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Sin invierno y sin precampaña

Nadie llega a alcalde prometiendo desalojar ancianas. A alcalde se llega bien peinado y con un traje a medida. Hay que valer. A presidente, en cambio, se llega por descarte o suicidio interpuesto del predecesor.

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A mí lo que de verdad me gustaría en la vida es irme a la cama en diciembre y despertar en julio. No por pereza, que también, sino por una cuestión práctica: saltarme el invierno, y la primavera, que tampoco es para tanto, y pasar directamente al verano, que es la parte interesante de la vida. El invierno, quieras o no, es una mierda. Que habrá gente a la que le guste, igual que hay gente a la que le gusta el malibú con piña y el Barcelona. Pero qué va.

Hablando de dormir, y de soñar, qué cosa tan shakespiriana, también me gustaría poder ir a un balneario de esos de masajes y gintonics y tanto lujo que los empleados te roban el albornoz y te lo meten en la maleta, y descubrir a la hora de la cuenta que un pedazo de amigo me ha pagado la estancia. ¿Para qué te sirve si no, la política? Yo iría por la calle pidiendo a voces que alguien me compre si tuviera algo que vender. Y luego proclamaría mi inocencia y mi ingenuidad y mi "yo no sabía" con muchos golpes de pecho. Eso es lo mejor de todo: el cachondeo. Otra cosa no, pero dignos sí somos. Nos falta boca para gritar tanta honradez. Y manos para guardar la cartera.

Pero estábamos hablando de hibernar. Qué cosa más inteligente. Saltar de verano en verano. Lo único peor que un invierno es un invierno con precampaña electoral. Con sus elecciones en mayo. Te llueve, te hace frío y encima coge y aguanta los mítines, las declaraciones altisonantes, las entrevistas pactadas y el papeleo de rigor. Antes se jugaba a ver quién la prometía más gorda; ahora, en cambio, las cosa va con perfil bajo: "Míreme usted a mí, ¿le parezco un desastre?, pues espere a ver a los otros". Y así durante tres meses. Qué pereza, pudiendo dormir.

En otros tiempos había una cosa que se llamaba promesas electorales. Tú te sentabas muy recto y muy serio en la tele y decías, por ejemplo: "Voy a crear tres millones de puestos de trabajo". Y nadie se reía. Prueba a decir una cosa así ahora. Te corren a carcajadas, gorrazos y hashtags. Es mejor callarse. Los nuevos eso lo saben bien, han aprendido y prefieren ir a las tertulias solo a señalar que el emperador va desnudo. Si le preguntan por sus medidas para atajar el desempleo, por ejemplo, se retuercen en la silla, señalan en la dirección contraria y gritan: "¡Pero mira, que se le ve la chorra!".

Y es que nadie llega a alcalde prometiendo desalojar ancianas. A alcalde se llega bien peinado y con un traje a medida. Hay que valer. A presidente, en cambio, últimamente se llega por descarte o suicidio interpuesto del predecesor y/o los rivales de papeleta. Los presidentes son, por lo general, como esas zapaterías que anuncian con orgullo que se venden pares sueltos: una cosa que tiene que haber, pero de la que solo te acuerdas cuando se te pierde un zapato. Y cuando yo era más joven aprendí dos cosas: que se te va media vida durmiendo y que no hay que fiarse de los que se peinan.

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