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Luz Gómez

Luz Gómez (Madrid, 1967) es profesora titular de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid. Su trabajo se centra en el análisis del islamismo, tanto en su vertiente culturalista o cívica como en su deriva salafista y yihadista. Es autora, entre otras obras, de Diccionario de islam e islamismo (Espasa, 2009) y ha coordinado la edición de BDS por Palestina (Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, 2014). Por su versión de En presencia de la ausencia, del poeta palestino Mahmud Darwix, obtuvo el Premio Nacional de Traducción 2012.

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Adiós a una Siria libre

Hace año y medio que entre los políticos "realistas" occidentales se viene fraguando la tesis de que la solución a la guerra en Siria consiste en contentarse con aquello de "del mal, el menos". Y ya está aquí. Se llama Bashar Al Asad y ha puesto su bandera en el este de Alepo, ciudad dividida en dos en 2012 y símbolo de la revolución siria. Que el mal menor sea responsable del 80% de los 500.000 muertos y de los doce millones de desplazados y refugiados del país, de la puesta en marcha de la guerra civil que lo ha devastado y del arraigo del Estado Islámico en un cuarto de su territorio, poco importa ante los intereses de Rusia y su política de hechos consumados: Rusia ha convertido la guerra siria en una cuestión nacional, hasta el punto de que su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, declaró antes de las elecciones estadounidenses que una nueva guerra fría podría estar a la vuelta de la esquina.

Estados Unidos y la Unión Europea a la zaga se han enredado durante meses en una cadena de concesiones a las exigencias de Rusia para emprender algún tipo de negociación que dé una salida política al conflicto. Las condiciones de Rusia han crecido al ritmo del avance de las tropas del Al Asad, apoyadas sin disimulo por el Ejército de Moscú. Y lejos de haber conseguido algo, la proverbial prudencia de Kerry se ha convertido en proverbial impotencia ante el cambio de rumbo de la guerra. Si hace dos años Al Asad apenas controlaba un cuarto del territorio del país, hoy la situación se ha revertido por completo, excepto en lo que atañe a las regiones bajo control del Estado Islámico.

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¿Qué pasa en Yemen? El sangriento petróleo lo explica todo

En la modalidad en auge de guerras por delegación en Oriente Medio, la de Yemen, que ya ha cumplido un año, resulta especialmente sucia. Es la guerra sobre la que a todo el mundo le conviene callar. El número de muertos, heridos y desplazados no alcanza cifras tan escandalosas como las de Siria o Irak para que se hagan eco los grandes medios de comunicación globales, y a remolque actúen los organismos internacionales. Los recursos energéticos o geoestratégicos de Yemen tampoco despiertan codicias tan abiertas como las norteamericanas o las rusas en Afganistán, o las de todos en Libia. Y su emplazamiento condena al país a ser el patio trasero del amigo saudí, para alivio de una Europa incapaz de gestionar las múltiples crisis que se le agolpan. Yemen, la Arabia felix latina, es hoy uno de los lugares más lúgubres del planeta, cuatro años después de que un consenso sin precedentes de grupos políticos y sociedad civil forzara a Ali Abdalá Saleh, el dictador más longevo del mundo árabe tras Gaddafi, a abandonar el poder.

Pero Saleh se marchó delegando poderes en Abd Rabbuh Mansur Hadi, su vicepresidente, un militar sureño hábil en interpretar el aire de los tiempos. El traspaso fue negociado con el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), en un calculado intento de sus vecinos de poner coto a una revolución que podía “infiltrarse” por sus fronteras. Que ello implicara azuzar los enfrentamientos tribales, regionales y sectarios que históricamente han asolado el país y que la revolución yemení había conseguido aparcar, poco importaba. Más bien al contrario: la sectarización es el arma más efectiva que, de momento, han encontrado los Estados del Golfo en su particular batalla por el control de Oriente Medio y contra Irán.

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Tahrir está en la cárcel

Hace cinco años que los egipcios tomaron las calles pidiendo pan, libertad y justicia social. Es lo que se conoce en Egipto como la “Revolución del 25 de Enero”, cuya denominación se remonta a la gran revolución republicana, la del 23 de julio de 1952. Los tunecinos les habían precedido en unas semanas; en Yemen, Bahréin, Siria, Libia e Irak, pronto les siguieron. El de la plaza de Tahrir fue un momento revolucionario, que aunó en un anhelo común (“El pueblo quiere que el régimen caiga”, se coreaba desde Alejandría a Asuán) a ciudadanos de generaciones y condición aparentemente antagónicas: obreros e intelectuales, islamistas e izquierdistas, padres de familia y feministas, gente del campo y de la urbe. “Fue un espejismo revolucionario”, zanjaron pronto en Occidente los defensores de la estabilidad y la seguridad, que pasaron de cantar la “primavera árabe” a tildar de “invierno islamista” unos resultados electorales (la victoria de los Hermanos Musulmanes en las elecciones legislativas) que les resultaban molestos. No les faltó la complicidad de las élites locales amalgamadas en la oposición “liberal”, que se manifestó profundamente antidemocrática.

