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Francia está en guerra...

Redadas, detenciones, tiroteos, manifestaciones xenófobas, gestos descontrolados, repulsa popular. Los atentados perpetrados en París el pasado 13 de noviembre sumieron al país galo en un ambiente de profundo desconcierto. Al  miedo se le sumaron la rabia, la confusión, la crispación. El presidente François Hollande advirtió a sus compatriotas:  Francia está en guerra contra el terrorismo yihadista. Y añadió: … sabemos quiénes son (los autores de los atentados) y dónde encontrarlos… Acto seguido, las autoridades decretaron el estado de excepción. Efectivamente, Francia estaba en guerra…

Hace exactamente tres lustros, el escritor libanés Amin Maalouf vaticinaba un mundo con  más libertad y menos democracia. Obviamente, se equivocaba: después del 11-S, los habitantes del planeta Tierra tuvieron que acostumbrarse a vivir en una sociedad con  menos libertad y menos democracia. ¿Los responsables? Resulta muy fácil echar la culpa a Al Qaeda o Osama Bin Laden, a los regímenes autoritarios ¡laicos! del mundo islámico, a los detractores árabes o musulmanes de los valores occidentales. Resulta sumamente fácil y socorrido satanizar al  enemigo, un enemigo creado, adiestrado y financiado por supuestos adalides de la democracia.

…sabemos quiénes sonafirmaba Hollande después de los mortíferos atentados de París. Por supuesto; tanto Francia como Inglaterra o los Estados Unidos conocían no sólo la identidad de los yihadistas, sino también su ideario, su siniestro  modus operandi. No hay que extrañarse: el Estado Islámico, escisión de Al Qaeda, fue creado con el beneplácito de algunas potencias occidentales, con el apoyo, sea este tácito o formal, de políticos y estrategas europeos y norteamericanos.

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El Golfo ante los sirios

Mas de 250.000 personas han muerto en Siria desde el inicio del conflicto / EFE

Estos últimos años, el mundo ha presenciado en vivo a través de sus pantallas de televisión cómo se desarrollaba la crisis de refugiados más grande del siglo XXI. Lo que comenzó con protestas pacíficas en las que los sirios exigían derechos se convirtió rápidamente en el conflicto más sangriento y probablemente más cruel que esta región ha presenciado en décadas.

Los sirios están atrapados entre la brutal máquina de matar del régimen de Bashar Al Assad y la crueldad inhumana de un grupo terrorista que ha subido el listón en lo que a barbarie contra los humanos y la civilización se refiere.

Conforme la situación iba empeorando, decenas de miles de sirios desesperados comenzaron a embarcarse en el peligroso viaje en barco hacia Europa, al tiempo que aumentó la crítica hacia los Estados del Golfo (Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Qatar, Kuwait, Bahréin y Omán), cuya falta de apoyo y de reasentamiento para los refugiados sirios que huían era un tema tabú hasta hace poco.

Los Estados del Golfo no son signatarios de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de Naciones Unidas de 1951, la cual define el estatus de refugiado y regula sus derechos y las responsabilidades de los Estados hacia ellos.

Esto no significa que los Estados del Golfo no hayan acogido a refugiados en el pasado. Un gran número de palestinos, libaneses y yemeníes viven actualmente en el Golfo. Estos individuos fueron desplazados a raíz de diferentes conflictos en sus propios países, pero nunca se los catalogó como refugiados. Muchos de estos inmigrantes son ahora ciudadanos nacionalizados y se han convertido en exitosos emprendedores.

Aparte, existe un precedente en el que los Estados del Golfo acogieron a refugiados. Hace un cuarto de siglo se dio refugio a cientos de miles de kuwaitíes en el Golfo después de que su país fuera invadido por Saddam Hussein. En Abu Dabi, el gobierno alquiló bloques de apartamentos enteros para las familias sin pedirles nada a cambio. Mi propio padre cedió gratuitamente un ”majlis” (salón de reuniones) en la planta baja de uno de sus edificios para que los kuwaitíes lo usaran.

No cabe ninguna duda de la influencia global que los seis Estados del Golfo poseen. El profesor de ciencias políticas emiratí Abdul Khaleq Abdulla llama a la época actual ”el momento histórico del Golfo árabe”. Los países del Golfo cuentan con unos de los presupuestos militares más elevados del mundo, con un gasto total entre los seis países cercano a los 100.000 millones de dólares (89.000 millones de euros aproximadamente) sólo en 2012.

