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El shock catafiláctico

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La nostra terra és redimida. El gran moment és arribat. Fora els ultratges. Lluny la mentida

En la vida de un servidor, un par de cosas le han traído problemas de forma persistente. Son los gin-tonics y el optimismo. El primero de los factores hoy en día se encuentra absolutamente hipsteritzado y barcelonizado y cualquier pardillo se pavonea de beberse uno, incluso con verduras, pelota y cocido. El optimismo, sin embargo, todavía es una plaga secreta vergonzante y profundamente anticatalana.

Por eso, escribir un texto optimista sobre el día negro del Proceso, sobre el gran shock catafiláctico, el día de la alergia catalana, la jornada del arrebato y el taco puede parecer una inadmisible frivolidad "antiprocesal" (contra el Proceso, quiero decir). Y si así todavía piensa el lector, tendré que volver a mi problema número uno.

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¡Catalanes, a Can Brians!

Fue después de ver a lección de serenidad democrática, de temple , de hidalguía que tuvieron Sánchez "la niña feliz" Camacho y su grupo de periodistas de mundo y de gente de orden. Fue después de esta epifanía de #spanishdemocracy que lo tuve claro: Hoy mismo me pongo a desobedecer la ley española. A saco. A tope. Como quieran. En parte por patriotismo de ese que me inocularon en la escuela franquista donde estudié y en parte por egoísmo, porque si me encarcelan el primero podré escoger en Can Brians la litera de arriba, que es la que mola.

Decía el gran jurista castellano del siglo XVI Francisco Suárez en su De legibus que "Solamente puede llamarse ley la que es medida de la rectitud sin más y, consiguientemente, sólo la que es regla recta y honesta". Es obvio que nos encontramos en un caso en el que se nos impone una ley que no es recta y que de honesta no tiene nada.

Los catalanes tenemos pues derecho a desobedecer. De hecho, desobedecer es un viejo derecho catalán, y a menudo lo único que se nos ha reconocido: cierre de cajas, revueltas de quintas, La Canadenca y, por supuesto, el sitio de 1714. El proceso deja a partir de hoy de ser una fiesta familiar. Es algo de adultos con derechos políticos. Es un tema de conciencia y responsabilidad. Del Septiembre alegre pasamos octubre serio.

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La Patum de Girona

El sábado pasado Girona fue el centro mundial del sector de la independencia. Si Barcelona tiene aquel congreso del móvil, Girona tuvo el mejor en smart-indepes. O sea: la feria Estelània, Carme Forcadell, los llamados Líderes del Sí y (aquí es donde entra un servidor), una especie de Mundial paralelo de escritores independentistas. Todo bajo el explícito nombre de: Jornades Catalunya vol viure en Llibertat i amb Dignitat. Los compañeros de El punt Avui organizaban el encuentro y la cosa, creo, fue bastante bien.

Llegamos a Girona en tren con David Fernández, de la CUP, y Pere Macias, que insiste en que todos debemos proteger al presidente ante los ataques finales de los borbónicos. Ya en el Auditorio de Girona, unos sesenta autores nos reunimos bajo unas reproducciones ampliadas de las portadas de nuestros libros que cuelgan de una pared como si fueran cuadros. Es la nueva National Gallery. El profesor Joan Francesc Mira nos imparte una ponencia de las suyas. Erudita, divertida y con este punto suyo tan envidiable entre la distancia irónica y el entusiasmo. Habla después Mascarell. Un poco largo y confuso pero vaya. En la sala de al lado el ambiente es totalmente diferente. Carme Forcadell ha reunido al pueblo soberano más entusiasta. Nos hacemos una foto y nos dan unos tickets para la Firatast, una feria gastronómica bastante variada y sabrosa. Bien, todo muy bien.

Unas jornadas por la libertad que saben, o al menos así lo espero, a fin de curso. Pero no a fin de curso cualquiera. A fin de curso de segundo de bachillerato, por ejemplo, cuando tienes que elegir a qué carrera irás el otoño siguiente. Un fin de curso de año de selectividad. De no retorno.

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Multireferéndum

Siempre que puedo, en estos actos públicos que frecuento de un año a esta parte, utilizo una metáfora. Ya me dirán qué les parece. Para hablar de la diferencia entre ser una autonomía y ser soberanos, a lo que aspiramos, les digo que la diferencia entre autonomía y soberanía es la misma que hay entre tener diecisiete años o dieciocho. Parece muy poca cosa pero, de hecho, es la diferencia entre ser un niño y un adulto en términos legales. Un menor, un chico con autonomía, puede vivir la ficción de la libertad. Si tiene unos padres bastante liberales o despreocupados, puede llegar de madrugada, tener tele en el cuarto, traer chicas a casa e incluso tomarse una cerveza con el padre. Pero la libertad verdadera, la que deriva de la soberanía, no la tiene. No puede montar una empresa, casarse y sobre todo, no puede huir de casa sin consentimiento porque la Hemetèrita, que decía Chiquito, devolvería al crío a la disciplina constitucional de la indisoluble unidad de la familia.

O dicho de otro modo, a los menores, a las autonomías, se las trata con condescendencia, quizá con generosidad si se portan bien, como Monago, pero nunca con justicia e igualdad dado que son entes "inferiores". La única manera de ser respetado es ser adulto. Ser soberano.

Pues esta metáfora me ha venido a la cabeza después, eso sí, de unos minutos de maldiciones y tacos, al conocer la noticia de que la Junta Electoral Central ha prohibido la instalación de urnas a los compañeros de la campaña por el Multireferéndum.

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Einstein y el proceso

Hola,

El domingo por la noche fui a la Escuela Industrial. Lluís Pla, jefe de estudios del CMU Ramon Llull, me había invitado para dar una charla a tres sobre el  daxonsis Los otros ponentes, colegas de mucha envergadura, eran Ignasi Aragay y Enric Juliana.

Era la segunda vez que Pla me convocaba.  La primera fue para charlar sobre mi libro Posteconomía y fue muy agradable aunque descubrí algo inquietante.  Para saber qué alumnos habían asistido a la charla en la puerta había un detector de patas digitales, dicho así, a lo basto.  Un utensilio biopolítico, que decía en Foucault.  A mí me hizo un poco de miedo pero la amenidad del acto me hizo olvidar.

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