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Niebla

Me acurruqué junto a una roca y me quedé esperando, intentaba recordar cómo eran esos cien metros que nos separaban, si estaba o no cerca el precipicio, pero todo en mi mente era confuso.

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Niebla | Marcos Díez

Niebla | Marcos Díez

Ajustamos bien las mochilas y comenzamos a caminar. A María y a Ricardo los habíamos conocido hacía poco. Eran muy aficionados a la montaña y Natalia y yo pensamos que estaría bien hacer cosas con ellos. A Natalia no le gustaba mucho la naturaleza pero a mí me apetecía probar. El sendero por el que ascendíamos estaba bien delimitado y avanzábamos conversando de forma animada. Mi mochila pesaba bastante aunque llevaba solo lo imprescindible: agua, comida, ropa seca, algo de abrigo, un calzado de repuesto por si las botas recién estrenadas me hacían daño, un saco de dormir, crema solar, un botiquín, un libro, un cuaderno, bolígrafos y papel higiénico. No sabía si en los refugios habría o no baño y ese asunto, dada mi naturaleza pudorosa, me preocupaba.  Me preguntaba qué haría en caso de una urgencia repentina. Llevaba varios días pensando en esa posibilidad, era algo que me inquietaba.

El guarda del refugio era un joven curtido y fibroso, uno de esos hombres que parecen capaces de sobrevivir allí donde la civilización acaba. Nos preparó la cena y a la luz de una bombilla alimentada por un generador nos dio algunos consejos para el día siguiente. No hay sendero, nos explicó, así que tendréis que orientaros siguiendo los hitos. Id con cuidado porque muchos habrán desaparecido con las nevadas del último invierno y es fácil perderse. Tras sus explicaciones nos tumbamos a dormir en unas colchonetas. Natalia y yo estábamos un poco nerviosos. A mi lado se acostó un hombre que no conocía de nada y que iba a escalar no sé qué montaña. El hombre comenzó a roncar con fuerza a menos de un metro de mi oído izquierdo. Sentí a Natalia moverse incomoda, parecía incapaz de conciliar el sueño. Saqué la mano de mi saco de dormir y busqué la suya en la oscuridad. 

A la mañana siguiente, después de desayunar, me dio el primer apretón. Era algo que esperaba porque mi cuerpo siempre ha funcionado como un reloj. El refugio disponía de un baño: un agujero maloliente en el suelo dentro de una cabaña metálica. Nada más abrir la puerta sentí una náusea repentina y ni siquiera fui capaz de intentarlo. Busqué un lugar tranquilo al aire libre en los alrededores pero no hallé ninguno en el que gozase de la privacidad que necesitaba, así que regresé un tanto contrariado. No me atreví a decir que necesitaba un lugar tranquilo en el que poder aliviarme y comencé a caminar un poco incómodo. Ascendimos por una ladera pedregosa y con un fuerte desnivel. Seguíamos las indicaciones de Ricardo, que encabezaba la marcha y de cuando en cuando se detenía a consultar el mapa. Tal y como nos habían advertido no existía ningún tipo de sendero así que caminábamos entre las rocas siguiendo montoncitos de piedras que marcaban el itinerario y manchas desgastadas de pintura roja. A veces nos costaba localizar alguna referencia. Cuando no sabíamos muy bien hacia dónde ir Ricardo se adelantaba un poco, como si fuese un rastreador, para buscar alguna marca. Siempre acababa encontrando el camino. Parecía muy seguro de todo lo que hacía así que renuncié a asumir cualquier tipo de liderazgo y me limité a seguir dócilmente sus instrucciones.

Fue en ese momento, mientras estaba en cuclillas con los pantalones bajados, cuando entró la niebla. Nunca había visto una niebla así. Era como si nos estuviera acechando escondida en algún sitio y se hubiese abalanzado de pronto sobre nosotros.

Al mediodía, nos detuvimos junto a un predusco muy grande al que María y Ricardo se animaron a trepar. Estábamos en el lugar más alto de la ruta. Nos pareció un buen sitio para detenernos a comer y descansar un poco. Mis intestinos llevaban ya un tiempo retorciéndose con insistencia así que aproveché la parada, cogí papel higiénico, hice alguna broma para intentar sentirme un poco menos incómodo y me alejé un centenar de metros a un lugar discreto. Fue en ese momento, mientras estaba de cuclillas con los pantalones bajados, cuando entró la niebla. No tuve tiempo de reaccionar. Nunca había visto una niebla así. Era como si nos estuviera acechando escondida en algún sitio y se hubiese abalanzado de pronto sobre nosotros.  