Los Estados del Golfo han emergido como los centros neurálgicos de la diplomacia, la cultura, la producción mediática, el comercio y el turismo en el mundo árabe, y han llegado a acumular un grado de poder blando nunca visto, sin igual en la región y más allá de sus fronteras.

En su día yo argumenté, provocando mucha cólera, que las ciudades del Golfo habían empezado a reemplazar en importancia a las capitales árabes tradicionales. La industria omnipotente de noticias del mundo árabe se encuentra de forma consolidada en manos de Estados del Golfo, desde Al Jazeera, con sede en Doha, hasta Al Arabiya, con sede en Dubai; dos cadenas que juntas tienen el control de una gran parte de la audiencia de las noticias, pese a algunos tropiezos en los últimos años.

Asimismo, los Estados del Golfo forman el bloque más influyente dentro de la septuagenaria Liga Árabe. Una muestra de su poder pudo verse en 2011, cuando presionaron para que se suspendiera a Siria de la Liga y para que Naciones Unidas interviniera en Libia.

Pero un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Los países del Golfo deben darse cuenta de que ahora es el momento de cambiar su política con respecto a la acogida de refugiados de la crisis siria. Es el paso moral, ético y responsable que hay que dar.

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Nasser y yo

Vehículos militares egipcios en el Sinaí.

Hace cuarenta y cinco años, Gamal Abd-al-Nasser falleció a la temprana edad de 52 años. Esto no es algo que ocurrió en el remoto pasado. Sigue teniendo una enorme influencia en el presente y probablemente la tendrá en el futuro.

Mis encuentros con Nasser se remontan al año 1948. Suelo decir en broma que "fuimos muy cercanos pero nunca nos presentaron debidamente".

Ocurrió así: en julio estábamos intentando frenar desesperadamente el avance del Ejército egipcio hacia Tel Aviv. La piedra angular de nuestro frente era un pueblo llamado Negba. Una tarde nos contaron que una unidad egipcia había cortado la única carretera que llevaba a este kibutz y se habían atrincherado allí.

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La amenaza real

Tengo miedo

No me avergüenza admitirlo. Tengo miedo.

Tengo miedo del movimiento del Estado Islámico, también conocido como ISIS o Daesh.

Es el único peligro real que amenaza a Israel, que amenaza al mundo, que me amenaza a mí.

Aquellos que a día de hoy tratan la cuestión con indiferencia, como si fuera una cosa más, terminarán arrepintiéndose.

El año que yo nací, 1923, un demagogo bajito y ridículo que llevaba un irrisorio bigote, Adolf Hitler, organizó un intento de golpe de estado en Munich. Un puñado de policías frustró la tentativa, y pronto se olvidó el incidente.

El mundo tenía problemas mucho más serios con los que lidiar: la incontrolable inflación en Alemania; la joven Unión Soviética; la peligrosa competición entre las dos grandes potencias coloniales, Gran Bretaña y Francia y, en 1929, la Gran Depresión, que devastó la economía mundial.

Pero el bajito demagogo de Munich tenía un arma que no atrajo la atención de hombres de Estado con experiencia y políticos astutos: un estado mental poderoso. Convirtió la humillación de una gran nación en un arma más efectiva que cualquier aviación o Armada. En poco tiempo – sólo unos pocos años – conquistó Alemania y después Europa, y parecía dispuesto a hacerse con el mundo entero.

Millones y millones de seres humanos perecieron en el proceso. Muchos países vivieron una miseria incalculable. Por no hablar del holocausto, un crimen prácticamente sin parangón en los anales de la historia moderna.

¿Cómo lo hizo? Ante todo, no mediante el poder político o militar, sino mediante el poder de una idea, de un estado mental, de una explosión mental.

Yo fui testigo de estos sucesos en el primer cuarto de mi vida. Se me vienen a la mente cuando miro al movimiento que ahora se hace llamar EI, el Estado Islámico.

A principios del siglo siete de la era cristiana, en medio del inhóspito desierto árabe, un humilde comerciante tuvo una idea. En un período de tiempo increíblemente corto, él y sus compañeros conquistaron su ciudad natal, La Meca, después toda la península arábiga, después el Creciente Fértil, y después gran parte del mundo civilizado, desde el Océano Atlántico hasta el norte de la India y mucho más allá. Sus seguidores llegaron al corazón de Francia y sitiaron Viena.

