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Miguel Ángel Chica

Nací en Jaén, en 1984. Un sábado, en verano, a las doce del mediodía. Hasta los dieciocho años viví en un pueblo con dos castillos y muchos olivos. Estudié Periodismo en Madrid, donde pasé unos años muy divertidos y, contra todo pronóstico, conseguí terminar la carrera. Desde entonces voy y vengo, cogiendo trenes y autobuses, del sur al norte y viceversa. Vivo en Santander, desde donde me dedico a desmentir tópicos sobre los andaluces por toda la cornisa cantábrica.

María Luisa Gómez Pelayo, la aristócrata que dirigió un hospital

Después de penosa y larga enfermedad, sobrellevada con ejemplar resignación cristiana, ha muerto en Madrid, como consecuencia de un colapso, la ilustre dama montañesa doña María Luisa Gómez Pelayo, marquesa de Valdecilla. En el momento de morir le acompañaba su marido, D. Eugenio Rodríguez Pascual. Con su desaparición pierde la sociedad española una figura característica por su caridad escondida y generosa. Su nombre está ligado a una de las mejores instituciones benéficas: la Casa de Salud Valdecilla, de la que…

La cursiva pertenece a la necrológica publicada por el diario ABC el miércoles 4 de abril de 1951. Como todo obituario utiliza eufemismos -penosa y larga enfermedad- y sintagmas de molde -ejemplar resignación cristiana- para apuntar los motivos por los que la sociedad debe sentir la pérdida de la difunta -su caridad escondida y generosa- y señalar a continuación su obra magna: la Casa de Salud Valdecilla de Santander, un hospital que se adelantó en varias décadas a su país.

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Todas las vidas de Buenaventura Rodríguez Parets

A ciertas personas no les basta una vida. Ciertas personas son como un eclipse: se ocultan, reaparecen, y cuando reaparecen no son del todo las mismas personas, un velo los opaca y entonces nos preguntamos si no fueron siempre una máscara. Buenaventura Rodríguez Parets nació en Cienfuegos, Cuba, en 1860. Cuba era entonces una colonia española, una isla de maíz, tabaco y caña de azúcar en posesión de unas pocas familias de la metrópoli.

Rodríguez Parets pertenecía a una de aquellas familias de emigrantes que se establecieron en América dejando al otro lado del océano una vida sin incentivos, hombres y mujeres que cruzaron el Atlántico requeridos por la ambición. ¿Qué lleva a un hombre, a una mujer, a navegar durante meses hacia el oeste, lejos de la tierra donde ha sepultado a sus muertos? El dinero, los sueños, la apuesta contra la fortuna para ser como aquellos que se marcharon y regresaron ricos y satisfechos. Los llamaban indianos. Se convirtieron en arquetipo. Casi héroes literarios. Negociantes de éxito.

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Leonardo Rucabado, arquitecto de la Montaña

La gripe española mató a casi 40 millones de personas en 1918. Fue la pandemia más mortífera de la historia de la humanidad. Y no se originó en España. Pero en plena I Guerra Mundial los periódicos españoles fueron los únicos que publicaron informes sobre la enfermedad y sus consecuencias, de ahí el nombre con el que pasó a la historia en los registros internacionales. Se cree que se propagó desde China y tocó Europa en Francia, desde donde pasó a España, uno de los países más afectados, con ocho millones de infectados y cerca de 300.000 muertes. Una de las víctimas fue el arquitecto cántabro Leonardo Rucabado, que sucumbió el 11 de noviembre de 1918.

Cuando se encontró con la enfermedad Rucabado tenía 43 años y un buen número de proyectos entre manos. Nunca llegó a ver terminada, por ejemplo, la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander, su obra más representativa, finalizada en 1923. En la inauguración, presidida por Alfonso XIII, faltó el hombre que para diseñar el edificio había buscado inspiración en los trabajos de otro cántabro, Juan de Herrera, jefe de obras y arquitecto de El Escorial, y en la arquitectura tradicional de Cantabria.

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Isabel Torres Salas, la farmacéutica que cambió para siempre los hospitales

En los años treinta del siglo XX la Casa de Salud de Valdecilla era uno de los hospitales más avanzados de España. La historia de su construcción está ligada a Ramón González de la Torriente, marqués de Valdecilla, un indiano que hizo su fortuna en Cuba con la venta de azúcar y regresó a Cantabria poco después de que la isla obtuviera su independencia. Como otros indianos, el marqués invirtió parte de su dinero en proyectos filantrópicos, fundamentalmente colegios y bibliotecas, siguiendo los principios regeneracionistas de la época.

