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El río muerto

"La muerte del río es en verdad la muerte de muchas cosas a veces inexplicables, y a veces de las que ya no podemos o queremos hablar"

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Valle Toledo

Nunca más volveremos a bañarnos en el Tajo. Durante mi vida he visto muchas cosas irremplazables que me dejan herido de nostalgia. Vi morir las nieves estivales de la sierra de Gredos, los cuatro ríos pequeños de la margen Sur del Tajo en Talavera, convertidos en cauces negros de alpechín y diesel, vi arrasados por el fuego lugares para la ensoñación y la vida mas profunda, vi morir el Alberche de aguas rápidas y peligrosas, vi morir ideologías que tenían al hombre en el centro de sus palabras, morir la utopía como forma de soñar, vi morir las mismas palabras y quedar estas corrompidas e inservibles para hacer de la verdad…

Nunca más volveremos a bañarnos en el Tajo, nunca ya mis viejos amigos y yo, los amigos que aún queden vivos volveremos a bañarnos en el río, jamás bajaremos ya a los Arenales de Talavera ni a la playa de los Sifones para jugar con el agua en verano. El río murió y yo lo he visto, he sido testigo fehaciente de su agonía y de la imbecilidad del hombre. Hace ya mucho tiempo era verano, nos bañábamos en los Arenales con bañadores muy ajustados en un río muy peligroso. El caudal te llevaba de puente a puente, y los más valientes se lanzaban al agua como ángeles desde el puente romano de Talavera a aquellas aguas de color chocolate, aguas fehacientes arrastrando fertilidad y limos limpios. El Tajo era un río muy peligroso, llevaba mucha agua, en su corriente se formaban remolinos que podían chuparte. Todos los años se ahogan al menos tres personas durante el verano, era su tributo, y a pesar de ello, seguíamos bajando a él para soñar con el sol bajo el agua, yendo a sus orillas para entablar la relación sagrada con el agua y el sol.

Vi morirse poco a poco ese río, lo vi agonizar entre la niebla invernal, lo vi sucio, enfermo, ennegrecido, sin pulso. Mis amigos y yo lo vimos, un día el río entró en los ojos hasta perderlo en la oscuridad y en la niebla de cada uno, ya nunca más el río salió por nuestra boca, jamás volvió a manar de nuestra boca su nombre. El nos olvidó y nosotros lo olvidamos. Quedó en nosotros una nostalgia negra y seca. La muerte del río es en verdad la muerte de muchas cosas a veces inexplicables, y a veces de las que ya no podemos o queremos hablar. Todos éramos muchachos flacos y soñadores, muy ingenuos, y por eso nos gustaba el río, su natural presencia y que nos atravesara como un gran chorro de vida, y su corriente de peligro y vida.

Quien fuera valiente cruzaba nadando de una orilla a otra dejando llevarse un poco por la fuerte corriente del agua. Al llegar a la otra orilla, recién salido del agua, levantaba los brazos y daba un grito, después iba otro valiente nadador, y después otro. Ahora nos ha ahogado la vida, la existencia plana y mediocre de nuestro tiempo sin músculo. Era un río muy peligroso, de corriente rápida en la que ávidos nadadores, más que nadar luchaban con el agua y consigo mismo. Nadie ya podrá bañarse en ese río, nadie tiene ese sueño.

Hay dos tipos de miedo, el que producen las cosas poderosas y llenas de vida de manera natural, y que en cierto modo se convierten en entes sagrados que de alguna manera terminan habitándonos de manera benefactora, y los otros miedos, el miedo a nosotros mismos, los miedos de nuestro tiempo, el miedo a la podredumbre, a la locura, y al hombre mismo que es capaz de dejarse guiar por las fuerzas oscuras del mal, esa otra manera de fascismo vital que de manera sutil entra en nosotros.

¿Y que es el Tajo ahora, este río, sino un espejo negro donde se reflejan nuestras miserias? Dan más miedo los vivos que los muertos, al menos para los niños. Nunca más podremos bañarnos en el río, como nunca más podremos volver a ser niños. Fue este verano, en un caluroso día de julio, me encontraba en Viena, ciudad de unos tres millones de habitantes. Mi amigo el traductor cubano Aníbal Campos, que vive allí desde hace tres años me llevó aquella tarde a una playa fluvial en el Danubio, a un lugar de islas fluviales llena de bosques de ribera. Allí me bañé, allí se siguen bañando miles de vieneses cada verano en unas aguas del mismo color que las de Tajo de mi niñez. ¿Qué le ha pasado a nuestro país?

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