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Jahel Queralt

Profesora de filosofía del derecho en la Universidad Pompeu Fabra. Anteriormente ha sido investigadora en las universidades de Zúrich, Goethe de Fráncfort y Oxford. Su investigación se centra en cuestiones de justicia distributiva y derechos humanos.

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El Brest-Litovsk catalán

Hace ahora un siglo, en diciembre de 1917, el gobierno bolchevique enfrentaba el siguiente dilema: retirarse de la I Guerra Mundial en Brest-Litovsk, con enormes pérdidas territoriales, o permanecer en ella, con un coste probablemente mayor. Las últimas semanas, los dirigentes independentistas se han topado ante un dilema similar. Ante la aplicación del artículo 155, podían asumir su cese y participar en las elecciones. O enrocarse en sus cargos, movilizar la calle y, en caso de que el Estado se pasara de frenada, confiar en que la condena y mediación internacionales compensaran de algún modo los costes civiles, económicos y penales de hacerlo.

La segunda opción, contemplada en el informe hallado en la vivienda del ex-secretario general de Economía, trataría de explotar lo que los teóricos de la secesión conocen como la vía remedial. Según esta, la secesión se legitima por la vulneración grave de derechos fundamentales –colonialismo, genocidio, crímenes de lesa humanidad– o de acuerdos de autogobierno por parte del Estado matriz, como hizo Milosevic en Kosovo. A tal vía responde la asidua denuncia de los supuestos agravios del Estado español, remotos y recientes: del Decreto de Nueva Planta a la sentencia del Estatut. El protagonismo reciente de la vía remedial, tras el uso de la fuerza el 1-O y los encarcelamientos cautelares, no puede entenderse, sin embargo, sin considerar dos vías alternativas y los escollos del bloque independentista para transitarlas.

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La inequidad en la distribución de la ayuda humanitaria

La comunidad internacional, cada vez más acostumbrada a la erupción de crisis humanitarias, ha respondido con celeridad a la última gran catástrofe, el tifón Haiya en Filipinas. Durante la primera semana después del desastre los principales donantes destinaron 130 millones de dólares. No es una cifra desdeñable pero es claramente insuficiente comparada con los 15 billones de pérdidas que ha causado la calamidad. Es necesario dar más, pero ¿cuánto más? La decisión acerca la cantidad de recursos que debemos dar a las víctimas de una crisis humanitaria no debe ser tomada de manera aislada sino teniendo en cuenta situaciones similares que, en otro rincón del planeta, sacuden las vidas de la gente con la misma violencia. 

En la actualidad, la distribución de la ayuda humanitaria es muy poco equitativa. No todas las crisis reciben la misma atención y esto se traduce en diferencias abismales en la cantidad de recursos que se les destina. Algunos países como Afganistán, Palestina y Sudan son mucho más ayudados que, por ejemplo, Angola, Burundi o Chad. Haití es otro de los principales beneficiarios. Según un informe reciente de la red ALNAP, en 2010, después del seísmo, Haití obtuvo 3,5 billones de dólares. En el mismo año, las crisis de Libia y de Costa de Marfil, que afectaron a más de un millón de personas cada una, recaudaron 460 y 159 millones respectivamente. Esto significa que los haitianos recibieron 1,167 por cabeza, los liberianos 307 y los marfileños solo 159. Para comprender mejor las consecuencias de estas cifras deberíamos conocer el coste de las operaciones humanitarias en cada país. No obstante, es muy improbable que este dato elimine la desproporción ya que satisfacer las necesidades básicas de los haitianos difícilmente sea siete veces más caro que atender a los marfileños. La inequidad de la ayuda queda reflejada en este gráfico que indica las cantidades recibidas por los principales países receptores entre 2001 y 2010.

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