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No es un problema de comunicación, estúpido

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Ahora resulta que la anémica estrategia de Rajoy con Cataluña es un problema de comunicación. Dejar que el arroz se pase, recoger firmas contra el Estatut, encerrarse en el búnker de Moncloa, mandar los fiscales a atosigar a Mas, convertir el Gobierno en una factoría de generar independentistas es… un problema de comunicación.

Al parecer, solo es cuestión de que Rajoy encuentre las palabras correctas, un gesto de gran estadista o el ángulo de cámara inédito en el que se asome un registrador de la propiedad con aire a George Clooney. Y todo se resolverá en Cataluña. Pero no, señor presidente. No es un problema de comunicación. Es un problema de gestión política que ni siquiera la mejor comunicación política del mundo puede disimular.

En algún momento, alguien convenció a los políticos de que quitarse la chaqueta y remangarse las mangas sería suficiente para que la gente se rindiera a sus pies. Que cuatro eslóganes, cuatro cortes de voz vacuos repartidos en dosis adecuadas, servirían para forjar una carrera política. Alguien les metió en la cabeza a los políticos que una buena comunicación supliría su falta de inteligencia. Que harían magia con ellos.

Porque eso es lo que los gurús del marketing político prometen a sus jefes. Magia para que nos traguemos que el paro no ha aumentado desde que el PP entró en el Gobierno, magia para atreverse a proclamar la salida de la crisis, para presentar a los corruptos como los adalides de la lucha contra la corrupción, para echar la culpa de todo a los inmigrantes, para quitar vocales y convertirlas en votos, para llamar transparencia a seguir guardando la mierda bajo la alfombra del Congreso.

Magia para que nos creamos que la gente se cae sola de las lanchas de Greenpeace.

Sin ir más lejos, a Monago su gurú de comunicación le escribió que estaba dando el discurso más importante de su vida, pero la comparecencia se quedó en la vergüenza ajena más importante de nuestras vidas. El gurú le dijo que  una parabólica le salvaría del oprobio público, como en las pelis americanas, pero el marketing no pudo salvarle de las mentiras que los medios le han ido desmontado una a una.

En la mayoría de los casos, la comunicación política en España se ha convertido en eso, en una lavadora cada vez más defectuosa de blanquear mentiras, una máquina de modelar figuras políticas artificiales, una trituradora de simplificar mensajes, un fin en sí mismo en la medida en que el poder al que sirve es un fin en sí mismo. Se suponía que la comunicación política iba a ser el modo de acercar la política a la ciudadanía, de dar a conocer la acción institucional de nuestros representantes, de mejorar en definitiva la vida de las personas.

Pero la mayor parte de la comunicación política no es más que propaganda. Como los anuncios de detergentes. O peor. En los anuncios de detergentes no te dicen que la gente se cae sola de las lanchas de Greenpeace, solo te prometen unas cuantas manchas menos.

 

P.D: Si alguien se siente ofendido por el 'estúpido' del título, pinche aquí.

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