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La ultraderecha ya no es la que era o lo simula

Las multitudes migrantes que vemos a diario por la tele darían cuerpo, presencia, a la “islamización” de Europa que temen los más exaltados y que, salvo en círculos integristas, no es peligro a tener en cuenta

Lo que en verdad preocupa es el drama humano y la crisis de confianza en Europa y sus instituciones

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Partido ultraderechista Alternative für Deutschland (AfD), 'Alternativa para Alemania'

Partido ultraderechista Alternative für Deutschland (AfD), 'Alternativa para Alemania'

No sé cómo se dice en alemán la pregunta ¿tás bobo o qué? con que advertían los isleños a quienes decían o hacían algo contraproducente. Y creo que eso, cuarta más cuarta menos y en su idioma de ellos, dijeron los banqueros germanos a los promotores de la ultraderechista Alternativ für Deutschland (AfD), o sea, Alternativa para Alemania como su propio nombre indica.

AfD, deberían saber, surgió para cargarse el euro y recuperar el marco sin caer en la cuenta de que eran alemanes los principales beneficiarios del trasteo con la moneda única. Hubo discusiones y el sector más derechista, que lo hay incluso en la ultraderecha, impuso su criterio y el partido se olvidó del abandono de la UE para poner el acento en la recuperación de la soberanía nacional, que no compromete a nada, y en pararle las patas a la globalización y al multiculturalismo, no vaya a darle a algún musulmán por emular a Wagner con una versión de Lohengrin, que ya sólo falta que islamicen a herr Richard o se cuelen los jodíos sarracenos en la corte artúrica de la mano de Parsifal

No propugna AfD la violencia al menos en primera instancia y si quedan reservas de racismo y xenofobia, procuran disimularlas: no parece disparatada la sospecha de que las ultraderechas europeas tratan de estructurarse a escala continental y que les ha servido de mucho la experiencia de Marine Le Pen de no asustar al personal que la ha situado cerca del poder. Como si los franceses hubieran perdido el olfato político que han demostrado desde 1789, cuando el Tercer Estado se constituyó en Asamblea Nacional y pegaron a cortar cabezas. Se han olvidado del Mayo del 68 que rompió ni se sabe cuantos tabúes. Se abrió entonces una etapa de tolerancia y permisividad, de revolución de las costumbres (drogas, sexo y rock and roll, clamaban los entusiastas) que podría estar ahora cerca de su final si prosperan los intentos disuasorios de control de los ciudadanos y el recorte de sus derechos, que por ahí vamos. Hacer los nueve primeros viernes de mes sería optativo.

Un juego de espejos

Es un juego de espejos. Cuando se habla de ultraderecha quienes tienen todavía memoria evocan al fascismo de los años 30 y 40 del siglo pasado; con la secuela patria del franquismo prolongado durante varias décadas y que no acaba de desaparecer del todo. La imagen reflejada en los espejos ofrece ahora perfiles más atenuados de la ultraderecha nacionalista: lo que se le reprocha al extraño no es ya el hecho de serlo que justificó la violencia explícita, campos de concentración incluidos con su política de sano exterminio. El pecado ahora sigue siendo pertenecer a una cultura distinta y los argumentos de los que se oponen a ella son, de momento y toco madera, más sutiles e incluso “científicos”. Por ejemplo, el demográfico: millones de emigrantes reproduciéndose como conejos intranquiliza y la ciencia radica en el principio de que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo. O sea, que acabarán por ser mayoría, se harán con todos los puestos de trabajo, impondrán sus costumbres y religión a “nuestras” tradiciones (en las fiestas de “moros y cristianos” ganarán los primeros en adelante por decreto). Le han venido bien a ese discurso las guerras, el terrorismo yihadista y las oleadas de refugiados que han permitido a Europa mostrar lo peor de sí misma y ponernos el paisaje perdido de alambradas sin biosfera ni leches.

