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Ángel Luis Lara

Sociólogo, guionista y profesor de Estudios Culturales en la State University of New York. Enseña escritura de ficción televisiva en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (Cuba), la escuela de cine ‘Lugar de Cinema’ de Belo Horizonte (Brasil) y el Jacob Burns Film Center-Arts Media Lab de Nueva York. Emigrante madrileño, reside en Estados Unidos desde hace siete años.

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España como bucle

1.

Hace años que trabajo como profesor en la universidad pública de Nueva York. Mis estudiantes, por lo general, son buena gente. Chavales de familias con no muchos recursos, sobre todo afroamericanos y latinos hijos de emigrados, pero también blancos con un pie en lo que aquí se llama “basura blanca”, nombrando despectivamente una pobreza integral que atraviesa como un cuchillo la existencia. En una institución perversa que sirve, entre otras cosas, para convertir a los estudiantes en individuos endeudados, juntos damos vida a una ficción en la que ellos hacen que aprenden y yo finjo que enseño. Castrados por un espantoso sistema educativo público desde que entran en la escuela con cinco años, el vacío cultural con el que llegan a la universidad es tan profundo que la mayoría de ellos encuentra dificultades insalvables para entender el modo en que funcionan los conceptos, cómo problematizar la realidad o de qué forma opera una lógica relacional. Tal es el déficit con el que muchos de ellos aterrizan en mis clases que tengo la impresión de que el ataque neoliberal iniciado en Estados Unidos hace cuarenta años ha provocado ya un daño de carácter cognitivo. Tan neurasténicos y desposeídos de narrativa como el trap que descargan sus auriculares, casi todos mis estudiantes soportan la vida carentes por entero de la capacidad de pensarla.

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Aitana y los domingos sin paella

1. Aunque Aitana nació en Brooklyn, ella dice que es de Madrid. A sus seis años, Aitana sabe perfectamente lo que es la emigración y en su piel se dibujan, con la precisión que regala la experiencia directa, los dolorosos efectos de la deriva por la que atraviesa nuestro país desde hace ya demasiados años. La familia de Aitana vive en la distante república virtual de Skype, una sin caricias y condenada a la pobreza inatacable de las imágenes. En los mundos de Aitana, Madrid es una ciudad remota que huele a ajo, donde todos los días se desayuna churros y en la que siempre es verano. Ella adora Madrid porque adora los churros y el verano, pero, sobre todo, porque Madrid es el lugar en el que viven sus abuelos y, con ellos, el milagro de la conquista de las caricias, los olores y los besos. Por eso, para Aitana, Madrid es la ciudad del amor. Su ciudad.

2. El domingo pasado Aitana sufrió la enésima derrota a manos de los fantasmas que pueblan la república virtual de Skype. Ese día en casa de su yaya la familia se había reunido en torno a una paella y, como tantas otras, reconstruía la periódica comunidad que nace de estirar juntos la sobremesa. Aitana no soportó ni la distancia ni el peso de la imagen. Acostumbrada cotidianamente a encarnar al Otro a este lado del océano, se vio excluida también de lo único que en su imaginario tal vez le regale algo parecido a un sentimiento de pertenencia. Llorando como una magdalena, se agarró al sentido común para tocar con una pregunta parte de la raíz de lo que nos está pasando: "Papá, ¿por qué si somos la mayoría y ellos son minoría nos hemos tenido que ir nosotros de España y no podemos volver?"

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Con la tierra de mil campos de las latas

De chaval me dejé más de un domingo los gemelos en el campo de las latas, el Pedro Vives del Club Deportivo Aviación, en el barrio de Las Águilas. Hace unos días fue demolido por un ayuntamiento que gobierna contra la inmensa mayoría de los madrileños y madrileñas, gestionando una cotidiana barbarie a favor de unos pocos privilegiados y sus negocios, al servicio del dinero y contra las personas. Con el Pedro Vives se nos ha ido un pedazo de la historia de Madrid. A los que un día pisamos el balón sobre su tierra, nos han arrebatado además un trozo de vida.

De mi infancia me llega el recuerdo del invierno en los campos de tierra y cómo el juego del fútbol se transformaba en una danza de inteligencia y, sobre todo, de resistencia. Levantar la pelota, dosificar los esfuerzos, huir la batalla a lo Lawrence de Arabia para construir una inverosímil alianza con el charco, el viento o el bote chueco de la pelota. Con las botas hasta arriba de barro y calados hasta los huesos, el valor del resultado encogía ante el deseo de que pasaran los minutos y llegara la ansiada ducha caliente, la mayoría de las veces habitante imposible de una república repetida de bombonas de butano sin butano y de calentadores que no calentaban.

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