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Una dieta dukan para las autonomías

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Pero vamos a ver: ¿no se suponía que estábamos en la mejor de las direcciones, que lo peor de la crisis había pasado, que habíamos entrado en un "círculo virtuoso" y que ahora sólo queda remontar, remontar y remontar hasta el día del juicio final? ¿Entonces a qué viene que Montoro les sugiera a las comunidades autónomas una batería de recortes que ni la dieta del doctor Dukan?

Algo no cuadra si Moncloa convoca el 31 de julio a los responsables de finanzas de las regiones para ponerles por delante, como lectura de verano, un manual con 250 potenciales recortes en sus números.

Primero: si estamos tan bien, por qué ese empeño en centrar el debate en el adelgazamiento de las autonomías hasta convertirlas en unas administraciones anoréxicas.

Segundo: si, por el contrario, estamos tan mal como para exprimir aún más en las regiones, por qué se pone en marcha una reforma fiscal que recorta la recaudación con la que se pagan los hospitales y los colegios que usan los ciudadanos.    

Y tercero: ¿por qué se abre este debate  la misma semana que se publican las balanzas fiscales de las comunidades, con la consiguiente discusión de barra de bar entre las regiones supuestamente agraviadas y las supuestamente beneficiadas?

La mayor parte de las autonomías están estranguladas. Algunas amenazan con suspender servicios públicos de primera necesidad si no les llega más dinero y otras se envuelven en banderas nacionalistas para sacar mejor tajada de las partidas que reparte el Gobierno Central.

¿Hay que adelgazar más el Estado? Seguramente. ¿Hay que fomentar un debate más sosegado sobre cómo se reparte el dinero que se les destina? También. ¿Y hay que hacer un recorte drástico por el lado de las autonomías? Pues la respuesta ya es otra. Y no es, o no debería ser, ideológica, sino de pura prestación de servicios.

Las autonomías concentran casi todo el gasto social. Pueden y deben recortar todo lo que se pueda su entramado administrativo, evitando duplicidades y sacrificando lo que no sea esencial, pero el margen ya es mínimo, por no decir residual.

Si se sigue por este camino, las sacrificadas no serán las regiones, sino las personas que viven en ellas, que verán aún más mermados los servicios públicos que utilizan. Si eso es lo que quiere el Gobierno, que lo diga con claridad y que apechugue con el cabreo consiguiente. Nada sale gratis. Y los recortes, menos. Sobre todo cuando se promete que ya no habrá más. 


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