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Dani Rodrik

Dani Rodrik es Profesor de Política Económica Internacional en la Escuela John F. Kennedy de la Universidad de Harvard. Es autor de "Una economía, muchas recetas: Globalización, instituciones y crecimiento económico" y más recientemente, "La paradoja de la Globalización: Democracia y el futuro de la economía mundial".

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El desacertado globalismo del G20

La cumbre de este año del G20 en Hamburgo promete estar entre las más interesantes de los últimos años. El presidente estadounidense Donald Trump, cuya actitud hacia el multilateralismo y la cooperación internacional es de estudiado desdén, asiste por primera vez.

Trump llega a Hamburgo habiendo ya abandonado uno de los compromisos clave de la cumbre del año pasado: unirse al acuerdo climático de París "lo antes posible". Y no tendrá mucho entusiasmo por la habitual exhortación de estos encuentros a rechazar el proteccionismo o dar más ayuda a los refugiados.

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El momento Argentina de Brasil

La economía de Brasil ha estado en caída libre, víctima de años de mal manejo económico y del enorme escándalo de corrupción que ha involucrado al establishment político y empresario del país –y que ahora amenaza con derribar al segundo presidente en dos años–. Quizá parezca difícil centrarse en cuestiones vinculadas a las políticas en medio de la agitación política y económica, pero la realidad sigue siendo que Brasil debe superar retos fundamentales si quiere sentar las bases para un crecimiento sostenible. Pocos desafíos parecen tan grandes como los problemas fiscales del país.

Existe un fuerte razonamiento de que las agobiadas finanzas gubernamentales de Brasil han sido un lastre para la economía durante mucho tiempo. En un 36%, el ratio gasto del Gobierno-PIB es uno de los más altos entre países con un nivel de ingresos similar. Años de laxitud fiscal, crecientes obligaciones en materia de seguridad social y bajos precios de las materias primas han magnificado enormemente los temores –hoy agravados por la crisis política– sobre la carga de deuda del Gobierno, que actualmente ronda el 70% del PIB. Las altas tasas de interés necesarias para financiar la peligrosa posición fiscal agravan aún más las cosas: los mayores pagos de intereses representan gran parte de la diferencia del gasto entre Brasil y países equivalentes.

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¿Saldrá Macron airoso?

La victoria de Emmanuel Macron sobre Marine Le Pen fue un alivio para todo aquel que prefiere una sociedad democrática liberal abierta a sus contrapartes nativistas y xenófobas. Pero todavía falta mucho para ganarle la batalla al populismo de derecha.

Le Pen obtuvo más de un tercio de los votos en segunda vuelta, a pesar de que quitando el Frente Nacional y el pequeño partido Debout la France de Nicolas Dupont-Aignan, no recibió ningún otro apoyo. Y la participación electoral fue manifiestamente  inferior a la de elecciones presidenciales anteriores, lo que indica un gran nivel de desafección entre los votantes. Si en los próximos cinco años Macron no logra tener éxito con sus políticas, Le Pen volverá con nuevos bríos, y el populismo nativista se fortalecerá en Europa y el resto del mundo.

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Demasiado tarde para compensar a los perdedores del libre comercio

Últimamente, parece haber surgido un consenso en las élites empresariales y políticas del mundo respecto de cómo encarar la reacción antiglobalizadora que populistas como Donald Trump han sabido explotar tan bien. Afirmar confiadamente que la globalización beneficia a todos es ya cosa del pasado; ahora las élites admiten que la globalización genera ganadores y perdedores. Pero la respuesta correcta no es detenerla o revertirla, sino compensar a los segundos.

Nouriel Roubini ha expresado en pocas palabras el nuevo consenso: sostiene que la reacción contra la globalización (…) "puede ser contenida y gestionada a través de políticas que compensen a los trabajadores por sus daños y costos colaterales. Solo mediante la promulgación de dichas políticas, los perdedores de la globalización empezarán a pensar que, con el transcurso del tiempo, ellos también podrán unirse a las filas de los ganadores".

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¿Cuánta Europa puede tolerar Europa?

Este mes la Unión Europea celebrará el 60 aniversario de su tratado fundacional, el Tratado de Roma, que estableció la Comunidad Económica Europea. Ciertamente hay mucho que celebrar. Después de siglos de guerra, agitación y asesinatos en masa, Europa es pacífica y democrática. La UE colocó a 11 expaíses del bloque soviético bajo su cobijo y los guió exitosamente en sus transiciones poscomunistas. Y, en una era de desigualdad, los países miembro de la UE exhiben las brechas de ingresos más bajas comparadas con cualquier otra parte del mundo.