Refugiados en la ciudad griega de Idomeni (ANKOR RAMOS)

Refugiados en la ciudad griega de Idomeni (ANKOR RAMOS)La crisis de los refugiados no hace sino incomodar cada vez más a Europa, que está mostrando su peor cara. Ankor Ramos

Las multitudes migrantes que vemos a diario por la tele darían cuerpo, presencia, a la “islamización” de Europa que temen los más exaltados y que, salvo en círculos integristas, no es peligro a tener en cuenta. Lo que en verdad preocupa es el drama humano y la crisis de confianza en Europa y sus instituciones con el regreso de los viejos fantasmas que los “padres” fundadores de la UE quisieron aventar: no en vano están esos nacionalismos en el origen de dos guerras mundiales en menos de cincuenta años. Según Joschka Fischer, ex ministro alemán de Exteriores, “la renacionalización de Europa se está acelerando, lo que hace de esta difícil situación la más peligrosa de todas, pues amenaza con desintegrar la UE desde dentro”. De hecho, el proceso se inició a medida que los europeos descubrieron que las instituciones europeas no están ahí para servir al bienestar de las personas sino a los intereses de las grandes compañías que hacen marketing con los valores espirituales europeos.

François Hollande parece consciente del peligro y anunció un plan para afrontar la crisis, digamos existencial, de Europa. Lo presentará después del referéndum británico de junio sobre la permanencia en la UE, aunque ha anunciado que no cambiará de contenido gane quien gane. Da la sensación de que está en la línea de recomponer el eje París-Bonn anterior a la caída del muro berlinés. Sobre ese eje basculó la construcción y el funcionamiento de Europa durante muchos años. El problema de Hollande es que carece del liderazgo preciso para aunar voluntades a escala continental, a lo que se une la sospecha de que obra mirando a las próximas elecciones ante las que necesita mejorar de imagen porque nos franceses no están contentos con él. No parece que por la derecha esté Sarkozy en mejores condiciones para intentar algo. De momento da la sensación de que la alternativa más aglutinada es la de Marine Le Pen que no es precisamente una esperanza.

En todo caso, no están solos los ultranacionalistas, que descuellan en países como Holanda o Austria. Cuentan con el respaldo de sus correspondientes en los que pertenecieron al bloque soviético. Para mi gusto, los dirigentes de la UE se dieron demasiada prisa en incorporarlos para contrarrestar, imagino, la influencia de la Rusia postsoviética en lo que fuera el bloque socialista. El conflicto de Ucrania es significativo en ese sentido. Y no lo son menos los acuerdos suscritos con Turquía donde poco se respetan los derechos ciudadanos. De oponerse algunos a formalizar su ingreso por ser la UE un club cristiano, a darle toda clase de facilidades a cambio de que controlen las fronteras no hay sino unos miles de euros y la desvergüenza de los actuales dirigentes de la UE. Para que al final sean los turcos quienes decidan mandarse a mudar.

Sadiq Khan, los ultras y la cosa española

En realidad, viene todo lo anterior a cuento de la elección de Sadiq Khan como alcalde de Londres, una de las pocas buenas noticias de los últimos tiempos. Pero se cruzó el anterior comentario y no iba a desperdiciarlo.

Su nombre, el del nuevo alcalde londinense, me recordó a los “malos”, musulmanes por descontado, de las películas de los años 40 y 50, tipo La carga de la brigada ligera; que es de 1936, pero aquí la vimos unos cuantos años después; como tantas otras cosas. Recordarán las perversas conspiraciones fílmicas de los nativos para liberarse del colonialismo victoriano que fue, ya saben, una bendición del cielo. Y sabrán, imagino, que Sadiq Khan es musulmán, hijo de emigrantes paquistaníes, vecino en su infancia y juventud del “Henry Prince Estate”, un complejo de viviendas sociales al sur de Londres, alumno de escuela pública, es decir, uno de los que nadie, ni él mismo, imagina que pueda llegar a una alcaldía reservada a ingleses honestos y responsables, con sus libros de cuentas en regla, no como otros, que llevan la Union Jack en los calzoncillos; lo que no le impidió calzar por el millonario tory Zac Goldsmith con un programa de tolerancia y solidaridad, de esfuerzos por la convivencia y la integración ciudadana en la multiculturalidad tan denostada por la derechona.