La contrarrevolución se había puesto en marcha enseguida, casi al tiempo mismo que la revolución: el Ejército egipcio y los petrodólares siempre se han entendido para mantener el statu quo. Si en el verano de 2012 el acceso a la presidencia de Morsi fue también un triunfo revolucionario, el golpe de Estado que lo derrocó un año después fue una obra sublime de estrategia contrarrevolucionaria: ¡el Ejército salvador había acudido en apoyo del pueblo, pues 30 millones de egipcios en las calles pedían la caída de Morsi! Así se nos contó una y otra vez, con total impudicia, esto es: que uno de cada tres egipcios había participado en las manifestaciones pidiendo el derrocamiento del primer presidente civil egipcio, elegido democráticamente pocos meses antes. Hasta tal punto el golpe estaba necesitado de una legitimidad que no le conferían “30 millones” de egipcios, que sus artífices no han cejado en sus esfuerzos por rebautizarlo como la “Revolución del 30 de Junio”, con escaso éxito a pesar de su control de casi todos los discursos que circulan por el país.

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Arabia Saudí, huida hacia delante con decapitaciones

Mientras la Unión Europea y EE.UU. sesteaban tras los festejos navideños, el 2 de enero Arabia Saudí ejecutó a 47 presos acusados de “terrorismo”. Estaban distribuidos en 12 prisiones: en ocho fueron decapitados, en 4 fusilados (ante la falta de verdugos diestros en el manejo de la espada, una ley de 2013 permite el uso del fusil). Es lo que difundió la agencia oficial de noticias, como para acallar las voces que desde primeras horas de la mañana se preguntaban si, según la costumbre, los reos habrían sido decapitados de un sablazo en la plaza pública. Hace dos meses la cámara de un turista captó una de esas ejecuciones, que la legislación saudí prohíbe grabar al tiempo que considera aleccionadoras, y se hizo viral. En esta ocasión parece haberse buscado cierta nocturnidad, quizá por temor a la reacción popular ante el novedoso perfil de los ajusticiados: todos eran saudíes excepto un egipcio y un chadiano, cuando la proporción venía siendo de ocho extranjeros por cada saudí ejecutado (por completar la macabra danza de los números saudíes: en 2014 fueron ejecutados 87 presos; en 2015, con el nuevo rey Salmán, 153).

Hay que remontarse a 1980 para encontrar un antecedente de ejecución masiva, cuando tras la toma de la Gran Mezquita de La Meca por un grupo revolucionario wahabí se ejecutó a 63 de los asaltantes. Aquel suceso fue el mayor desafío a la Casa de Saúd en toda su historia. Y no venía del exterior, por más que la Revolución Islámica iraní insuflase ánimos a todos los islamistas del momento, sino que fueron jóvenes neowahabíes, crecidos en la abundancia del reino petrolero, los que cuestionaron la legitimidad islámica del régimen. La monarquía saudí, lejos de reconsiderar su ideal mesiánico, abundó en su incipiente liderazgo de una insurgencia sunní en medio mundo. Con frecuencia su acción fue indirecta, mediante la financiación de centros educativos y asistenciales, como las madrasas, que llenaban el hueco dejado por los Estados en descomposición en Asia Central, África y el Mediterráneo. Pero al mismo tiempo se fue consolidando una intervención abiertamente armada mediante peones interpuestos. Fruto de ello fueron los muyahidines afganos, luego la fundación de al-Qaeda y después todo el conglomerado yihadista cuyos tentáculos hoy se llaman ISIS, Boko Haram o Frente al-Nusra, por mencionar a los más mediáticos. La connivencia estadounidense, que conocía y potenciaba la financiación saudí de este entramado, responsable del 11 S, llegó a escandalizar a la propia Hillary Clinton, pero el asunto no pasó de un intercambio de recriminaciones entre agencias estadounidenses al comienzo del primer mandato de Obama.

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Rusia en Siria: otro que llega a machacar las revueltas árabes

Si se puede decir algo de Siria sin riesgo de equivocación, es que el país ha dejado de existir, que a día de hoy lo que hay es un campo de batalla con lo peor de Afganistán, Irak y Somalia juntos. El último episodio de la devastación institucionalizada a la que venimos asistiendo desde 2011 es la intervención militar abierta de Rusia en apoyo de Al-Asad.