Pero estos son logros pasados. Hoy, la Unión está empantanada en una profunda crisis existencial y su futuro está en duda. Los síntomas se sienten en todas partes: el Brexit, los niveles apabullantes de desempleo entre los jóvenes en Grecia y España, la deuda y el estancamiento en Italia, el ascenso de movimientos populistas y una reacción negativa contra los inmigrantes y el euro. Todos ellos apuntan a la necesidad de una reparación importante de las instituciones de Europa.

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Ciudadanos globales, fugitivos nacionales

El pasado mes de octubre, la primera ministra británica, Theresa May, sorprendió a muchos cuando desdeñó la idea de la ciudadanía global. "Si usted cree que es un ciudadano del mundo", dijo, "usted es un ciudadano de ningún lugar".

Su declaración fue recibida con escarnio y alarma en los medios financieros y entre los comentaristas liberales. "La forma más útil de ciudadanía en estos días", un analista le sermoneó, "es una ciudadanía dedicada no sólo al bienestar de un distrito municipal en Berkshire, por ejemplo, sino una ciudadanía dedicada al planeta".  The Economist llamó a lo ocurrido un giro "iliberal". Un  académico la acusó de repudiar los valores de la Ilustración y advirtió que en su discurso se escuchaban "ecos de lo dicho en el año 1933".

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La deficiente política industrial de Trump

Donald Trump, presidente electo de Estados Unidos, todavía no asume el mando, pero desde su sorpresiva victoria de noviembre su deficiente estilo de política industrial ha estado a la vista de todos.

Apenas pasaron unas semanas y Trump ya había reclamado una victoria. Mediante una mezcla de incentivos e intimidaciones logró que la empresa de calefacción y refrigeración Carrier mantuviera algunas de sus operaciones en Indiana, "salvando" cerca de mil empleos de ciudadanos estadounidenses. Visitó tras ello la planta de Carrier y, desde allí, advirtió a otras firmas estadounidenses que les impondría fuertes gravámenes si trasladaban sus plantas al exterior para reimportar sus productos desde ellas.

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No hay que llorar por la muerte de los acuerdos comerciales

Las siete décadas que transcurrieron desde el fin de la Segunda Guerra Mundial fueron una era de acuerdos comerciales. Las principales economías del mundo estuvieron en un estado perpetuo de negociaciones sobre comercio y concluyeron dos acuerdos multilaterales importantes a nivel global: el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT, por su sigla en inglés) y el tratado que estableció la Organización Mundial de Comercio. Por otra parte, se firmaron más de 500 acuerdos comerciales bilaterales y regionales –la gran mayoría de ellos desde que la OMC reemplazó al GATT en 1995–.

Las revueltas populistas de 2016 casi con certeza pondrán fin a esta actividad frenética de firma de acuerdos. Si bien los países en desarrollo pueden aspirar a implementar acuerdos comerciales más pequeños, los dos principales acuerdos sobre la mesa, el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por su sigla en inglés) y la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (ATCI), están prácticamente muertos tras la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos.

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Conversaciones honestas sobre comercio

¿Los economistas son en parte responsables de la abrumadora victoria de Donald Trump en la elección presidencial de Estados Unidos? Aunque no hubieran podido frenar a Trump, los economistas habrían tenido un mayor impacto en el debate público si se hubieran ceñido más a la enseñanza de su disciplina, en lugar de aliarse con los promotores de la globalización. 

Cuando mi libro ¿La globalización ha ido demasiado lejos? fue a imprenta hace casi dos décadas, me puse en contacto con un economista muy conocido para pedirle que escribiera un comentario en la contratapa. En el libro yo decía que, en ausencia de una respuesta gubernamental más concertada, un exceso de globalización agravaría las divisiones sociales, exacerbaría los problemas de distribución y minaría los acuerdos sociales nacionales –argumentos que, desde entonces, se han vuelto moneda corriente–.

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No es momento de fundamentalismo comercial

"Uno de los desafíos cruciales" de nuestra era "es mantener un sistema comercial internacional abierto y en expansión". Desafortunadamente, "los principios liberales" del sistema comercial mundial "están bajo un creciente ataque". "El proteccionismo se ha vuelto cada vez más prevaleciente". "Existe un gran peligro de que el sistema se quiebre… o de que colapse en una repetición sombría de los años 30".

Estarían disculpados si pensaran que estas frases fueron tomadas de una de las recientes expresiones de preocupación en los medios económicos y financieros sobre la actual aversión a la globalización. En realidad, fueron escritas hace 35 años, en 1981.

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