Sin duda, tiene mérito el flamante alcalde, pero no es mayor el de los votantes que no se dejaron impresionar por los tremendos insultos de los conservadores a tan osado “puto moro” y le dieron sus votos. Habrá que perdonarle a los ingleses el coñazo que dan con que si se van o se quedan en la UE, dándonos de merecer con la libra. De todos modos, una vez tirados los correspondientes voladores de celebración, conviene recordar que no todo el monte es orégano. Londres tiene algo más de ocho millones de habitantes de los que un millón son musulmanes. De ellos un buen porcentaje ve bien las acciones del Estado islámico, según la Oficina Nacional de Estadística. Ese porcentaje es del 80% entre los menores de 25 años, aunque la mayoría descarta la guerra, Por encima de esa edad, la opinión cambia y entre los más mayores (no diré “ancianos” para no tirar piedras sobre mi tejado) sólo uno de cada doce considera favorable el Estado islámico. En cualquier caso, si en 2001 uno de cada veinte jóvenes se decía musulmán, hoy se ha duplicado el porcentaje pues aseguran serlo uno de cada diez.

Con esa realidad habrá de vérselas Sadiq Khan. La forma en que lo combatieron durante la campaña no indica que la ultraderecha nacionalista esté dispuesta a facilitarle las cosas pero es evidente que cuenta con un electorado conocedor que no siente profanado el tabernáculo. Y eso que luce un corte de pelo clásico donde lo tienen difícil los piojos que tanto teme el PP en las rastas podémicas.

Sadiq Khan rechaza la "excepción" de Trump para dejarlo entrar en EE.UU.

Sadiq Khan, alcalde de Londres. EFE

No obstante, es preciso no confundir, es decir, no identificar sin más a la ultraderecha nacionalista actual con la de los años 30 y 40 del siglo pasado, como ya indiqué. Volviendo a Alemania, Fernando Aramburu ha señalado que, pese a su rechazo del feminismo y la defensa del modelo cristiano de familia y de empresas dirigidas por hombres, qué van a creerse éstas, preside AfP Fauke Petray, una química y empresaria, junto a Jörg Meuthlen. Mientras, otra mujer, la eurodiputada Beatrix von Storch, es de sus dirigentes de corte más fundamentalista. Observa Aramburu que las dos están en los cuarenta años, lo que para él corrobora que no estamos “ante un puñado de carcamales emperrados en devolver su país a los viejos tiempos”. Lo mismo puede decirse por extensión de otras ultraderechas europeas; no de todas.

Precisamente porque no es de ultraderecha ni un carcamal choca escuchar a Pedro Sánchez hablar de la “trinca” Rajoy-Iglesias con Alberto Garzón de monaguillo para perpetuar al PP en el Gobierno. Recuerdan los socialistas la que formaron Anguita y Aznar con el resultado que todos sabemos. Así ven las cosas desde el PSOE, si bien no es menor el desenfoque de Iglesias que trata de “castigar” a los socialistas muy en la línea de los viejos comunistas que los siguen culpando de conchabarse con los fascistas para entregarles Madrid. Se trata, ya saben del “sorpasso” famoso, palabro que me trae a la memoria el “zarpazo” que se daba en lo antiguo quien caía de narices o desde alguna altura con resultado de descalabro. Y quen dice “zarpazo” dice “leñazo” etcétera. Si volviéramos a aquellos tiempos, diríamos que los socialistas se darían un “buen zarpazo” si Podemos se les pone por delante en las urnas. Para ello, Iglesias abandonó la batalla de abajo/arriba, con lo que tiene esa dirección de regeneración democrática desde el origen mismo del poder, para volver al juego derecha/izquierda, de enfrentamiento por arriba.

