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Marcos Pereda

Marcos Pereda (Torrelavega, 1981). Irónico, o no. Escribo y enseño, me gusta leer y el café con leche. Más de aquí que de allí. A veces quiero que llueva y el viento sur me da dolor de cabeza. Si no sonrío no me vale, si no late es que no lo he escrito bien.

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La carcundia y el Centro Botín

Anda estos días la carcundia santanderina escandalizada porque les han quitado no sé qué de unas vistas. Que posee su ironía, oigan. A muchos niveles. Ya verán, ya.

La carcundia santanderina es que tiene estas cosas. Ustedes seguro que les conocen, porque incluyen una serie de características que los pinta como inconfundibles. Ellos pasean, nunca caminan. Escrutan y desaprueban, jamás miran. Gafas de sol, jersey al hombro, caracolillos (si queda pelo) en la nuca. Siempre de punta en blanco, por el qué dirán. Pulseras, muchas, alguna cadena incluso. Saludando con gesto torvo, serio, salvo que deseen hablar con una de esas personas-a-las-que-hay-que-conocer, entonces todo efusividad, sonrisas blancas, arruguitas alrededor de los ojos.

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Sobre los carriles-bici

Hace unas semanas estuve hablando aquí mismo de seguridad vial, y más concretamente de la convivencia entre bicicletas y vehículos a motor en carretera. Esa que debe de estar basada (como todo, vamos) en un respeto mutuo que, creo, se está perdiendo poco a poco. Lo hice al hilo del monopolio informativo que durante varias jornadas tuvieron los atropellos a ciclistas, y que desataron una psicosis alarmista poco acorde con la realidad. Por cierto, ¿se han fijado que ya no atropellan bicis en las noticias de la televisión? Modas…

En aquel momento dejé esbozada la idea para una segunda reflexión, basada en los carriles-bici, su idoneidad, su misma naturaleza. Y es algo que, parece, interesa, porque varias personas (lo de miles de fanes lo dejamos para otros lares) me han indicado que ahonde en el tema. Así que, sumiso y obediente, lo hago. Y dejo claro, desde el principio, que si cuando hablaba de los atropellos lo hacía basándome en datos oficiales además de en mi propia experiencia (es decir, intentaba proporcionar una idea objetiva-subjetiva sobre el asunto) aquí únicamente voy a emitir una opinión. Y, por lo tanto, nadie debe estar de acuerdo con ella, ni siquiera respetarla, porque las demás son tan válidas como la mía. Pero ahora escribo yo, así que allá va.

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De arozas y camaraos

Es algo, creo, connatural al ser humano. Pero vamos, que aquí ocurre con mayor frecuencia, en un porcentaje más alto, parece. Dependiendo, también, del origen de cada cual, que no es lo mismo si eres urbanita (ejem). Pero ustedes me entienden. Lo de hacer fuera las cosas que no haríamos en casa. No piensen mal, me refiero a ir a museos, tener vida cultural, visitar lugares diferentes. Todo eso. Aquí en Cantabria hay una cierta oferta al respecto. Pero pasamos de ella. Ya estudiaremos etnografía cuando vayamos el fin de semana al País Vasco. O cuando estemos en Madrid, joder, que hay que ver eso…el sitio ese donde tienen muchos cuadros…el que sale siempre en la tele…sí hombre, ya saben ustedes de cuál hablo.

Precisamente me hablaban el otro día de uno de esos espacios, uno que recuerda, además, cierta actividad económica de gran importancia en estas tierras desde, al menos, la Edad Media. Hablo de la Ferrería de Cades, que busca reproducir una antigua ferrería del siglo XVIII sobre el edificio original. Y que, parece, lo hace con bastante acierto y buen gusto, que son dos cosas que no siempre van de la mano.

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Lo de las bicis

Ellas eran dos, muy jovencitas, veinte años, primavera arriba o abajo. Una llevaba la voz cantante, era la que más hablaba, la que lo hacía en un tono más desagradablemente alto, como si quisiera que toda la cafetería se enterase de lo que salía por aquella boquita. Que ya eran ganas, oigan, con las barbaridades que brotaban. Tenía un mirar bovino, de apacible estolidez. Y luego movía la mandíbula también con ritmo de vaca pastando, así, haciendo mucho ruido, dejando ver en cada mordisco hasta la epiglotis, e impregnando todo el local con el olor dulzón, nauseabundo, de su muy repugnante chicle. Una joya, vamos. Y lo peor estaba por llegar.

Sucedió hará unas semanas. Yo estaba tranquilamente tomando un café a media tarde, ellas estaban tranquilamente jodiéndome el día. La televisión atronaba noticias de ciclistas atropellados, que es la moda. Y entonces el infraser habló, con tono aguardentoso y acento de gran ciudad. Y lo dijo textualmente, juro que no me lo invento. Que era culpa de las bicis, que si existían velódromos y parques a santo de qué tenían que salir a las carreteras. Que, ojo, ella tenía muy claro lo que escogería entre dar un golpe a su coche y atropellar a un ciclista. Pero que muy claro.

