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Las cartas están marcadas

Son como una droga oral. Alteran tu conciencia, cambian tu percepción, te anestesian, te moldean, te adormecen, con su sobredosis letal de palabras y más palabras inyectadas en vena a todas horas, por todas las vías, televisiones, radios, prensa, anuncios y redes que te envuelven en su nebulosa.

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Son como una droga oral. Alteran tu conciencia, cambian tu percepción, te anestesian, te moldean, te adormecen, con su sobredosis letal de palabras y más palabras inyectadas en vena a todas horas, por todas las vías, televisiones, radios, prensa, anuncios y redes que te envuelven en su nebulosa. Te hacen ver el mundo como quieren que lo veas, aunque tú te resistas, aunque puedas resistir. Pero es difícil desengancharse o evitar que te afecte. El pensamiento hegemónico, el pensamiento único que te pincha el sistema, es droga dura.

Las cartas están marcadas. El juego no es limpio ni justo. Ellos tienen muchos más medios para imponer su mensaje, para crear y destruir corrientes de opinión, para manipular el debate, para que las cosas sigan siendo como son o para que dejen de serlo cuando les interesa. Suyos son los grandes medios de comunicación, para ellos trabajan muchos de los periodistas, propagandistas, más influyentes, ellos deciden de lo que hay que hablar y de lo que es mejor callar. La partida está muy descompensada. El reparto de fuerzas es muy desigual. Ellos tienen casi todas las cartas y los ciudadanos muy pocas. Tienen todas las de ganar.

Por eso últimamente me asaltan las dudas sobre el papel que jugamos los periodistas que podemos opinar en un medio público y que queremos un cambio en este país. Siempre he asumido esa responsabilidad desde el compromiso hacia la igualdad y libertad. Por eso he sido crítico cuando creía que debía serlo, independientemente del color del partido, también con aquellos que quieren una sociedad más justa e igualitaria cuando creía que se apartaban de estos fines. Pienso que los periodistas debemos estar del lado de los ciudadanos, nunca de los políticos, ni siquiera de aquellos que mejor representan el cambio que este país necesita. Pero también es cierto que esos partidos están en desventaja. Tienen todas las de perder y están perdiendo.

Veo ahora en las encuestas el resultado de la partida y reconozco que no se puede ser equilibrado ni equidistante cuando el juego no lo es. No se puede ser tan ingenuo y creo que lo he sido por intentar ser justo cuando el combate no lo es. Ahora me doy cuenta. Reconozco que, a veces, al querer serlo, he favorecido a quienes rompen el equilibrio y son partidistas. Como periodista tengo la obligación, el deber de informar y no voy a dejar de señalar las contradicciones de los partidos de izquierda cuando las tengan. Pero tengo claro, y más en momentos como este, que hay que ser mucho más feroz con quienes atropellan ferozmente a las personas, sus derechos y libertades. Sirvan estas palabras de disculpa por mi error de perspectiva. Mantengo mis opiniones pero mantengo que ahora mismo hay que ayudar mucho más a cambiar la perspectiva de este país.

Pero no todo está perdido. Tenemos las redes y nuevos medios, grietas por las que colarnos para devastar la roca, para inocular un antídoto a su droga. La partida no ha terminado y aún podemos rebelarnos. Los periodistas del periódico argentino conservador, La Nación, lo han hecho. Sus jefes publicaron un editorial incendiario llamando a terminar con los juicios a la dictadura y pasar página. Los redactores se levantaron a una para pedir una rectificación. La sociedad argentina les secundó. Quienes quieren la desmemoria y la impunidad tuvieron que retroceder. Incluso el nuevo presidente, Macri, tuvo que salir a aclarar que no habría olvido ni inmunidad para los criminales. Habrá justicia. Por una vez, ellos perdieron.

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