Y si en la izquierda van tal que así, por la derecha no van: sólo ven comunistas, radicales, extrema izquierda, pagados todos por el oro que ya no es el de Moscú pero que en su imaginar sigue siendo inagotable. Con el mismo desparpajo con que anuncian el infierno si gana esa gente, con la pérdida del actual “paraíso”, por supuesto, critican que los medios informativos se ocupen de las tribulaciones judiciales más de lo deseable. Se agarra el PP a la concejala madrileña que se desnudó de cintura para arriba en una capilla; como si semejante grosería y desconsideración para las creencias religiosas hubiera puesto en peligro las bases de la civilización cristiana. Sin entrar en que no parece la Universidad pública de un Estado aconfesional el marco más adecuado para una capilla católica. Más grave es el saqueo a que han sometido al país, durante años, el PP y no pocos de sus dirigentes. Dicho sea porque anda por ahí Rajoy proclamando que éstos “no son tiempos para amateurs“, o sea, que lo son para profesionales como Martínez Pujalte, que acaba de añadirse a la larguísima lista de profesionales del saqueo. Una forma de ver las cosas en la que insistió al defender la necesidad de un Gobierno sensato y no de una pandilla que viene para aprender porque “eso sale muy caro”.

Si a nadie sorprende que casi cada día le salte a Rajoy un nuevo saqueador, tampoco sorprende, en esa línea de viejos resabios y nuevas desvergüenzas, oír a Rafael Hernando impartir doctrina como portavoz pepero en el Congreso. Entre las últimas aportaciones del animalito a este subgénero figura la mención a los regímenes marxistas-leninistas (muy versado, sí señor) que tienen embobado a Iglesias: Corea del norte, China, Bolivia, Venezuela y Cuba. Bueno, confieso que sí, que algo me sorprendió la inclusión de China dada la cantidad de chinos que andan haciendo negocios en España y no creo que le convenga al PP disgustar a semejante nicho de negocio. Igual compran el partido si lo ven más rentable que los equipos de fútbol o baloncesto. También me llamó la atención que se olvidara de Irán y no cayera en la cuenta de que la coleta de Iglesias no gustaría a los coreanos. Por cierto, ¿tiene este Hernando algo que ver con el otro Hernando, su colega del PSOE? Lo digo porque no se llevan paja y media.

El candidato del PP a la Presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy (i), durante su intervención ante el monumento en memoria del ex presidente del Gobierno Adolfo Suárez, el 4 de diciembre en Ávila.

Casi a diario, a Rajoy le sale un nuevo saqueador. EFE/Raúl Sanchidrián

Salvador Alba con Soria al fondo

Si les digo la verdad, conozco muy poco a Victoria Rosell, pero entre ese poco y las referencias directas e indirectas que me llegan no me sorprende, en absoluto, que el juez Salvador Alba conspirara contra ella para destruirla profesionalmente. A Alba no lo conozco en absoluto y sólo sabía de él que pertenece al ala conservadora de la judicatura con lo que comienza a explicarse su actitud. Desde luego, no tuve motivos para no creerle que nada personal tenía contra Rosell. Hasta leer las cinco páginas que hace unas semanas dedicó La Provincia a su interrogatorio a Miguel Ángel Ramírez. Ya me llamó la atención que el periódico dedicara tanto espacio a un juicio semejante. Algo desacostumbrado y desproporcionado. Y ya salí de dudas con la última entrega del folletón: la grabación del interrogatorio de Alba a Miguel Ángel Ramírez, presidente de la UD Las Palmas, de la que se desprende que Alba iba por la cabeza de Rosell sin dejar de apuntar a la de Carlos Sosa, la que reclama para sí José Manuel Soria, que fue quien inició el asunto todo con su peculiar estilo.

