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Contemplación

Los seres humanos necesitamos dar significados a las cosas, nombrar las cosas, para poder sentir que las dominamos, que todo está bajo control.

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William Turner. 'Nant Peris-Snowdon', (Gales), 1799.

William Turner. 'Nant Peris-Snowdon', (Gales), 1799.

La naturaleza ejerce una llamada silenciosa. Frente al bullicio de la ciudad construida por los hombres, frente a las múltiples posibilidades de lo urbano, el campo se revela como un espacio que no necesita gritar para alzar la voz. No se me ocurre nada más majestuoso que la naturaleza que con su sola presencia apabulla a quien se entrega a su contemplación. Hablo de entregarse porque contemplar es arrojarse sin ataduras mentales a aquello que uno ve.  Uno no puede contemplar si no se entrega a ello. Muchos poetas  han cantado a la naturaleza. Unas veces la han usado como metáfora, otras como símbolo y en ocasiones como un lugar para conectar con la realidad y, en última instancia, con la limpieza del propio yo dentro de esa realidad. Arrojarse a la contemplación de la naturaleza implica dejar a un lado los prejuicios y los significados que imponemos a las cosas para ordenar el mundo, para convertir el mundo en una cosa narrable y comprensible, en un ente con personalidad.

Los seres humanos necesitamos dar significados a las cosas, nombrar las cosas, para poder sentir que las dominamos, que todo está bajo control.  El hombre que se abandona a la contemplación de la naturaleza (el firmamento en una noche estrellada, por ejemplo) no encuentra distracciones sino un espacio y un tiempo vastísimo, indescifrable, incompresible, imposible de nombrar. Y, por extensión, el yo se acaba diluyendo en esa vastedad que no puede ser contenida en ninguna narración o discurso.

Los seres humanos necesitamos el lenguaje. Es más, diría que nos construimos a partir del lenguaje y de las narraciones, diría que somos lenguaje. La paradoja es que el lenguaje se acaba interponiendo entre las cosas y nosotros de tal manera que cuando una persona contempla un árbol ve la idea preconcebida que tiene del árbol, el significado que esa cosa nombrada tiene asignado, y acaba por no ver la cosa que está viendo sino la idea que tiene de la cosa contemplada, la mente no va más allá y se queda con la narración aprendida (muchas veces un mero esbozo de lo que hay). Todo esto acaba siendo un obstáculo para poder ver la cosa que se ve (en este caso el árbol) con limpieza. Algo que, pienso, es extensible a la contemplación de nuestro paisaje interior.

Es paradójico que haya que pensar mucho para poder vislumbrar que el mundo se desata, se ensancha, cuando lo contemplamos sin pensar en ese algo que contemplamos, sin otorgarle un significado

Es paradójico que haya que pensar mucho para poder vislumbrar que el mundo se desata, se ensancha, cuando lo  contemplamos sin pensar en ese algo que contemplamos, sin otorgarle un significado. Se podría concluir que hay que pensar mucho para comprender que a veces es necesario poder mirar (mirarse) sin pensar en nada. Mirar sin pensar en el momento de mirar es entregarse a la contemplación. Menudo enredo. No lo sé explicar mejor. Ni siquiera sé si me he acercado a explicarlo. Ay. Recurro a Pessoa, que escribió: "Si yo pensase en estas cosas, / dejaría de ver los arboles y las plantas / y dejaría de ver la Tierra / para no ver más que mis pensamientos…  / Me pondría triste y me quedaría a oscuras. / Y así, sin pensar, tengo la Tierra y el Cielo".

Son muchos los autores que se han entregado a la contemplación de la naturaleza. En España hay unos ejemplos magníficos. Destaca Antonio Cabrera (acaba de publicar "Corteza de abedul" en Tusquets)  que es un poeta extraordinario. Termino con el fragmento de  uno de sus poemas: "(…) pensé en las lascas de caliza, / pensé en el puro suelo, / el nunca redimido, / donde están la firmeza y su murmullo / y no hay mente juntando río y llano / y ávida expectación, / hay sólo lo cerrado, lo que no entrega imagen, / el rocoso sostén / que no palpita,  la verdad antes de su significado (…)".

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