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La cigarra y la hormiga

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Rajoy se reúne mañana con Bill Clinton en el Palacio de la Moncloa

Rajoy se reúne mañana con Bill Clinton en el Palacio de la Moncloa

Mariano Rajoy es un manirroto. El mismo presidente que nos tiene aburridos con eso de que "no se puede gastar más de lo que se tiene", no ha sabido administrar sus recursos. Año y medio después de su rotunda victoria electoral, ha malgastado prácticamente toda la confianza que le dieron los ciudadanos. El PP alcanzó un grado de poder desconocido en la historia democrática española -nacional, autonómico y local- y en tiempo récord ha despilfarrado todo ese crédito recibido. Las encuestas hablan de un desplome de hasta 16 puntos, pero el Gobierno sigue actuando como si tuviera los bolsillos llenos de papeletas, sin negociar nada, sin escuchar a nadie.

El Presidente aplica una agenda incompatible con la realidad de su debilidad política. Vive por encima de sus posibilidades. "Los juicios hay que hacerlos al final", ha dicho despreocupadamente estos días, quitándole importancia a los sondeos. Se diría que Rajoy se ha quedado congelado mentalmente en los casi 11 millones de votos cosechados el 20 de noviembre de 2011, sin querer afrontar que gran parte de esos ciudadanos hace tiempo que le dieron la espalda. Ha plastificado esos resultados, y con ellos en la mano, ¿qué necesidad hay de ningún pacto? ¿Por qué reformar la reforma laboral, detener la ominosa ley del aborto de Gallardón, parar la sangría de los recortes o replantearse la Ley Wert, cuando tiene una aplastante mayoría absoluta?

El PSOE está en el extremo contrario. No sale del modo ahorro de energía. Aunque su líder repite también machaconamente eso de que "sólo con austeridad no salimos", la actitud política de los socialistas muestra una resistencia a invertir, a arriesgar, a poner toda la carne en el asador. Rubalcaba y su entorno parecen pasar los días en un permanente recuento de fuerzas, acopiando víveres para sobrevivir al frío invierno de la oposición sin caer en la cuenta de que, con esta estrategia, tal vez no lleguen a ver la próxima primavera. Incluso los que pueden aspirar –legítimamente- a tomar el relevo en la Secretaría General – Madina, Patxi López- pecan también de reservones, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para pensárselo.

Públicamente, la dirección socialista no dramatiza con las encuestas y Rubalcaba ha dicho estos días que hablar del final del bipartidismo es "prematuro". De puertas para adentro, sin embargo, ya hay voces que advierten de que, si no reacciona, el PSOE puede encontrarse no ante un fin de ciclo, sino ante un fin de historia.

Mientras unos se empeñan en su arrogancia y otros se sumen en el ensimismamiento, Izquierda Unida y Upyd siguen avanzando, aunque sea sobre todo en el terreno virtual de las encuestas. Muchos españoles han encontrado en estas formaciones una alternativa a la política de siempre, o al menos una forma de canalizar su hartazgo hacia los grandes partidos. Dos años después del nacimiento del 15M, tanto a Cayo Lara como a Rosa Díez parece además haberles beneficiado el hecho de que este fenómeno ciudadano no se haya transformado en un movimiento político organizado, al acoger a una parte significativa de sus simpatizantes, huérfanos hasta el momento de unas siglas propias que apoyar en las urnas.

En la fábula clásica, la hormiga conservadora y ahorradora prevalece sobre la cigarra autocomplaciente. Pero la política española, y menos aún en estos tiempos turbulentos, difícilmente se aviene ya a estas simplificaciones. Para empezar, porque PP y PSOE ya no son los únicos protagonistas del cuento.

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