¿Cómo consiguió todo esto una pequeña tribu árabe? No mediante la superioridad militar, sino mediante la fuerza de una embriagadora religión nueva, una religión tan innovadora y liberadora que nadie podía resistirse a su poder terrenal.

Contra una nueva idea embriagadora, las armas materiales son inútiles, los ejércitos y las Armadas se desmoronan y los imperios poderosos, como el bizantino y el persa, se desintegran. Pero las ideas son invisibles, los realistas no son capaces de verlas, los hombres de Estado con experiencia y los poderosos generales están ciegos ante ellas.

”¿Cuántas divisiones tiene el Papa?” Con este desprecio respondió Stalin cuando se le advirtió del poder de la Iglesia. Y, sin embargo, el Imperio soviético cayó y desapareció, y la Iglesia Católica sigue viva.

Al-Daula Al-Islamiyah, el Estado Islámico, es un movimiento ”fundamentalista”. Su fundamento es el Estado Islámico que el profeta Mahoma instauró hace 1.400 años en Medina y La Meca. Esta postura retrógrada es una estratagema propagandística. ¿Cómo se puede pretender resucitar algo que existió hace tantos siglos?

En realidad, el ISIS es un movimiento extremadamente moderno, un movimiento de hoy y probablemente de mañana. Usa las herramientas más modernas que hay, como internet. Es un movimiento revolucionario, probablemente el más revolucionario del mundo de hoy en día.

En su ascenso al poder, usa métodos bárbaros de tiempos pasados para alcanzar objetivos muy modernos. Crea terror. No el término de propaganda ”terrorismo” que todos los gobiernos usan hoy en día para estigmatizar a sus enemigos. Sino verdaderas atrocidades, acciones abominables, como cortar cabezas o destruir antigüedades de un valor incalculable; todo para infundir un miedo que debilite los corazones de sus enemigos.

En realidad, al movimiento del Estado Islámico no le preocupa Europa, Estados Unidos o Israel. No por ahora. Los usa como propaganda incendiaria para alcanzar su objetivo real e inmediato: apoderarse de todo el mundo islámico.

Si lo consigue, es fácil imaginarse el siguiente paso. Después de que los cruzados conquistaran Palestina y las tierras de alrededor, un aventurero kurdo llamado Salah-a-Din al-Ayyubi (Saladino para los europeos) se propuso unir al mundo árabe bajo su mandato. Sólo tras conseguir esto, emprendió la guerra contra los cruzados y los barrió del mapa.

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La II Batalla de Trafalgar

Israel frena un nuevo intento de romper el bloqueo a Gaza

Esta semana tuvo lugar una impresionante batalla naval sobre las olas del Mediterráneo. Se recordará en la historia como algo similar a Salamis o Trafalgar.

La armada del Estado de Israel interceptó al enemigo mediante una maniobra atrevida. El enemigo era la traíña Marianne con sus 18 personas a bordo. Las unidades navales de Israel capturaron el barco y lo remolcaron hasta el puerto de Ashdod.

El almirante que estaba al mando de esta acción gloriosa ha quedado hasta ahora en un modesto anonimato. Por eso no podemos honrarlo con una columna en el centro de Tel Aviv, similar a la columna del almirante Nelson en la plaza de Trafalgar de Londres. Qué pena.

Sin embargo, el primer ministro, Binyamin Netanyahu alabó el coraje de los vencedores en términos exuberantes y expresó la gratitud y la admiración de la nación por su valiente hazaña.

Me gustaría continuar en esa línea, pero incluso el sarcasmo tiene límites.

Todo el asunto era una obra maestra de la estupidez.

Hace cinco años, varios barcos intentaron alcanzar Gaza, en un acto simbólico de apoyo al enclave sitiado, y la armada israelí los dejó pasar. Nadie volvió a hablar de ellos.

Luego llegó la "flotilla turca". El buque turco Mavi Marmara encabezó un grupo de varios barcos más pequeños, con cientos de activistas turcos e internacionales a bordo. Esta vez, Netanyahu y sus lacayos estaban dispuestos a mostrar al mundo que Israel reina sobre las olas del mar. El primer ministro ordenó atacar la flotilla.