Los sueños imperiales de Rusia en la región son antiguos. Ya desde los tiempos de Catalina la Grande buscó una salida al Mediterráneo. A su manera, Rusia (o la URSS en su defecto) siempre ha sometido a los árabes al esquema orientalista que los considera de forma sistemática y no episódica sujetos subalternos de la historia. Es un procedimiento compartido con el enemigo occidental, y poco ha cambiado en ambos bandos a pesar de que las revoluciones de 2011 demostraron que los árabes tenían su propia narrativa emancipadora que, entre otras virtudes, metía en el mismo saco a amigos y enemigos de Occidente o de Rusia. A efectos de la libertad de los pueblos árabes, de su pan y de su justicia social, poca diferencia había entre Mubarak y Gadafi, entre Al-Asad y Ben Ali, entre Saleh y Hamad Al-Jalifa, por mencionar solo la primera línea de los tiranos cuestionados. En un estallido largamente anhelado, los árabes, que venían rumiando “la desgracia de ser árabe” (la expresión la acuñó el ensayista libanés Samir Kassir en un libro de 2004 que en cierto modo intuyó las revueltas al diagnosticar el mal), se sacudieron su impotencia y repudiaron a sus propias élites, que los negaban y despreciaban, y a unos socios (EEUU, Irán, Israel, Rusia, Europa) que los venían dominando a base de dependencia en todos los terrenos, incluso de ocupación militar si era preciso.

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Refugiados: los criminales de Estado no pueden resolver el crimen

La crisis de los refugiados que vive Europa ha puesto al descubierto dos falacias: la del humanitarismo y la de la propia Europa. El humanitarismo, convertido en un mal menor, se ha adueñado de la política de asilo europea hasta el punto de ser ya un objetivo en sí mismo, sin relación alguna con la resolución del conflicto que lo hizo necesario. No es nada nuevo, si bien los últimos acontecimientos evidencian sin tapujos esta deriva. Así, el adjetivo “humanitario” ha acabado por neutralizar a todos los sustantivos imaginables, por muy contradictorios que pudieran parecer: guerra, ayuda, corredor, ataque, control, crisis, administración, labor, drama, asistencia, campamento, llamamiento, derecho... hasta de “banco humanitario” se habla. Pero solo cuando los refugiados han llegado al corazón de Europa perforando sus fronteras y la han puesto ante el espejo de sus vergüenzas, la comunidad internacional, otra entelequia como el humanitarismo, ha empezado a preocuparse por esta “crisis humanitaria sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial”.

Hace tres años que se suceden las llamadas de auxilio de las agencias para los refugiados de Líbano, Jordania y Turquía, los países limítrofes con Siria e Irak que vienen soportando el grueso del éxodo masivo de civiles (cerca de 4 millones según las estimaciones de Naciones Unidas). El 85% de estos refugiados se reparte entre estos tres países. No nos engañemos: que 200.000 refugiados (también son cálculos de Naciones Unidas) puedan conseguir abrir una brecha en la fortaleza europea no es nada en comparación con estas otras cifras, por más que los líderes de una Europa en extinción mercadeen con las cuotas de acogida.

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Frankenstein en Túnez

Por más que sea una aberración, el yihadismo, como Frankenstein, es hijo de la razón. O de una lógica perversa, si se prefiere. No es fruto de la nada ni del caos. Tampoco el islam tiene mucho que ver en su gestación, sino que fue la geopolítica del final del mundo bipolar la que puso en marcha la versión del yihadismo que hoy conocemos: Afganistán lo vio nacer, pero una vez puesto en pie controlar su desarrollo y sus relaciones se fue haciendo más difícil para sus patrocinadores, saudíes y estadounidenses.

Si de repartir culpas se tratara, sería difícil precisar el grado de responsabilidad de unos y otros en las sucesivas mutaciones del Frankenstein yihadista: la política neoimperial de Bush padre y Bush hijo; el depredador sectarismo saudí; la incapacidad de Europa para practicar lo que predica; el mesianismo wahabí; el autoritarismo patológico de las élites árabes; la ambición mediooriental de Rusia y China... La consecuencia de todo ello está a la vista: la inmensa frustración de una generación que ve en “coger el fusil” una opción vital. No es nada nuevo, como parece, el recurso a la legitimidad islámica para ello (la moderna yihad contra Occidente la “inventaron” los musulmanes indios allá por 1826), si acaso lo es su fuerza viral.

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BDS, diez años de una estrategia exitosa para Palestina

Se cumplen hoy diez años del llamamiento de la sociedad civil palestina al BDS, siglas por las que se conoce la demanda de Boicot, Desinversión y Sanciones a Israel en tanto no cumpla con tres condiciones reconocidas por el Derecho internacional: el fin de la ocupación de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Oriental; la satisfacción del derecho al retorno de los refugiados palestinos dispersos por el mundo; y el fin de la discriminación que sufren los palestinos de nacionalidad israelí.

