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Perdidos

La sociedad actual, tan compleja y laberíntica en sus ofertas, nos invita constantemente a perdernos como aventura, como forma de exprimir la existencia. Paradójicamente, estar perdido es la gran pesadilla de un niño.

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Richard Estes (1968). 'Gordon's Gin. Oil on Board'.

Richard Estes (1968). 'Gordon's Gin. Oil on Board'.

Una vez me perdí en un centro comercial. Bueno, en un centro comercial me he perdido muchas veces porque son como laberintos a los que uno entra (no queda muy claro si para buscar alimento o para que nos devoren) y luego no sabe cómo salir y acaba dando vueltas en un lugar en el que parece que no existen ni la noche ni el día. A veces me pierdo yo, a veces pierdo el tiempo y a veces pierdo cosas. Hace unos meses perdí el carro de la compra cuando ya tenía la compra hecha y tras buscarlo desesperado tuve que hacer la compra otra vez. Y cuando ya la tenía hecha encontré el primer carro y me quedé allí de pie, como un gilipollas, mirando el champú y las cervezas y la comida del perro por duplicado mientras me entraban ganas de llorar.

No es la primera vez que lloro (o casi lloro) en una gran superficie. Cuando era pequeño perdí el rastro de mi madre en Pérez del Molino, que era la única tienda de Santander que tenía escaleras mecánicas e íbamos allí a subir y a bajar como si fuera un parque de atracciones en el que no había que pagar entrada. Cuando yo era pequeño se podía estar esperando con ilusión toda una semana para subir por unas escaleras mecánicas y aquello era como una gran aventura, el Dragon Khan de los ochenta. Todo muy divertido hasta que te perdías y comenzabas a llorar desesperado mirando las piernas de la gente. A mí me agarró un señor y me dio igual eso de no-te-vayas-nunca-con-un-desconocido y fui donde el señor me dijo que tenía que ir. Por suerte, era una buena persona y supongo que mi nombre se oyó por la megafonía y apareció mi madre y ya no me quise separar de ella y nos fuimos de la tienda como siempre, sin comprar nada, porque a Pérez del Molino íbamos sólo a subir y bajar por las escaleras. 

Mareados por una avalancha de precios, estímulos, productos y colores podemos acabar desorientados, lo mismo que si estuviésemos andando a tientas. Con la gran compra del mes se revientan carteras, maleteros, sistemas nerviosos y matrimonios.  Cuántos divorcios se han gestado escogiendo un detergente. Los supermercados y los grandes almacenes parece que están diseñados para que demos vueltas aturdidos entre la fruta, los productos de limpieza, el mobiliario de jardín, la ropa y televisiones HD. Y sin embargo, inexplicablemente, se regresa una y otra vez a ese terror edulcorado, carnavalesco. Yo ya he renunciado hace tiempo a las grandes superficies. No vean en esta decisión una actitud rebelde frente al capitalismo (y si lo fuera haría aguas por otros tantos sitios que hasta me daría vergüenza explicarlo aquí). Se trata de pura comodidad. De ahorro tiempo. Y de gastar menos.

Hay muchas formas de perderse y no todas tienen relación con la geografía. La sociedad actual, tan compleja y laberíntica en sus ofertas, nos invita constantemente a perdernos como aventura, como exploración, como forma de exprimir la existencia y sus infinitas posibilidades. Hay que estar perdido para encontrarse y etc. Es paradójico porque una de las grandes pesadillas de los niños es perderse, en un centro comercial o en un bosque, qué más da. Y una de las grandes tragedias en la edad adulta es sentirse perdidos, esa sensación de no saber muy bien qué hacer o a dónde ir, de no tener un mapa que nos guíe, o de tener tantos que sea como no tener ninguno, ese desamparo. Cuando uno se pierde todo parece más grande, más peligroso, más confuso y en la desesperación se busca una mano amiga a la que poder agarrarse para que aplaque la ansiedad, un punto de apoyo que nos calme. No quiero invitar a nadie a ser desconfiado. Solo digo que a veces es necesario recordar que cuando se pretende dominar o controlar a alguien, una buena estrategia es que primero se sienta perdido para después, cuando esté desesperado, echarle el salvavidas que se quiere que agarre.

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