En Santander la epidemia de gripe de 1918 había dejado en evidencia las carencias del antiguo hospital de San Rafael -hoy sede del Parlamento autonómico- y la necesidad de un nuevo hospital. En esa necesidad apareció el marqués, que aportó el capital necesario a cambio de hacerse con la dirección del proyecto. El arquitecto González Bringas diseñó el centro constreñido por los planos de un proyecto previo de 1918. Siguiendo el modelo europeo de principios de siglo construyó un edificio funcional mediante pabellones conectados entre sí en superficie y unidos a través de un túnel subterráneo. El doctor Wenceslao López Albo fue el primer director del centro, que se inauguró en 1929.

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Jesús Otero, el secreto arrancado a la piedra

Jesús Otero murió célibe el 23 de agosto de 1994 en la casa donde había vivido la mayor parte de los días de una vida de 86 años. La comitiva fúnebre solo tuvo que recorrer unas pocas calles para llegar a la Colegiata de Santillana del Mar, donde se celebró el funeral. Desde su viejo taller, con sus ojos sin pupilas, las esculturas lo vieron partir en silencio.

Renunció a París y a Madrid y se quedó en Santillana del Mar, donde encontró una cantera de piedra arenisca que le alejó de la tentación de alejarse. En los escudos heráldicos que adornaban las fachadas de sus vecinos aprendió que la piedra puede retorcerse como la rama de un árbol o gotear como un grifo abierto. Era un niño cuando sostuvo por primera vez un cincel contra la piedra sin forma. La escultura, dijo, fue siempre su única compañera.

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Ángel Alonso, que el arte prescinda del arte

Es la historia de un hombre que quería estar solo. Que buscaba la soledad, que se alimentaba de ella. Pintaba el color y la luz, en una casa en el campo adonde no llegaban noticias del país del que había desistido mucho tiempo atrás, cuando cruzó la frontera. Ángel Alonso era un artista emparentado con la filosofía. En una ocasión dijo: "Haz de la fealdad tu desafío". Y también: "Necesitamos otros sentimientos que no sean el miedo, el amor, la violencia y la belleza".

De ese abanico se sentimientos posibles donde el arte debía encontrar un camino Alonso escogió la soledad. Se lo explicó a María Zambrano en una carta en la que exponía su deseo de renunciar a la nacionalidad española. La filósofa le contestó: "Quieres abrazarte a la soledad, apurar la soledad en que España nos deja, sin mezcla, sin paliativos. Soledad es amor".

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Leonora Carrington, la última surrealista

En las pinturas de Leonora Carrington hay figuras grotescas, aquelarres, animales antropomorfos, laberintos, licántropos, cadáveres, sombras, cielos estrellados, magnetismo. Tomemos, por ejemplo, The Temptation of St. Anthony, su obra más cara, subastada por la casa Sothebys en 2014 por 2.629.000 euros. La pintura se basa en un cuadro del mismo título de Hyeronimus Bosch, El Bosco, y muestra en primer término a una figura envuelta en ropajes blancos, con manos y pies diminutos, sin cabeza; en el regazo cóncavo de la figura tres ancianos de larga barba contenidos dentro de sí mismos como muñecas rusas observan el curso de un río que un hombre arrodillado vierte desde un ánfora romana. La escena se completa con un rebaño de ovejas, un cerdo tendido a los pies del santo, cinco mujeres que extienden el velo de una sexta mujer que toca una trompeta retorcida y una misteriosa figura vestida de rojo que remueve un caldero que burbujea.

En una época, los años treinta del siglo XX, en la que el surrealismo se convirtió en una corriente de vanguardia reconocible  -relojes fundidos, hombres con cabeza de manzana, cosmologías delirantes- muchos se preguntaban de dónde sacaba Carrington unas imágenes tan perturbadoras. André Bretón tenía una teoría: consideraba a Carrington una embajadora de otro mundo, una bruja y una profetisa, alguien que había estado al otro lado y regresaba para desvelar paisajes secretos y criaturas terribles.

