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Maldito cuento

Pese a vivir puerta con puerta nunca habíamos tenido mucha relación. Yo les observaba con curiosidad en la escalera y, sobre todo, escuchaba sus ruiditos. Su baño compartía pared con mi baño y lo mismo ocurría con nuestras habitaciones.

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Ojalá no hubiese escrito aquel cuento. Cómo iba yo a imaginar que ellos lo leerían. A ver, uno mira a su alrededor y a veces ve algo y piensa: ahí hay un posible cuento. Intenté cambiar algunas cosas para que nadie reconociera a los protagonistas.  Bueno, quizá no cambié muchas cosas. Los nombres y poco más: Noelia por Ofelia y Marcos por Carlos. No me esforcé demasiado, es verdad. Pero es que mis vecinos no son ese tipo de personas que leen cuentos. Digamos que me sentía libre y a salvo.

Pese a vivir puerta con puerta nunca habíamos tenido mucha relación. Yo les observaba con curiosidad en la escalera y, sobre todo, escuchaba sus ruiditos. Su baño compartía pared con mi baño y lo mismo ocurría con nuestras habitaciones. Sus ruiditos me llamaban mucho la atención porque Noelia no tenía brazos y a Marcos le faltaban las piernas. En el cuento, para tratar de disimular, pensé en dejar a Marcos sin brazos y a Noelia sin piernas. También pensé en quitar un brazo y una pierna a cada uno. Pero al final me pareció que con cambiar los nombres sería suficiente.

Me preguntaba cómo sería su vida doméstica y procuraba estar en silencio para captar todo lo que proviniese de la vivienda de al lado. Así, descubrí que él le daba de comer a ella y que también le lavaba los dientes. Ella tenía un aparato que agarraba firmemente con la boca y que le permitía atrapar algunos objetos, abrir armarios, poner la lavadora y cocinar cosas sencillas. Imaginaba la fuerza de su mandíbula y me entraban escalofríos. Además, mis vecinos tenían una vida íntima muy activa. Todas las noches el cabecero de su cama golpeaba violentamente la pared de mi habitación. Yo intentaba imaginarme lo que sucedía allí dentro, a solo unos centímetros del lugar donde descansaba mi cabeza. Aquel era un material fantástico para un cuento. Así que lo escribí.

A los pocos días de publicar el libro mis vecinos llamaron a la puerta. Le hemos visto en el periódico, dijo ella sonriendo. No sabíamos que era escritor, dijo él. Hemos comprado su libro de cuentos, explicó Noelia, y nos gustaría tener un autógrafo suyo. No leemos mucho, no le vamos a engañar, afirmó Marcos, pero este lo queremos leer. Hemos pensado, continuó ella, que vamos a leer juntos un cuento cada noche. Por orden, claro, apuntó él. Yo no podía dejar de sonreír como un bobo mientras miraba los brazos y las piernas que no tenían.

Traían incluso el bolígrafo, así que improvisé una dedicatoria: para Noelia y Marcos, un libro de fragmentos para mis vecinos más completos. Aunque luego me arrepentí un poco. Ellos me dijeron que leerían la dedicatoria en casa y se despidieron de mí como si yo fuera alguien importante, alguien de quien podrían hablar con orgullo a sus amigos. Cuando se fueron corrí a la biblioteca, abrí mi libro por el índice, busque el cuento titulado 'Desmembrados' y calculé que tenía catorce días para organizar la mudanza.

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