Utopías 45. Un antes y un después
El Papa ya está en España. Ojalá que durante su visita la tranquilidad se imponga en esta sociedad gritona y agitada. Ojalá que sus mensajes remuevan conciencias y expliciten la doctrina social de la Iglesia. Ojalá que se ponga del lado del Defensor del Pueblo y al igual que él reivindique la permanencia en España de los extranjeros que están tramitando el permiso de residencia y trabajo en nuestro país.
Tal vez el Papa, desde su autoridad moral, reprenda al Consejo y al Parlamento europeo y les haga ver que las deportaciones de extranjeros a terceros países fuera de la UE, incluidas familias con menores no está bien visto por la Iglesia Católica y no es lo que Jesucristo hizo en sus 33 años de vida. Los curas y obispos de 2026 tal vez tendrían que repasar nuestros catecismos y recordar aquello de «dar de comer al que tiene hambre, agua al que tiene sed, vestido al que está desnudo…». Es posible que les fuera mejor si en sus homilías religiosas, se acercaran a los humildes de corazón y pusieran distancia de aquellos que siembran el odio y la discordia, provocan las guerras, se olvidan de los demás y sólo piensan en ellos mismos y en su enriquecimiento personal.
Escribo esto y no me reconozco. Quién me iba a decir a mi, que desde esta columna, me iba a atrever a decir a los representantes de la Iglesia de Cristo, lo que tienen que decir a sus fieles. Si me atrevo, si lo escribo es porque en este mundo al revés, no me cabe en la cabeza que sean las personas más tradicionales y católicas las que menos consideración tienen con sus hermanos los más desfavorecidos. Esa no es la «palabra de Dios».
La «palabra de Dios» en la Iglesia Católica española (la que más conocemos las muy sesentonas) está más cerca de los principios social demócratas que vienen a ser muy parecidos a los del humanismo cristiano o la doctrina social de la Iglesia. Sin embargo, como el mundo está al revés, ahora son las llamadas izquierdas las que aplauden al Papa y las derechas tradicionalistas y de las JONS, las que le critican por lo que dice y por cómo lo dice.
Cuando esta columna se publique, el Papa ya estará en España.
Que se preparen los políticos católicos de derechas y los empresarios que no cumplen las leyes y no tratan a sus empleados con arreglo a la legislación vigente. Que se preparen porque tal vez acaben con dolor de oidos. Y que se vacune el Presidente de Canarias, de hantavirus, de ébola y de lo que necesite porque no creo que León XIV comulgue con los hechos de Fernando Clavijo.
El Papa en España puede repartir a diestra y siniestra. A diestra por lo que hemos dicho y por la presunta corrupción. En algunos casos ya probada y sentenciada y en otros juzgándose ahora mismo. A siniestra porque León XIV le podría decir a Pedro Sánchez: bien por el no a Trump y a sus guerras, mal por la falta de información, por el «silencio sospechoso» a ese caos interno y presuntamente corrupto que vive el Partido Socialista y que huele muy mal.
El Papa que parece saber extender la doctrina social de la Iglesia católica, bien le pudiera decir al Presidente Sánchez que dos secretarios de organización imputados y una fontanera que va de periodista también imputada es tan «chusco» que los españoles no se lo pueden creer. Si a esto añadimos el «caso Zapatero» seguro que hay algún pasaje evangélico del tipo: «La mujer del César, no sólo ha de ser honrada, sino que también ha de parecerlo».
Si la visita de León XIV a España sirviera para que izquierdas, derechas, constructores, grandes empresarios, poderosos del País, y otros bendecidos por el poder económico, financiero, político y judicial, decidieran ceder tan solo un pequeño porcentaje de sus millonarios beneficios a mejorar la vida de los sin techo, de los que pasan hambre, de los que tienen sed, de las que tienen hijos y no tienen pan, de las maltratadas y víctimas de violencia…
En este país hablaríamos de un antes y después del Papa.
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