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Los huevos y las serpientes

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Vivir con más de 120 serpientes para borrar la mala fama de estos animales

EFE

Bambi ha muerto, a ver si te enteras. Los buenistas del mundo, que lo mismo creemos en la autodeterminación de los pueblos que en las soberanías estatales, en la justicia social o en el neoliberalismo rampante, no queremos creer que hay más de un huevo de serpiente y más de una serpiente propiamente dicha. Detrás de las ideas, acechan los lobos. Las banderas terminan envolviendo porras. Y si algo ha crecido en este país durante la última crisis han sido los indicadores de estupidez y de mala hostia. La piel de toro parece el plató de un programa de telebasura y los nominados de Gran Hermano terminarán pidiendo asilo político en la Academia de Operación Triunfo.

Los hoolligans no creen en el fútbol sino en su equipo. Los fanáticos ni siquiera creen en su ideología sino en ellos mismos. En los últimos meses, hemos visto como pronuncian el nombre de Cataluña en vano aquellos que trafican con los sueños para convertirlos en pesadillas. La palabra España también circula, durante las últimas semanas, por el mercado negro de las camisas negras. Basta con que la mesa del Parlament tenga que comprar un kilométrico de la Renfe para que independentistas y españolistas se enseñen mutuamente los dientes en la estación de Sants.

No calibro que nadie en sus cabales, hoy por hoy, piense que, para lo bueno y para lo malo, el procés se ha acabado con el 155 y la convocatoria de elecciones. Aquí, en el mejor de los casos, andamos aguardando la prórroga del encuentro: esas elecciones del 21 de diciembre para las que algunos confían en que la mayoría silenciosa deje de serlo y que toda ella vote como por ensalmo a la selección constitucional. Las encuestas afirman que volverán a vencer los indepes y hasta ahora las encuestas no se han equivocado. Ocurra lo que ocurra, nada acabará ese día: estamos viviendo demasiadas tardes de la ira como para que el rencor acumulado se vaya a casa después del cierre de los colegios electorales.

¿Qué ocurrirá cuando aparentemente no ocurra nada si es que llegamos a semejante espejismo? Seguro que, fuera de los focos, más allá de la anciana payesa del Ampurdán que apenas habla español pero que sueña con llegar a la Itaca de la vieja repúblicana catalana, más allá del nieto de charnegos que teme por sus padres y duda por sus hijos; más allá de la joven universitaria que está convencida de que las malas comunicaciones, las autopistas caras, el derroche, el tres por ciento y las cajas B se acabarán por arte de birlibirloque cuando la estelada ondee en los balcones de la historia; más allá del escritor cuya patria es su lengua y su casa las calles que llevaban hacia el Roxy o la ronda del Guinardó, habrá otra gente de parte y parte, con menos inocencia, dispuestos a utilizar sus legitimas aspiraciones y convertirlas quizás en almas del nueve largo, en la parabellum del miedo, en el imperio testicular de sus tiranías.

A nadie se le escapa que la frustración, de un lado, puede acabar en Terra Lliure y de otro en los Guerrilleros de Cristo Rey o como quiera que vayan a llamarle de un momento a otro. A pesar de los reiterados llamamientos a la calma, a la ponderación y a la respuesta pacífica y democrática, la armónica de los afiladores recorren las calles de todo el país. No quisiera ponerme apocalíptico pero todo esto no sólo ha quebrado a toda la izquierda, desde la de la casta a la alternativa; no sólo el PP puede ganar las próximas generales de calle y los Junts per Sí, van a estar y a ser más junts que nunca. Aquí jugamos al blanco y al negro y no sabemos donde ha mudado su domicilio fiscal la gama de grises.

En ese clima, inútil preguntar en los bares del sur qué es lo que tendríamos que hacer con nuestros propios sueños. ¿Para qué solicitar a la señora con la que comparto autobús en qué parada debería bajarme si quiero llegar a la plaza de la libertad, la igualdad y la fraternidad? Aquí nadie entiende mi idioma. Digo Andalucía y pareciera que hablara en estrusco: “España”, me contestan. “Cataluña”, repiten. A un mes de conmemorar los cuarenta años del 4 de diciembre, seguimos sin encontrar a los asesinos de Manuel José García Caparrós y a los de nuestra propia identidad profunda como pueblo.

Como vivimos en un nido de víboras, ya no soñamos con dragones. Ahora que se abre el melón de la reforma constitucional, ¿quien confía en los posibles resultados de este viaje tan necesario pero tan impredecible? Si en 1978, cuando el espíritu de los españoles era progresista, nos salió la Constitución que aún sobrellevamos, ¿qué puede resultar de esta reforma cuando nuestro mundo inmediato empieza a llenarse de salvapatrias, nacionalistas de boina, tiralevitas de pesebre, fachas del TBO, eruditos del twitter y progres de ópera cómica? ¿Seremos capaces de legislar, por ejemplo, contra el odio cuando, cada vez más, nosotros mismos somos ese odio, esa serpiente, ese huevo que va abriéndose alrededor?

El consenso murió hace mucho en extrañas circunstancias. Tan sólo oímos, ya no escuchamos. ¿Cómo seremos, entonces, capaces de entendernos? Hay una boa, la de nuestro malhadado destino cainita, que parece medirnos por ver si pudiera devorarnos de nuevo.

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