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Marcos Pereda

Marcos Pereda (Torrelavega, 1981). Irónico, o no. Escribo y enseño, me gusta leer y el café con leche. Más de aquí que de allí. A veces quiero que llueva y el viento sur me da dolor de cabeza. Si no sonrío no me vale, si no late es que no lo he escrito bien.

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Cuando Comillas cambió

Es frase repetida y (re)citada aquella de "un día que cambió para siempre la historia". Suena bien, tiene gancho y permite hacernos los listos, que es para lo que básicamente se inventó la comunicación intraespecífica, supongo. Pero es, con todo, falsa. Al menos, inexacta, porque (casi) siempre se pueden rastrear los prólogos de cualquier situación en los días, semanas e incluso años anteriores a la fecha escogida como trascendental. Y, así, nosotros no podemos llegar a entender (a entender en todas sus consecuencias, en toda su magnitud, en toda su polifacética maldad) una mañana como la del 18 de julio de 1936 sin saber qué se estaba gestando desde muchos meses antes. Y, de esa forma, el razonamiento se nos queda cojo, o al menos incompleto, y lo que escapa entre nuestros dedos es, sí, solamente una oración vacía.

Pero a veces no. A veces, muy pocas veces pero esas veces justifican las demás, a veces, digo, sí que hay un día que cambia un destino. Un devenir. De una persona, de un grupo, incluso de una disciplina. También, claro, de un pueblo. Y eso es precisamente lo que le pasó a la Villa de Comillas, que si hoy en día es lo que podemos ver se debe, en buena medida, a algo que ocurrió en una fecha muy concreta. El 6 de agosto de 1881, por más señas.

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Olvidando la Historia

Pablo Casado es un señor mayor encerrado en el cuerpo de un fofisano treintañero y paliducho. Uno se lo imagina perfectamente, porte decimonónico, sentado en un sofá del casino de una pequeña ciudad provinciana, leyendo la prensa con gesto levemente fruncido (aunque sin una preocupación real… está tan lejos eso de Cuba), mientras toma un jerez seco y observa sus finas manos, preguntándose cómo se pueden cuartear y engrandecer tanto a los jornaleros. Es antinatural. Si le pones en Vetusta sería de los que, media sonrisa y mirar cruzado, advertiría que el nuevo cura tiene pinta de golfo. Ustedes ya me entienden, jiji, jaja. Todo lo cual no tiene la más mínima importancia, por otra parte.

Pero es que además Pablo Casado es un estólido.

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Sin cuadrigas de alta velocidad

Parece que la tierra de los cántabros, esos bastardos irreductibles que hace años desvelaron el sueño de la inmortal capitolina, no tendrá definitivamente conexión por cuadrigas de alta velocidad para saltar hasta los mares de trigo del sur de Hispania. Así lo ha anunciado recientemente DelaSernum, cónsul honorario de Roma.

Pongámonos en antecedentes. Tras la conquista concluida en el año 733 ab urbe condita, o en el año 36 desde la reforma juliana, o en el año octavo desde la llegada al poder del primer Augusto (escoja el lector la fecha que desee según cuales sean sus preferencias políticas), la cual supuso entre otras cosas el glorioso cierre de las puertas en el Templo de Jano, la empresa bélica en Hispania se dio por concluida. Se iniciaba en ese momento lo que algunos perros llaman “romanización”, y que, como los ilustrados lectores de este medio saben, aquí preferimos denominar “civilización”. Tender vías por todo el territorio, mejorar el comercio, hacer que se hable en una lengua culta como el latín y no en esos borborigmos que manejan en tierras desnudas de pasado, poetas y moral. De eso debe preocuparse Roma, pues si ella, oh siempre serena y sensata, no lo hace nadie lo hará.

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Palabras que andan

El otro día me crucé con Marcos Díez. Marcos Díez es uno de los vecinos que habitan este simpático pueblo. Tiene su casita los viernes, y desde allí cuenta cosas bastante interesantes y, sobre todo, preciosamente escritas. Vamos, que si solo tienen tiempo para leer una columna semanal no pierdan el tiempo en la mía. También hay otros que la tocan bien en este pueblucho, pero a ellos no me los crucé el otro día por la calle, y a Marcos Díez sí.

Iba, él, caminando, leyendo un libro, totalmente abstraído. Yo reconozco que ni saludé. De un lado porque marchaba en coche, y siempre hay un cierto aire de inferioridad filosófica entre quien patea el mundo y los que van sobre ruedas. Tonterías, seguramente, pero qué quieren. Además el ruido de las bocinas es uno de los más enervantes que conozco, y si pudiésemos erradicarlo por completo todos sonreirían más. O mejor. Pero había otra razón para el silencio (como si el silencio necesitase razones). Y es que transitaba él tan concentrado, tan absorbido por las palabras (media sonrisa, rostro encorvado, un poco dudosos los pasos) que no me atreví a romper el sortilegio. Porque eso era. Magia.

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Donde se escondía la patria

Últimamente, ustedes lo habrán notado, se alude bastante en los medios de comunicación al término "Patria". Y se hace no solamente en relación a la (fallida) novela del (muy apreciable novelista) Fernando Aramburu, sino en otros contextos. Aburridos unos, sentimentales otros, desaforados (valga la redundancia) los de más allá, descontextualizados casi todos. Un sinvivir, vaya, un auténtico monopolio de la información, el debate, las reflexiones. Tranquilos, no les voy a cascar otro artículo sobre el "Tema". Tienen de sobra en los lugares donde habitualmente picoteen. Algunos incluso son interesantes y aportan ideas no repetidas mil veces. Pero como el mío no sería de esos… pasaremos a otros asuntos.