Sólo en el supuesto de Soria como inspirador áulico (aunque torpón) encajaban las piezas del lío. Fue una denuncia suya, como dije, la que puso en marcha todo y se advierte en el referido interrogatorio a Ramírez que, aunque la causa en que se le interrogaba nada tenía que ver con Rosell y Sosa, las preguntas se orientaban a arrancarle al compareciente cuanto pudiera utilizarse contra la pareja. Si yo aceptaba que Alba nada tenía contra Rosell, debía entonces atribuir su inquina contra ella a su condición de lustrabotas, que diría Bryce Echenique, del ex excelentísimo. Esa adoración de los conservadores por quienes ostentan algo de poder. En el interrogatorio se dirige más a poner en evidencia a Carlos Sosa y Rosell que a aclarar la causa que se traía entre manos. Auxiliado desde las bandas por la fiscal Evangelina Ríos, enemiga mortal de Rosell; y de Carlos Sosa por si hay gananciales.

De nuevo estaba ante algo a que nos tiene (nos tenía, espero) Soria acostumbrados: la utilización de los tribunales de Justicia para dirimir cuestiones personales y políticas y cobrarse sus venganzas: ha pedido no una ni dos veces que metan en la cárcel a Carlos Sosa, como si estuviéramos en los años 50. Me gustaría saber si los dineros con que ha pagado Soria a sus carísimos abogados madrileños proceden o no de la caja pública. Es decir, del Ayuntamiento de Las Palmas, del Cabildo o del Gobierno. Lo he sugerido en varias ocasiones y añado ahora la novelería del eventual descenso de su capacidad adquisitiva de letrados al recurrir a Eligio Hernández.

Las cosas, como ven, se fueron aclarando. Y quedaron claras del todo con las grabaciones que acaba de hacer públicas Miguel Ángel Ramírez de las que se deduce que el juez Alba conspiró contra Victoria Rosell para hundirla profesionalmente. Soria y Alba comparten, pues, animosidad contra la pareja y si el juez aprovechó la iniciativa del político, éste utiliza la inquina del juez contra Rosell para hacerle daño. Miel sobre hojuelas cuando la juez se convirtió en diputada de Podemos porque eso aseguraba un mayor interés de Génova y La Moncloa en calzar por ella. En defensa, eso también debe constar, de la civilización occidental, no vayan las mafias infieles a desplazar a las cristianas, compréndanlo.

Para mí todo este enredo pone de manifiesto, por encima de cualquier otra consideración, el fracaso político de Soria, debido a su temperamento fascistoide. Su carrera política, eso se sabe bien en las islas, se ha basado en el atropello y destrucción de sus enemigos con alarde de una arbitrariedad más propia de los años 50 del siglo pasado, la que falla incluso en una democracia de tan mala calidad como la española. Hay que tener cierta inteligencia para apreciar la diferencia del ayer al hoy. Ahora basta que surja alguien que no le tema y tenga la mínima posibilidad de plantarle cara para que comience a resentirse ante un pueblo que no destaca por su cultura política, pero aprendió en la práctica a identificar las formas caciquiles que ya no acepta. Hace más de un año anticipé que Soria no tendría buen fin en política extrapolando a su caso otros parecidos en que también jugaron esos factores.

Creo que conviene observar lo que pasa en el PP. Ver de qué forma, no lo bastante solapada, intenta el PP recuperarse de la etapa Soria. Lo que se traduce en un desplazamiento del poder en el partido a Tenerife. Cosa que no me enfría ni me calienta pero que ahí está porque en esta materia la derecha chicha se apunta a un bombardeo. Y con un palmero deseoso de caer en gracia ni les cuento.

El juez Salvador Alba, en el juicio por el caso Calero. (ALEJANDRO RAMOS)

El juez Salvador Alba, en el juicio por el caso Calero. (ALEJANDRO RAMOS)

 

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