Unidades de asalto israelíes descendieron a la cubierta del Mavi Marmara desde un helicóptero. Siguió una escaramuza en la que murieron nueve turcos (uno de ellos con ciudadanía estadounidense). Otro más murió luego a consecuencia de sus heridas. Ninguno llevaba armas, pero resistieron de forma violenta.

Los otros barcos fueron abordados sin resistencia violenta. Todos fueron remolcados al puerto de Ashdod.

La reacción internacional fue inmensa. El Mavi Marmara se convirtió para mucha gente en un símbolo de la brutalidad israelí. La catástrofe propagandística forzó a Netanyahu a liberar a todos los activistas y tripulantes encarcelados y enviarlos a casa.

En conjunto, algo que podría haber sido un incidente sin importancia, pronto olvidado, se convirtió en una gran victoria para los activistas. El mundo entero prestó atención. El bloqueo a Gaza se hizo el centro del interés internacional.

Las consecuencias políticas fueron incluso peores. Turquía se convirtió en un enemigo.

Durante muchos años, Turquía – y especialmente las Fuerzas Armadas turcas – había sido un aliado incondicional de Israel. Se tejieron relaciones secretas entre las dos potencias no árabes de Oriente Próximo. Durante el reinado de David Ben-Gurion, una de las piedras angulares de la política regional israelí era la "teoría periférica". Acorde a ella, Israel estableció alianzas no oficiales con los Estados no árabes que rodean el mundo árabe: la Turquía kemalista, la Irán del sah, Etiopía, Chad etcétera.

Israel vendía armas a Turquía. Se celebraron maniobras militares conjuntas. Finalmente se establecieron relaciones diplomáticas oficiales.

Todo esto se terminó con el asunto del Mavi Marmara (salvo la parte militar que continúa en secreto). Los ánimos se caldearon. La opinión pública turca reaccionó con furia. Israel se negó a pagar las altas indemnizaciones a las familias desconsoladas (las negociaciones sobre este punto continúan).

Recep Tayyip Erdogan, un político hábil, explotó el incidente para cambiar de frente y restablecer la influencia turca en los países árabes que habían pertenecido al Imperio otomano en su fase final.

¿Qué ganó Israel de todo esto? Nada.

El Gobierno israelí ¿ha sacado alguna conclusión de esta debacle?

¿Cómo podrían? Para ellos no era en absoluto una debacle, sino más bien una demostración admirable de la valentía y determinación de Israel. El incidente de esta semana era el resultado inevitable. Habrá más.

Para sopesar los resultados de un enfrentamiento, hay que preguntarse qué quería conseguir cada bando.

Los organizadores de la flotilla querían escenificar una provocación para atraer la atención del mundo sobre el bloqueo dañino. Desde su punto de vista, la reacción israelí cumplió de forma maravillosa con sus objetivos.

Netanyahu quiere que el bloqueo se mantenga y que reciba la menor atención posible. Desde su punto de vista, los ataques a los barcos son contraproductivos. En breve, son estúpidos.

La pregunta principal, desde luego, es: ¿Para qué existe un bloqueo en primer lugar, por el amor de dios? ¿Cuál es su finalidad?

    La finalidad del bloqueo a Gaza es que sus 1,8 millones de habitantes vegeten al borde de la muerte por inanición

Oficialmente, su finalidad es impedir que lleguen armas a la Franja de Gaza, para prevenir que Hamás pueda atacar Israel.

Si eso es así ¿para qué todo el drama? Unos barcos que navegan hacia Gaza, presuntamente para llevar medicinas y comida, se pueden registrar de mutuo acuerdo en los puertos de los que zarpan. Los organizadores no pueden negarse a ello, si no quieren levantar suspicacias.

También es posible parar los barcos en alta mar, registrarlos y luego permitirles que continúen viaje. Este procedimiento es bastante habitual.

El gobierno israelí ha rechazado estas posibilidades, por lo que ha suscitado la sospecha de que la finalidad del bloqueo es bastante distinta. Es impedir que llegue a Gaza ningún tipo de mercancías para mantener a ese territorio superpoblado totalmente dependiente de las provisiones que lleguen desde Israel, país que sólo permite llevar lo absolutamente imprescindible para sobrevivir.

La finalidad oculta es hacer que los 1,8 millones de habitantes, la mayoría descendientes de refugiados de Israel, sigan vegetando al borde de la muerte por inanición, para que finalmente se rebelen y derroquen las autoridades de Hamás. Si esto es el caso, ha sido un fracaso estrepitoso. Al contrario: bajo esta presión cruel, los habitantes parece que se acercan cada vez más a Hamás. Al fin y al cabo, Hamás no es un invasor extranjero sino que lo forman los hermanos e hijos de los habitantes.