En la década transcurrida, la campaña BDS ha transformado de manera radical el panorama de la lucha por la justicia en Palestina, tanto en el interior de la propia sociedad palestina como a nivel internacional. Su éxito se fundamenta en cuatro principios estratégicos. Los enemigos del BDS, sabedores de su efectividad, se afanan en enterrarlos bajo un montón de lugares comunes, pero la fórmula del BDS es tan sencilla como eficaz.

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BDS: habló Aznar

Se cumplen estos días diez años desde que 172 organizaciones civiles palestinas lanzaron un llamamiento internacional al BDS, esto es, al boicot, la desinversión y las sanciones a Israel en tanto no cumpla con tres objetivos basados en el Derecho internacional: el fin de la ocupación de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental; el derecho al retorno de los refugiados palestinos; y la plena igualdad de los ciudadanos palestinos del Estado de Israel.

Los inicios de este movimiento de resistencia civil no violenta pasaron casi desapercibidos para todos, pero una década después el BDS ha logrado tener una agenda propia y protagonizar la actualidad desde muy diversos ángulos. En lo económico, su triunfo más reciente ha sido el anuncio a principios de junio de la retirada de la teleco Orange del mercado israelí. En lo académico, la adhesión del Sindicato Nacional de Estudiantes de Gran Bretaña al BDS ha desatado las iras de Netanyahu, que ha recriminado a los estudiantes no boicotear también... ¡al ISIS!, como si tal cosa tuviera algo que ver y fuera posible. En lo cultural, la suspensión de Lauryn Hill, ganadora de ocho Grammys, de su concierto de mayo en Tel Aviv ha sacudido el mundo musical. En lo político, la solicitud formal de la UE a Israel, demorada durante años, para que distinga en el etiquetado los productos propios de los provenientes de Cisjordania indica un cambio de actitud de la Europa oficial que ha causado gran inquietud en los círculos políticos israelíes.  

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Sisi, el dictador 'bueno' de los 40.000 presos políticos

A Abdelfatá Al Sisi, el mariscal golpista convertido en presidente de Egipto, ya solo le falta Londres en su ramillete de grandes capitales europeas a las que ha acudido en busca de legitimidad. La semana pasada visitó Berlín, y en los últimos seis meses ha estado en Roma, París y Madrid. En Alemania, a diferencia de lo ocurrido en las otras capitales, la visita ha estado rodeada de polémica, si bien ello no ha evitado la fotografía conjunta de Angela Merkel y el nuevo dictador. Esta foto quedará más en la memoria que las que se ha hecho con Rajoy, Hollande o Tsipras, porque a nadie se le escapa que Merkel es la presidenta de facto de Europa. Y dentro de unos años será tan sonrojante como lo es hoy la de los tres de las Azores, o la de Aznar, Gadafi y El Rayo del Líder, el caballo que el presidente libio regaló al español. Así son las relaciones de Europa con el mundo árabe: a espaldas de los pueblos de ambas orillas, con el viento siempre a favor de las grandes empresas, que viajan en los séquitos de uno y otro lado.

Es bien conocido el patrón de lo acontecido en Berlín: si en Madrid se trataba de los contratos del AVE y en París de los aviones de combate Rafale, en Berlín Siemens ha firmado con sus contrapartes egipcias Orascom y Elsewedy Electric el que se dice que es el mayor contrato único de su historia: 8.000 millones de euros para construir tres plantas de gas y energía eólica. Pero en esta ocasión, en el cortejo que ha acompañado a Sisi viajaba además una curiosa delegación de la actual élite egipcia contrarrevolucionaria: 150 actores, periodistas y personajes de la televisión que “representan todo el espectro del pueblo egipcio”, según declaraciones de la actriz Ilham Chahine, convertida en un icono de la sisimanía. Volaron desde El Cairo en un jet fletado por la Cámara de la Industria Audiovisual, un organismo fundado y presidido por Mohamed Al Amin, dueño del grupo audiovisual CBC, que se hizo con gran parte de los medios tras la revolución de 2011 y es el mayor vocero del régimen de Sisi. A esta claque dirigió el exmariscal sus primeras palabras de agradecimiento en la rueda de prensa conjunta que dio con Angela Merkel. No es para menos la deferencia, pues junto con los jueces y las fuerzas de seguridad los medios de comunicación son los grandes valedores de su dictadura, jaleada a diario como la “revolución del 30 de junio”. Uno de estos diarios, Al-Watan, corría precisamente a titular así: “Alemania reconoce la revolución del 30 de junio”. Ese día de 2013 ha sido elegido por los contrarrevolucionarios como icono de su revolución correctiva, la que derrocó al presidente Mohamed Morsi, elegido democráticamente, y devolvió a los militares el poder que habían ido perdiendo desde la revolución popular del 25 de enero de 2011.

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