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Pero, ¿quién fue ese tal Beato?

Pasó el comienzo del Año Lebaniego, con el publicitadísimo y mediáticamente agotador concierto de Jean Michel Jarre, que es un señor que iba vestido con chaqueta de cuero negro y hacía un montón de cosas así como modernas en mitad de los Picos de Europa. Oigan, para gustos los colores, qué conste.

Al final me puse a verlo por la tele, porque para una vez que hablan de Cantabria en la caja tonta (no la busquen, por ejemplo, en la información meteorológica, porque ahí no…) había que aprovechar. Todo muy bonito y muy espectacular y muy cool y muy eso. Ahí no me meto, que no tengo ni idea y no es mi labor. Pero al final uno es como Chejov, que si metía una pistola en un cajón era para usarla más tarde. Y servidor andaba con el cuchillo recién afilado, que es cosa fina y elegante. Y allí acabó por surgir el motivo de mi indignación. Sonreí un poco, porque ya me lo imaginaba, y siempre da gustito tener razón…

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Camino al Elíseo

Uno lleva desde que tiene uso de razón siendo un afrancesado de carnet, con todas las consecuencias que ello acarrea. Principalmente por el tema cultural, el asunto este de la literatura, los simbolistas, la Nouvelle Vague, la Noveau Roman, el París de entreguerras, esa forma entre irónica y esnob de mirar la vida. Qué se le va a hacer, es demasiado tarde para cambiar. Pero también me seduce todo lo de la Republique, la Revolución, le jour de gloire y esos asuntillos de la egalité, fraternité, etcétera, etcétera.

A lo que íbamos. Que quizá por esta razón (tan peregrina como son todas las razones, no se crean) estoy siguiendo con gran interés lo de las elecciones francesas, cuya primera vuelta va a tener lugar en unas horas. Bueno, por eso, y por constatar tendencias, giros ideológicos, vuelcos sociales. No sé si ustedes están al tanto de lo que se cuece en el Hexágono, pero yo estoy de lo más acojonado…

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Primavera de sal

Durante muchos años la llegada de la primera fue, para mí, olor a sal y viento fresco azotándome en el rostro. En un lugar concreto, con unas sensaciones precisas. Cada cual tendrá su ritualística, sus ejes de paso anuales. Este es el mío.

Durante todo el invierno, que aquí traía lluvias, y frío, y a veces días de esos donde el cielo está tan bajo que, de hecho, no llega a amanecer nunca, los recuerdos eran de color fundamentalmente gris. Y se combinan colores, aromas, tactos, y la memoria juguetea a ser sinestésica, y así consigue aprehender lo que la misma realidad jamás logró ser del todo.

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Son que no llega

Fue el tiempo, claro. El pasar de los años, también de los siglos, que va a arrasando lo que toca, condenando al olvido lo que fueron lugares comunes hasta donde alcanza la memoria. Fue el tiempo, la evolución que es, en ocasiones, abandono. La mirada extraña ante el elemento antaño habitual. El fruncir del ceño. La alteridad. Por el tiempo, creo.

Se pierden, por ejemplo, idiomas, formas de comunicarse, sones que antaño decodificaban realidades y que hoy en día nos parecen todos iguales. O parecidos, al menos. Extraños, sin significado. Es lo que ha sucedido con el hablar de las campanas, que tanta importancia tenía antiguamente en los pueblos de Cantabria, y que actualmente va camino de quedar como reducto del pasado. Uno de esos que se mantienen, corrompidos, solamente con la intención de no perderlos, desnaturalizándolos, domándolos. Porque era más, mucho más.

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La obra más importante de la Historia de Cantabria

Ahora que a Cantabria le ha tocado (o le va a tocar en breve) el premio gordo de las inversiones públicas en materia de comunicaciones (se habla de hacer un AVE hasta el mismísimo Sardinero, de soterrar la vía férrea desde Reinosa a Requejada, de construir escaleras mecánicas que lleven directamente, y con cierta comodidad, de Torrelavega a Madrid…todo ello adornado con infografías, colorines y esas cosas tan modernas) no está de más recordar aquella que, seguramente, fue la obra pública más importante en la historia de estas tierras. Una cuyos restos, además, aun se pueden ver y visitar y caminar con facilidad si uno pone algo de su parte, que tampoco pedimos imposibles. Hablamos del Camino Real de Reinosa.

¿Exagerado? Veamos.

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De sombras, pueblos y miedos

Andaba yo el otro día paseando por el interior de Cantabria, despreocupado, feliz en esa ignorancia de quien ver pero no mira. Totalmente absorto, en definitiva. No iba solo, claro, pero las palabras iban apagando pensamientos aquí y allá, así que prefiero no culpar al resto de nuestra sorpresa.

Decía que estaba por el interior de Cantabria, en uno de esos valles que se van estrechando cada vez más hasta que no queda otra que remontar las montañas. Esas cosas que hay en La Montaña, digo, cuando se deja atrás el azul (y, más frecuentemente, el gris). No voy a decir en cuál, por no dar mala publicidad, nada más lejos de mi intención. Solo deseo ponerles en situación.

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