Ya dejando aparte la cuestión de si el bloque es legal bajo la ley internacional, lo que está claro es que no ha cumplido su objetivo. El dominio de Hamás sobre Gaza es más firme que nunca.

Siendo esto así, uno podría proponer la opción contraria. ¿Por qué no levantar el bloque de una vez? (¿Cómorrr?)

Puedo imaginar una situación de fronteras abiertas y mares abiertos. Comida, medicinas, material de construcción y todo lo demás, salvo armas, llegaría a la Franja desde todas las direcciones, por mar y por tierra, a través de Egipto e Israel.

¿Por qué no dejar que los gazatíes construyan un puerto o se hagan con un puerto flotante? ¿Por qué no dejar que reactiven su aeropuerto? El hermoso edificio que construyeron una vez cerca de Dahanía lo destruyó nuestro Ejército. ¿Por qué no reconstruirlo?

La simple lógica demuestra que cuánto más tengan que perder los habitantes de Gaza, menos ganas tendrán de provocar otra guerra. Si realmente queremos calma y tranquilidad, éste es el camino.

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La verdad sola no basta

EFE

Por todos es sabido que no existe un non plus ultra, un techo límite, establecido por decreto, a partir del cual un evento histórico pierde su actualidad y su interés, menguando hasta volverse algo sin importancia, suscitando solamente la atención de la gente del sector, académicos, bibliotecarios, bibliófilos. Tampoco tendría sentido pretenderlo. Por supuesto, es mejor que sea así. Es justo, de hecho, afrontar eternamente, incluso después de tantos años, el acoso de preguntas sin respuesta, respuestas que no convencen, dudas sobre la autoridad o la veracidad de los testigos consultados; o el descubrimiento de nuevas pruebas documentales que descoloca las verdades canónicas. No hay normas cronológicas; no existe, sino convencionalmente, un antes, un durante y un después.

Querríamos decir: es la historia, guapo, y no puedes hacer nada. Herodoto, Tucídides y Jenofonte escribían con la conciencia de retomarla desde el punto exacto donde su predecesor la había interrumpido. Como si tuvieran que pasarse de mano en mano un testigo ideal.

De ahí resultó un folletín coral que contaba la historia de un pueblo, de una identidad de una nación que está creciendo, la antigua Grecia, y con la que aquel pueblo tenía que identificarse. Y se identificaba. Cada uno ponía su capacidad al servicio de la prosecución del esfuerzo de los que les habían precedido, dando por hechas e irrefutables las conclusiones sobre aquellos periodos de los cuales no habían sido testigos.

De hecho, era inconveniente para los antiguos griegos escribir de oídas. Los historiadores son, ante todo, hombres políticos, estrategas, generales, oradores, y muchas veces, hasta emprendedores, profundamente integrados en el tejido socioeconómico de sus sociedades. Personas, para decirlo con otras palabras, que antes de ser tomadas en serio por escribir, se las tomaba en serio, y eran evaluadas, por haber tomado parte en la vida pública. Bueno o malo que pudiera ser, éste era el sentido común.

El resultado fue un monolito construido por muchos – la historia griega ha sido transmitida hasta nuestros días, la que todavía hoy conocemos – que, sin embargo, no fue destinado a quedarse inmóvil para siempre, por la simple razón de que también los ojos curiosos tienen todo el tiempo que quieran para empezar a investigar. Y de esa historia, no por casualidad, todavía hoy se discute, todavía hay divisiones. Después de dos mil años. De modo que no existe un non plus ultra, un techo máximo y ni siquiera, hay que añadir, la historia es cosa de agrimensores.

Lo prueba el hecho de que, a pesar de que ya estamos inmersos en el tercer milenio, a pesar de haber archivado varias ideologías de diferentes marcas y contenidos, las cuales se han sustituido por otras (quizás mucho más eficaces), los grandes y tremendos eventos del “siglo breve” aún hacen oír su voz asfixiante, arrojándonos un montón de preguntas a las cuales millones de páginas históricas, diplomáticas, literarias, judiciales, aún hoy en día, no pueden encontrar una respuesta definitiva.

