre bajo tierra. El canal de lava que se vació tras la erupción dejó un tubo volcánico de 8 kilómetros. A lo largo de su recorrido, el desplome parcial de su techo generó los denominados “jameos”, aberturas naturales que conectan el exterior con las profundidades. Su sección superior es la Cueva de los Verdes, mientras que la inferior, inundada por el mar tras el deshielo, forma los Jameos del Agua y el Túnel de la Atlántida, un ecosistema sumergido único en el mundo.