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Luis Quintanilla, el republicano que pintó los otros Guernicas

En 1912 se instaló en Montmartre para hacerse pintor. Alquiló un estudio y se presentó a los vecinos: Luis Quintanilla Isasi, de Santander. Tenía 19 años. Miraba a su alrededor y veía el lugar exacto en el momento adecuado. Había llegado a Francia escapando de una vida que no le pertenecía: era un niño de 1893 nacido en una familia acomodada que lo quería abogado y respetable; para esquivar los estudios de Derecho se matriculó en la Escuela de Naútica, que no terminó.

París, entonces, era una fiesta que hacía justicia a los recuerdos de juventud de quienes sobrevivieron para escribir sus memorias. En los callejones bullía una ciudad despreocupada y alegre que nunca fruncía el ceño. Era el París cubista que preparaba una revolución en vísperas de la Gran Guerra. En los cafés los pintores alternaban con espías, prostitutas y escritores modernistas. Quintanilla se infiltró en el ambiente de la mano de Juan Gris y durante un tiempo sobrevivió como boxeador, hasta que alguien le convenció de que los golpes en la cabeza afectan al pulso y desorientan el pincel.

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Juanín, el guerrillero antifranquista que resistió en el monte

Nació en Potes, en 1917, un niño como tantos, un niño de la pobreza, empezó a trabajar a los once años, la vida entonces era un lugar desapacible, se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas en 1934, que no fue un año cualquiera, y en julio de 1936, días después del alzamiento militar, se inscribió como voluntario en el ejército de la República. Lo enviaron al frente, formó parte del Batallón Ochandía, se le recuerda valeroso, insistente, hay muchas formas de pelear las guerras y él supo siempre cuál era la suya, y en agosto de 1937, cuando Santander fue vencida, también él cayó, lo apresaron los enemigos victoriosos, que lo sentaron frente a un tribunal militar y lo condenaron a muerte. Se salvó porque su hermano era un camisa vieja de la Falange con los contactos necesarios para conmutar sentencias. Le cambiaron la muerte por doce años de prisión, cumplió cuatro y quedó en libertad con la condición de presentarse todas las semanas en el cuartel de la Guardia Civil para que le dieran una paliza, escapó, se echó al monte, se convirtió en algo parecido a un ser mitológico, una de esas criaturas extrañas que acechan en los bosques, que sobreviven desollando conejos y cuidan de los niños perdidos. Bastaba su nombre, y a los vencidos les brillaban los ojos, como si su nombre fuera una puerta de acceso al pasado, donde se seguía librando la guerra, donde la República iba ganando. Se llamaba Juan Fernández Ayala, pero nadie le llamaba Juan. Era y fue siempre Juanín, el último guerrillero, abatido por la Guardia Civil un miércoles de abril de 1957. En una escaramuza quedó convertido en memoria.

En el país franquista que fue España después de la Guerra Civil había tres opciones para los derrotados: la cárcel, el exilio o el monte. Juanín no dudó. No lo había hecho en 1936, cuando se enroló en el ejército republicano, y no lo hizo cuando salió de la cárcel. A través de un hombre llamado Pepe el Falangista, bien colocado en el régimen y, por los extraños caminos de la vida, también su hermano, consiguió trabajo en el Patronato de Regiones Devastadas. Se instaló en Potes. La Guardia Civil sospechaba que estaba en contacto con miembros del Socorro Internacional y aprovechando que las condiciones de su puesta en libertad le obligaban a presentarse en el cuartel una vez a la semana, lo torturaban un día de cada siete para sacarle información. Pero aquel hombre testarudo no daba nombres y un día de julio de 1943 se perdió en el bosque y cruzó las montañas hacia Asturias para unirse a la Brigada Machado, que no se llamaba así en honor del poeta sino en recuerdo de su impulsor, Ceferino Roiz alias Machado. Eran un grupo de hombres que se resistía a perder la guerra. En Europa todavía se luchaba y estaban convencidos de que una victoria aliada provocaría un cambio político en España. Creían que la suerte de Franco estaba unida a la de Hitler y que una vez que las potencias del Eje fueran derrotadas las democracias europeas restaurarían la República. En aquellos montañeros feroces había estrategia: había que mantener encendida la llama que prendería el fuego llegado el momento.

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María Sanz de Sautuola, la niña que descubrió Altamira

Un día acompaña a Marcelino Sanz de Sautuola su hija María, chiquilla de nueve años. Mientras el padre examina unos utensilios que acaba de desenterrar, la niña corretea por la gruta. De pronto, levanta la mirada hacia lo alto de la cueva y grita: "¡Papá, mira, toros pintados!" (Kühn, H. 'El arte de la época glacial')

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