Nos habrían convencido haciéndonos creer que, después de 70 años de la conclusión de la II Guerra Mundial, las piezas estarían tan inmóviles como para poder recoger lo que pasó en un breve esquema, tanto que se podría poner en un folleto en la entrada de los museos. Las cosas no son de esa manera.

Nos lo ha confirmado la lectura de un libro muy documentado y por momentos angustioso, de título Bombardear Auschwitz – subtítulo Por qué se habría podido hacer y por qué no se ha hecho– del historiador Umberto Gentiloni Silveri, recién publicado por Mondadori. El hilo de la investigación, que pertenece a una corriente del final de los años 70, está todo concentrado en el subtítulo.

El proceso de Nuremberg, y otros menores que siguieron a éste en otras ciudades de Alemania, la captura de Adolf Eichmann en 1960 en Argentina y el consecuente proceso en Jerusalén, que concluyó con su ahorcamiento en 1962, precedieron la apertura de los archivos de Occidente y de otros países del otro lado del telón de acero. Y de grandes secretos en curso, de búsquedas de razones ocultas que no quieren morir, negacionismos incluidos, ya no deberían existir.

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Pistolas eléctricas contra el acoso en Egipto

Grupo antiacoso en las calles de El Cairo (Egipto) /Foto: MSUR

"¿Que la han violado? ¡Pues muy bien! No entiendo por qué le seguimos dando tanta importancia al asunto, hay cosas más importantes y esto no es la primera vez que ocurre".

Así ha opinado la presentadora egipcia Amani al Jaiat, locutora del canal liberal ONTV, sobre un caso de violencia sexual en el país. Varios policías forzaron y violaron a una detenida, pero para ella, aparentemente, era algo tan habitual que ya nadie debería escandalizarse a estas alturas.

Hay quien se escandaliza. Un grupo de voluntarios, chicos y chicas de entre 17 y 25 años, se prepara en un apartamento de una céntrica calle cairota, con los folletos de denuncia en un bolsillo y una pistola eléctrica en el otro para desplegarse en diversas zonas del centro entre las doce del mediodía y las diez de la noche.

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Avishai Cohen: "Tu sonido es algo que no puedes comprar ni forzar"

Avishai Cohen (Paris, 2013) | © Youri Lenquette / Cedida por SF Music

Quince discos y unas cuantas vueltas alrededor del mundo han dado a Avishai Cohen (kibutz Kabri, 1970) categoría de gigante del jazz contemporáneo. Para muchos, el último revolucionario del género; para todos, unánimemente, un contrabajista de creatividad desbordante y de una personalidad tal vez única, cuyo carisma descansa en buena medida en esa amalgama cultural que se da en su figura: descendiente de españoles, griegos y polacos, su decantación definitiva se la darían los Estados Unidos, primero por la devoción a Jaco Pastorius, luego, a la edad de 22 años, por su mudanza a Nueva York.

Entre las formaciones que le hicieron madurar a marchas forzadas destaca la banda de Danilo Pérez, que supuso para él un vivificante baño de sonidos latinos, y sobre todo el New Trio y el sexteto Origin de Chick Corea. Fue éste quien publicó los primeros discos del israelí – Adama (1998), Devotion (1999), Colours (2000) y Unity (2001)– hasta que Cohen decidió fundar su propio sello, Razdaz Recordz.

Las siguientes entregas fueron mostrando sucesivas aperturas a terrenos musicales inexplorados, incursiones lingüísticas como el hebreo, el ladino o el español y un crecimiento imparable que cristalizó especialmente en su segundo disco con el sello EMI/Blues Note, el soberbio Seven seas (2011).

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Ismael Diadé: "La política europea en África es peligrosa"

Ismael Diadé

Se queja entre bromas y veras Ismael Diadé (Tombuctú, 1957) de que cuando lo entrevistan para hablar de su nuevo libro, Zimma, una colección de relatos de raíz oral que acaba de ver la luz en el sello Vaso Roto, siempre le acaban preguntando por el fondo Kati. No es de extrañar: ese formidable legado de más de 12.000 manuscritos, que su familia ha conservado desde la expulsión de los judíos de Toledo, sigue atrayendo sobre Malí las miradas de miles de amantes de la cultura. En todo caso, el historiador y filósofo, como él mismo se presenta, accedió a hablar de todo con motivo de su última visita a Sevilla, invitado por la Fundación Tres Culturas.

¿Cuál es el matiz filosófico de los cuentos que integran Zimma?

