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Yo sólo quería que me llevaras a bailar

Xoel se aproxima al público, toma su guitarra eléctrica entre las manos, es una guitarra en forma de flecha, tipo Gibson Flying V, la coge por abajo, la alza hacia el cielo. Mi neurosis y yo vemos la Torre Eiffel dentro de la Music Hall.

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Los colores nacionales de Francia iluminarán tres días la Torre Eiffel

Los colores nacionales de Francia iluminarán tres días la Torre Eiffel. EFE

El antídoto contra los males se encuentra en esta sala de conciertos. Yo sólo quería que me llevaras a bailar. Comienza a sonar la música. Nunca había escuchado el directo de Xoel López y es cierto que vengo con muchas ganas. Estoy cerca de la entrada. Trato de controlar el disgusto que me provoca siempre el contacto físico con personas que no conozco, respira, anda, no seas neurótica. Pero es que no cabe un alfiler, soy demasiado pequeña para que la gente no trate de pasarme por encima y el calor me resulta insoportable. Mi pareja vive bastante feliz veinticinco centímetros más arriba. Inspiro, despacio. Hago oídos sordos al corazón, que se reivindica por ahí adentro, asustado. De vez en cuando cierro los ojos y dejo la mente en blanco. Me quejo. Del sudor pegado a mi camiseta. De la coleta de la mujer que salta delante de nosotros. Trato de moverme un poco, tarareo, suena bien. Estoy aquí, quería estar aquí y sin embargo no estoy disfrutando del hecho simple de estar aquí.

Por un momento me reconcilio, son unos segundos, con la chica fóbica que vive dentro de mí. Xoel se aproxima al público, toma su guitarra eléctrica entre las manos, es una guitarra en forma de flecha, tipo Gibson Flying V, la coge por abajo, la alza hacia el cielo. Mi neurosis y yo vemos la Torre Eiffel dentro de la Music Hall. Le doy las gracias a Xoel. Porque en realidad lo que me sucede es que estoy triste. Triste y cagada de miedo.

El 11S me ancló a una estación de metro, quizá Príncipe Pío, sin poder despegar los pies y echar a andar, mirando las pantallas, hipnotizada. Entiendo que fue por esa época cuando comencé a pensar en que era posible que me muriera en algún momento.

El 11S me ancló a una estación de metro, quizá Príncipe Pío, sin poder despegar los pies y echar a andar, mirando las pantallas, hipnotizada. Entiendo que fue por esa época cuando comencé a pensar en que era posible que me muriera en algún momento. Fin de la fiesta. Y me subía a los aviones y apretaba los labios y canturreaba alguna de Andrés, me concentraba, ésta vez no es, y apelaba a la infancia para rezar alguna cosa que me devolviera a tierra con todas las extremidades del cuerpo sujetas al tronco.

Con el 11M me pasó parecido, pero la vida me cogió en Santander y Santander es un lugar en el que uno se siente seguro. También pasan cosas, no crean. Yo una vez palpé cómo las paredes de mi casa crujían en el momento preciso en que un comando de ETA accionaba el mecanismo del odio en un barrio cercano. Desde ese instante visualicé delante de mi fragilidad una serie de consideraciones bochornosas que ya me acompañarían hasta el día de hoy: la primera, que no soy valiente. La segunda, que estoy fabricada de miedos. Y por último, que era posible morir en cualquier momento y lugar de la manera más estúpida. Ayer era en el nombre de la independencia de los pueblos oprimidos. Y hoy es en el nombre de un dios secuestrado en manos de majaderos.

"¿Qué piensas hacer con el viaje a París?", me ha preguntado esta mañana mi compañera de trabajo. He encogido los hombros, he puesto esa cara de frustración. "Pues no nos vamos a quedar en casa", le he dicho. "Iremos, iremos y nos comeremos la ciudad". "O la ciudad os comerá a vosotros dos", ha añadido (por supuesto y nada más cerrar la boca) la chica fóbica del interior.

El último disco de Xoel fue bautizado bajo el título de Paramales. Tiene canciones preciosas que les invito a escuchar si no lo han hecho ya y un directo que podemos calificar como soberbio sin enrojecer ni un poco. El viernes 27 actuará en Bilbao, en la Sala Azkena. Y que siga sonando la música.

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