Les decía que lo de patria se repite como un mantra (y, como todos los mantras, la mímesis sincopada del término lo desviste de cualquier significado, pasando a ser un ommmm cualquiera) y ya nos parece hasta de la familia. Quizá por eso sorprende que nadie venga a acordarse de Rilke. Sorprende relativamente, vaya, porque remembrar es volver a vivir, y me temo que muchos de los que escriben, varios de los que hablan y casi todos los que pontifican piensen que esto del Rilke es un medicamento. Y, oigan, no.

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Medio milenio arriba o abajo

Ustedes ya saben, porque van cogiendo el hilo, que a mí me gusta menos la Historia que las historias. Que prefiero los relatos pequeños que las grandes epopeyas, que cuento con más gusto el día a día en una pequeña aldea que los fechos celebérrimos de reyes y generales. Lo que reviste cierta lógica, si lo reflexionan, porque aquello que podemos llamar el relato oficial no deja de ser una biografía cruzada de quienes representan a una diminuta, infinitesimal, fracción de todos los hombres y mujeres que han vivido. Y que, por eso mismo, pareciera albergar cierta lógica el que posemos al menos por un rato nuestra atención en los ritos, rutinas y experiencias de quienes, en esta y todas las épocas, han constituido la inmensa mayoría de la población. Y por eso hablo tanto de molinos, y de vacas, y del maíz, y de caminos, sendas o veredas.

Pero se pueden hacer excepciones, ¿no? Más bien, deberían hacerse. Cosas que pasaron y que tuvieron la suficiente importancia como para recordarse hoy en día. Que están, además, rodeadas de color, de elementos sobre los que reflexionar y solazarse. Historia contada en historias, vamos. De esa que no leerán por ahí. Por ahí. Pongan ustedes el nombre adecuado a ese "ahí".

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Asubiaderos

En Cantabria llueve, llueve mucho. O llovía. O llovió, vaya. Dejémoslo en que en Cantabria antes llovía un montón, ¿sí? Esto es algo que ya había dicho en algunas otras ocasiones, pero merece la pena abundar sobre la idea, por si me está leyendo algún millennial, que bien podría pensar que vive en un lugar con tórrido clima mediterráneo. Y no. O antes no, decía.

Pues eso, que en Cantabria llovía mucho. De cojones, escribiría, si no estuviera en un medio serio. De cojones significa que caía agua y agua durante días y días. Y vuelta a empezar después de unos tímidos rayos de sol. Llovía, además, de muchas formas distintas, y esto es una particularidad que otorga cierto pedigrí dentro de las clasificaciones de pluviosidad. Que al Pas no llegan los monzones, pero también tiene su punto. 

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Motas sobre verde

Como saben este es mi primer artículo después del largo verano, así que seguro que esperaban algo especial. Yo también venía dispuesto a hacerlo. Un tema serio, digo, con sesudas reflexiones, con ponderación de pros y contras, con una conclusión clara, diáfana y una alternativa absolutamente válida y certera sobre cómo solucionar en diez minutos problemas que personas mucho más listas que yo se ven incapaces de afrontar desde hace años. Escojan la temática, hay varias. Ya saben, un texto difícil de afrontar, espeso, de los de leer con el ceño fruncido, levantar de vez en cuando los ojos de las letras, asentir con gravedad y esbozar una leve sonrisa. Este tío sí que sabe, coño. Y luego compartir en redes sociales. Tú me representas, joder, pones en mi boca palabras bonitas para expresar mis pensamientos. Todo muy cuñado, vaya. Que es lo que se lleva.

Pero es que esta semana me han cambiado las vacas de enfrente de casa. Y claro, le tenía que contar a alguien el asunto.

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La carcundia y el Centro Botín

Anda estos días la carcundia santanderina escandalizada porque les han quitado no sé qué de unas vistas. Que posee su ironía, oigan. A muchos niveles. Ya verán, ya.

La carcundia santanderina es que tiene estas cosas. Ustedes seguro que les conocen, porque incluyen una serie de características que los pinta como inconfundibles. Ellos pasean, nunca caminan. Escrutan y desaprueban, jamás miran. Gafas de sol, jersey al hombro, caracolillos (si queda pelo) en la nuca. Siempre de punta en blanco, por el qué dirán. Pulseras, muchas, alguna cadena incluso. Saludando con gesto torvo, serio, salvo que deseen hablar con una de esas personas-a-las-que-hay-que-conocer, entonces todo efusividad, sonrisas blancas, arruguitas alrededor de los ojos.

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Sobre los carriles-bici

Hace unas semanas estuve hablando aquí mismo de seguridad vial, y más concretamente de la convivencia entre bicicletas y vehículos a motor en carretera. Esa que debe de estar basada (como todo, vamos) en un respeto mutuo que, creo, se está perdiendo poco a poco. Lo hice al hilo del monopolio informativo que durante varias jornadas tuvieron los atropellos a ciclistas, y que desataron una psicosis alarmista poco acorde con la realidad. Por cierto, ¿se han fijado que ya no atropellan bicis en las noticias de la televisión? Modas…

En aquel momento dejé esbozada la idea para una segunda reflexión, basada en los carriles-bici, su idoneidad, su misma naturaleza. Y es algo que, parece, interesa, porque varias personas (lo de miles de fanes lo dejamos para otros lares) me han indicado que ahonde en el tema. Así que, sumiso y obediente, lo hago. Y dejo claro, desde el principio, que si cuando hablaba de los atropellos lo hacía basándome en datos oficiales además de en mi propia experiencia (es decir, intentaba proporcionar una idea objetiva-subjetiva sobre el asunto) aquí únicamente voy a emitir una opinión. Y, por lo tanto, nadie debe estar de acuerdo con ella, ni siquiera respetarla, porque las demás son tan válidas como la mía. Pero ahora escribo yo, así que allá va.

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