Era una niebla espesa  que me impedía ver a más de un metro de distancia. Si estiraba el brazo me costaba distinguir la palma de mi mano. No veía cómo regresar al lugar donde estaban los demás. Grité: ¡¡¡¡¡¡Ehhhhhhhhhh!!!!! Mi voz se perdió en la niebla. ¡¡¡¡¡¡Ehhhhhhh!!!!!, escuché a modo de respuesta. ¡¡¡¡No te muevas!!!! ¡¡¡Es peligroso!!!, gritó Ricardo. ¡¡¡¡Vale!!!, respondí yo. El problema es que estaba en manga corta, la niebla era húmeda y la temperatura había bajado de golpe. Tenía frío. ¡¡¡¡¡Tengo frío!!!!!, grité. Me pareció que Natalia decía algo pero no llegué a entender qué. ¡¡¡¡Tengo mucho frío!!!!, volví a gritar. ¡¡¡¡No te muevas!!!!, respondió Ricardo. ¡¡¡¡Tenemos que esperar!!!!!!, volvió a gritar. Me concentré intentando averiguar de qué lugar procedían las voces. A veces me parecía que venían de delante, a veces de detrás, en unas ocasiones de la izquierda y en otras de la derecha. Me acurruqué junto a una roca y me quedé esperando, intentaba recordar cómo eran esos cien metros que nos separaban, si estaba o no cerca el precipicio, pero todo en mi mente era confuso. La sola idea de que hubiera un precipicio oculto cerca de mí me hacía temblar. Tenía cada vez más frío. Imaginaba a mis tres compañeros envueltos en los sacos, acurrucados los unos junto a los otros, con comida, con agua, con una tienda de campaña en la que poder hacer noche si fuera necesario. ¡¡¡Estoy congelándome!!! ¡¡¡Ayudadme!!! ¡¡¡No aguanto más!!! ¡¡¡No quiero estar solo!!!, grité fuera de mí. ¡¡¡Intenta caminar despacio hacia nosotros!!!, escuché decir a Ricardo. ¡¡¡No me atrevo!!! ¡¡¡No veo nada!!!, respondí yo a punto de llorar.

Tras unos minutos de silencio escuché a Natalia: ¡¡¡Vamos a buscarte!!! ¡¡¡Tranquilo!!! ¡¡¡No te muevas!!!! Oír su voz me llenó de alegría. Yo gritaba una y otra vez para que pudieran orientarse: ¡¡¡¡Aquí!!!! ¡¡¡¡Aquí!!!! ¡¡¡¡Aquí!!! Sus voces sonaban a veces muy cerca y a veces muy lejos. Mi miedo se alejaba y se acercaba lo mismo que sus voces. Estaba tan nervioso que no dejaba de darles indicaciones, mi voz golpeaba contra las paredes de las montañas y volvía a mí como si mis gritos de auxilio fuesen de otro.   Gritaba con tanta energía que no percibí que ellos habían dejado de gritar. Cuando caí en la cuenta de que no resonaban otros gritos que no fueran los míos el pánico se apoderó de mí. ¡¡¡Hola!!! ¡¡¡Hola!!!, volví a chillar desesperado. Pero nadie contestó. Lo intenté hasta que me quedé afónico.   Agotado y sin saber muy bien qué hacer, metí la cabeza entre las piernas y me quedé hecho un ovillo, sumergido en una especie de trance. No sé cuánto tiempo pasó hasta que   sentí el sol acariciándome la nuca, las piernas y los brazos. Abrí los ojos. La niebla se estaba diluyendo y el paisaje, ya no tan amenazador, apareció de nuevo ante mí. No tardé mucho en llegar al lugar en el que habíamos comido. Encontré allí restos de envoltorios y una botella de agua medio llena.   Bebí para calmar la garganta, que me ardía. Grité los nombres de mis compañeros: ¡Ricardo!, ¡María! ¡Natalia! Grité, sobre todo, el nombre de Natalia: ¡Natalia! ¡Natalia! ¡Natalia! Los busqué sin descanso por los alrededores. Finalmente, comprendí que ya no podía aplazar más ese momento, así que comencé a arrastrarme con cuidado sobre la piedra, asomé titubeante la cabeza y miré, lleno de temor, al fondo del precipicio.

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