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Cuerpos

Intervenimos sobre el cuerpo para negar nuestra animalidad. La fuerza del pensamiento parece inagotable mientras que el cuerpo nos recuerda nuestra caducidad.

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San Jerónimo escribiendo. | Caravaggio

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Muchas veces acabamos subestimando el cuerpo hasta el punto de que parece que el cuerpo es algo que no existe, que no va con nosotros.  Del cuerpo ha escrito mucho Santiago Alba Rico, que nos recuerda nuestros intentos de huir de la carne porque el cuerpo es una prisión. Huimos de nuestros cuerpos, haciendo como si no existieran, a través de la vida intelectual. La mente es algo que parece que se eleva sobre los órganos, las vísceras, la piel o las extremidades. Pero la mente es una consecuencia del cuerpo, una vasalla de la carne. Las ideas, el pensamiento o la imaginación nacen del cuerpo como el movimiento nace del músculo.

Habla de ello también Antonio Cabrera en su excelente libro 'El desapercibido', un conjunto de reflexiones publicado por Pepitas de Calabaza, en uno de cuyos fragmentos  explica que el cuerpo, del que prácticamente no somos conscientes durante la juventud, comienza a materializarse a medida que pasa el tiempo hasta el punto de que en los ancianos se ve con más nitidez que nunca. Los cuerpos son más visibles en una residencia de la tercera edad que en un instituto porque los cuerpos cobran más importancia cuando comienzan a mostrarnos nuestras limitaciones y nos recuerdan que no son algo ajeno a nosotros sino que son nosotros.

¿Por qué nos alejamos del cuerpo? Quizá para huir del animal con el que inevitablemente nos asocia esa acumulación de sangre, tendones, huesos y vísceras. Por eso el cuerpo se adorna, se disfraza, se oculta y se decora. Intervenimos sobre el cuerpo (cubriéndolo con perfumes, ropa, tatuajes, peinados) para dignificar y ocultar el cuerpo, para negar nuestra animalidad y distinguirnos de otros cuerpos también. Nos volcamos en la espiritualidad de la mente que nos aleja de lo animal y nos acerca a la divinidad y a la inmortalidad. La fuerza del pensamiento parece inagotable mientras que el cuerpo nos recuerda nuestra caducidad e inevitable deterioro.

A través de la mente nos expandimos y superamos (o sentimos que superamos) nuestros límites físicos, nuestra cárcel corpórea. Es algo que ocurre, por ejemplo, cuando contemplamos un paisaje, leemos un libro o, simplemente, imaginamos. Para alejarnos del cuerpo intelectualizamos los placeres puramente físicos: la comida o el sexo son dos buenos ejemplos de cómo acabamos sintiendo a través de la mente los goces corporales.

Que somos un cuerpo que piensa, un cuerpo con conciencia, queda claro cuando el dolor físico enturbia como un taladro nuestra mente. ¿Quién puede pensar con claridad con un dolor de muelas? El dolor anula el pensamiento hasta el punto de que cuando algo duele de verdad  todo se centra en ese dolor y dejan de parecernos importantes todas esas cosas en teoría tan importantes que nos importaban.

Por otra parte, el dolor mental afecta al cuerpo. Por eso la ansiedad o la angustia dejan su huella a veces en la piel, en las digestiones o en la rigidez de los músculos. El pensamiento, guste o no, es físico y corporal. Se piensa dentro, desde y con un cuerpo. No tengo muy claro para qué sirve esta reflexión, quizá para que no perdamos de vista nuestra carnalidad y fragilidad, también para que tengamos en cuenta la carnalidad y fragilidad de los demás. Aunque tal vez eso tampoco sirva para mucho.

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