La de los cuentos es esa filosofía que, antes de caer en la especulación, aspiraba a ser una guía de vida. En mi libro lo que retomo es esa enseñanza de los antiguos sabios, los de Grecia como los africanos, que siempre han logrado mostrar un camino. Y se dice en África que detrás de un cuento siempre hay una filosofía.

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El desafío de los viejos generales

El presidente ucraniano, Petro Poroshenko (c), su primer ministro, Arseniy Yatsenyuk (d), y el presidente de la Comisión Europea (CE), Jean-Claude Juncker (i) / EFE

La crisis de Ucrania podría desembocar en una segunda Guerra Fría; La agresión de Rusia representa el mayor reto para la seguridad europea; Europa se rearma frente a la amenaza rusa. La lectura de los titulares de la prensa occidental me recuerda, extrañamente, los peores años de la Guerra Fría, la jerga belicosa empleada por los dos bloques militares empeñados en controlar el destino de los europeos: la Alianza Atlántica y el Pacto de Varsovia. Mas la confrontación ideológica Este – Oeste finalizó en la década de los 90 del pasado siglo, sin la inquietante intervención de los militares, predispuestos a apretar el gatillo o recurrir a los terroríficos artefactos nucleares almacenados en el suelo del Viejo Continente.  Aparentemente, el sentido común de los políticos había alejado el desencadenamiento de la Tercera Guerra Mundial. Pero se trataba de una simple tregua.

Los conflictos armados de la última década del siglo XX – Bosnia, Serbia, Kosovo – cambiaron la fisionomía de los Balcanes. Bosnia recuperó sus atributos de país musulmán; Serbia volvió a ser un territorio pobre, rodeado por vecinos codiciosos y molestos; Kosovo tuvo la dicha de convertirse en el primer protectorado de la OTAN ubicado en una de las regiones más inestables de Europa. El común denominador de los tres conflictos: la limpieza étnica. La solución trajo consigo los tráficos de armas y de drogas, la corrupción, la criminalidad, el reinado de las mafias. Todo ello, bajo la complaciente o cómplice mirada de los funcionarios internacionales y los expertos europeos.

El operativo militar en los Balcanes, liderado por el general estadounidense Wesley Clark, comandante en jefe de la OTAN, desembocó en la modificación de las fronteras. De la antigua Yugoslavia, promotora del Movimiento de los No Alineados, la famosa tercera vía entre el comunismo y el capitalismo, sólo queda un vago recuerdo. El ensayo resultó concluyente: se abría el camino para la expansión hacia en Este.

Trescientos paracaidistas norteamericanos llegan a Ucrania. La noticia, publicada hace apenas unos días en los periódicos europeos, hace hincapié en el carácter pacífico de esta visita. Los militares estadounidenses se limitarán a adiestrar a los miembros de la futura Guardia Nacional ucrania, cuerpo de élite integrado por antiguos paramilitares.

Tranquilícese, estimado lector: nos aseguran nuestros ángeles de la guarda que la crisis de Ucrania poco tiene que ver con la Guerra Fría. Se trata de una guerra híbrida, eufemismo empleado por los estrategas para ocultar verdades por todos conocidas. Sin embargo, la guerra híbrida sirve para el envío de material sofisticado a las autoridades de Kiev. Los suministros se efectúan a través de empresas privadas que sirven de tapadera para la venta de armas, aparentemente no autorizadas por los Gobiernos.

Paralelamente  se registra un incremento del gasto militar de los nuevos miembros de la OTAN: Polonia, los países bálticos, Rumanía y Bulgaria. Se trata, en realidad, de los únicos países de la Alianza Atlántica que aumentan los presupuestos de defensa, pues tanto los EE. UU. como las potencias occidentales – Alemania, Francia, Italia, Dinamarca y Portugal – planean aplicar recortes drásticos a sus respectivas partidas de defensa.

Hay que armar a Ucrania. Rusia atacará dentro de dos meses, afirma el ex general Wesley Clark en una entrevista concedida al semanario estadounidense Newsweek. Clark encabeza un triunvirato castrense, integrado por el general Patrick M. Hughes, antiguo director de la inteligencia militar norteamericana y el también general John S. Caldwell, ex jefe adjunto del Estado Mayor, encargado del suministro de armamento, que dirige actualmente una de las más importantes compañías especializadas en la venta de material bélico sofisticado.

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