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Cuando fuimos Venezuela

Dos semanas después de las elecciones, ¿dónde está Venezuela? Venezuela, claro está, sigue donde estaba. Con su realidad, sus problemas y su pequeña tragedia, que no se ha evaporado de un día para otro. Es solo que, de repente, queda demasiado lejos

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El chavismo y la oposición alzan sus respectivas banderas en el día de la Independencia

El mandatario venezolano Nicolás Maduro. | EFE

La política es el arte de administrar casualidades. Fue una casualidad que en los meses previos a las elecciones Venezuela ocupara el prime time de la agenda informativa. Fue una casualidad que se relacionara continuamente a Podemos y a sus aspiraciones de sorpasso y sacudir la izquierda de ser poco menos que una avanzadilla de Bolívar en la antigua metrópoli. También fue una casualidad que Albert Rivera se personase en Caracas para tratar de esclarecer en persona como se las había arreglado Maduro para financiar bajo mano a Pablo Iglesias sin que los tribunales españoles encontraran una sola prueba de ello. Toda una casualidad.

Son tiempos que parecen lejanos ahora que ya han pasado dos semanas, pero hubo una época en España en la que uno no podía abrir un periódico sin encontrarse una fotografía de colas en los supermercados venezolanos, disturbios en las calles, manifestaciones de la oposición. Algunas de esas imágenes se habían tomado en Estados Unidos, o en el Congo, pero daba lo mismo. La función de los medios de comunicación al cargo de la construcción del relato es presentar una ficción verosímil, no importa que sea ficticia. También los novelistas trabajan con mentiras. Y es sabido que la realidad es un asunto complejo que se sitúa muchas veces fuera del ámbito de nuestro entendimiento.

Hubo una época en España en la que uno no podía abrir un periódico sin encontrarse una fotografía de colas en los supermercados venezolanos, disturbios en las calles, manifestaciones de la oposición. Algunas de esas imágenes se habían tomado en Estados Unidos, o en el Congo, pero daba lo mismo

En aquellos días un observador neutral y poco informado hubiera podido deducir que Nicolás Maduro era el presidente de España, o al menos, que ocupaba un cargo de relevancia. El hombre ocupaba más minutos de telediario que los datos del paro o los entresijos de los juicios y detenciones generados al calor de tantos y tantos casos de corrupción patrios. Importaba Venezuela, importaba asimilarla a la izquierda podemita, importaba transmitir un mensaje alto y claro: que a la vuelta de la esquina Madrid se convertiría en Caracas.

Dos semanas después, ¿dónde está Venezuela? ¿Dónde los editoriales, los reportajes a doble página, las conexiones en directo? Venezuela, claro está, sigue donde estaba. Con su realidad, sus problemas y su pequeña tragedia, que no se ha evaporado de un día para otro. Es solo que, de repente, queda demasiado lejos. Al otro lado del océano, siete u ocho horas de avión. ¿A quién le interesa lo que le ocurre a esa gente, ahora que han ganado los buenos y el peligro ha sido conjurado hasta nueva orden?

En otro orden de cosas, también ha sido casualidad que el Gobierno en funciones haya aguardado hasta después de las elecciones para dar a conocer algunos datos acerca de su gestión en los últimos cuatro años. Ahí está la hucha de las pensiones, de la que se han sacado 40.000 millones en una legislatura. El Ejecutivo recurrió a un truco de manos para sacar 9.500 millones antes de las elecciones sin pasar por el Consejo de Ministros y la opinión pública. Los datos se oficializaron la semana pasada. Casualidad.

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