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María San Emeterio

Soy periodista. Suelo decir que en ayunas porque desde hace una década mi actividad profesional ha estado centrada en la comunicación institucional. Sin embargo, de vez en cuando me dejan escribir cosas, poco memorables en su mayor parte. Hablemos de asuntos pendientes un rato.

No sea

A veces me despierto sobresaltada, con un susto de muerte encima del pecho porque creo que llego tarde. Que llego tarde no ya al trabajo, que a ver, eso no le va bien a nadie. Que llego tarde en general. A la vida, que la llevo a cuestas. Mido un metro y cincuenta y ocho centímetros. Hay días en los que me obligo a estirarme, porque noto cómo me voy encogiendo. Venga María, echa los hombros para atrás, que dentro de poco te llevan por delante en la calle. No sea. Miro mi reflejo en los escaparates. Para qué fijarme en lo que hay dentro de esas cajas gigantes de chocolatinas si siempre va a haber otra cosa acuciante que pagar que no tenga forma ni de abrigo ni de zapatos ni de bolso ni de barra de labios de Chanel. Me fijo en la señora que me observa a través del reflejo. Qué ojeras tiene, pobre. A la señora que soy yo le da lo mismo lo que opine de su cara la chica que vive dentro de su cerebro, porque lo único que quiere, lo que desea a toda costa, es dormir. O beberse una botella de vino. Una de esas dos opciones siempre le parece la adecuada.

Por norma general, vivo cansada. Pertenezco al lado afortunado de la vida desde que nací. Al menos así es como he percibido mi existencia desde entonces. Tengo de todo, menos tiempo. Me despierto, sobresaltada o no, cada día. Porque me obligan, obviamente. En el caso contrario me quedaría en la cama de buena gana hasta las doce, ojeando la Vogue y dando sorbitos a un zumo de naranja recién exprimido (con un chorrito de nada de champán) con la ayuda de una pajita ecológica, que las de plástico hace tiempo que pasaron a ser Satán. Antes de levantarme ya he revisado las agencias de noticias. No sea. Si no llevo el tiempo pegado al culo, me meto en las ediciones online de las cabeceras y fisgo si me han publicado alguna cosa. Antes de darme cuenta estoy despertando a Tomás, que ha heredado todo mi paquete genético y sueña con quedarse en mi cama jugando a la Nintendo en vez de darle a las aproximaciones. Normal. Es que para qué, si a mí eso me suena a canción de Pereza. Es en ese preciso momento cuando mi día deja de pertenecerme. Entonces me zambullo de cabeza y sin agua en un sinsentido de carreras por el pasillo y galletas para la media mañana envueltas en papel de aluminio y por el amor de Dios que hoy toca gimnasia haz el favor y quítate esos pantalones y corre Tomás lávate los dientes que llegamos tarde. A veces pienso que qué pena de infancia la de este niño que tanto se queja del tráfico, de los semáforos en rojo y del carril bus. Con 8 años de edad. Luego se me pasa, porque es dejarle (o tirarle del coche) en el colegio, suspirar con aflicción durante 0,123 segundos por lo pésima madre que soy y salir cagando virutas al trabajo. No sea.

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Una locura bonita

Anoche me senté con las piernas cruzadas frente a una película preciosa, 'Los nombres del amor'. Se lo digo a mi mejor amigo, que detesto a las personas acomplejadas. Son peligrosas. Sobre todo son peligrosas para los cristalinos que no tenemos ningún problema con el regalo que nos devuelve el espejo. Digamos que pervierten lo bonito, lo mastican lento, qué digestiones pesadas las de los acomplejados, siempre ven el Almax encima de la mesa antes de haber cogido la cuchara para probar el plato. Y claro, se arrugan antes de tiempo.

La película, sí. Me enamoré de ella. Ella se llama Baya Benmahmoud y su personaje es una locura bonita, extrema. Una de esas bendiciones que se salen de lo común, que no se amolda a las normas, a las reglas que impone el entorno, que respira a un ritmo distinto y camina a saltos, como si a cada paso aspirase a rozar el cielo con las yemas de los dedos.

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Santander, ciudad rentista

Mi mejor amigo dice que Santander es una ciudad habitada por rentistas. Nos mastica lento la envidia, le contesto entre las cervezas que nos convocan en una barra santa al mediodía. No hemos nacido en una de esas balconadas que miran a la bahía, y es algo que imprime carácter. Los de los barrios de periferia tenemos el ánimo un poco como las aceras que pisamos. Andamos gastados antes de tiempo, hastiados de mirar al norte cuando la luz del día nos pide sur, congestionados de desconches y baches que nadie repara nunca. Pero airosos, le digo, marcamos tendencia.

La pobreza ya no es marginal. Es mainstream. El borrador del informe 'España 2016' –que será presentado por la Comisión Europea a finales de febrero- cuenta cosas muy feas. Cuenta, por ejemplo, historias que ya suenan a avemaríapurísima: que llevamos tiempo posicionándonos en la cola de la gran familia europea, abanderando datos demoledores de pobreza y exclusión social. Imagínense que nos ponemos a contar uno a uno a cada nuevo vecino de la pobreza española en los años de crisis: uno coma tres millones de caras. La sensación es la misma que, cuando de niña, me sentaba muy seria a imaginar el universo. Que me apretaba algo fuerte por ahí adentro.

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Reloj sin manecillas

El dinero da la felicidad. ¡Claro que sí! Y quien desee vivir pensando lo contrario hace bien, sobre todo si no tiene dinero. Hace unos días amanecí con una noticia en la que se informaba de que, ya ven ustedes, en pleno año 2016, evolucionamos lento, la Oficina Nacional de Estadísticas de Reino Unido (re)abría el debate metafísico con una investigación en la que quedaba demostrado que la riqueza está relacionada como un pez al agua con el bienestar y la felicidad.

Es coherente que nos contemos lo contrario. Pero entre otros asuntos, en el estudio se afirma que influye de forma directa la cuenta bancaria abultada con menores niveles de ansiedad. Y todos sabemos que los males del alma aterrada –facturas y más facturas– se descargan en consultas de psicólogos. Que no lo hacen nada mal. A 60-70€/hora, por muy hasta el moño que anden de escuchar cosas muy salvajes, sus picos de ansiedad se deben de reducir a esos momentos en que se percatan de que no quedan kleenex en ningún cajón.

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Los periodistas no subvencionados

No es que no pase nada. Es que nos esforzamos porque no pase nada. La culpa no la tienen los periodistas. La culpa la tienen los contratos publicitarios de los medios de comunicación. Es tan triste, pienso mordisqueando mi tostada. Es tan triste leer esta bazofia en un periódico. Aunque pobres directores, me repito, que tienen que alimentar tantas bocas, para qué informar, para qué opinar, sobre todo eso, opinar. Para qué hablar de lo que ocurre en Cantabria, derribos, desahucios, empresas patrocinadas por cada alma que habita este espacio limitado de la existencia, obras adjudicadas por el dedo más votado, las minucias de nuestras vidas perras.

Es curioso abrir las páginas de un periódico local y que no aparezca, más que de puntillas, opinión sobre los asuntos que nos tocan de lado cada mañana a los tristes que nos levantamos para desayunar y trabajar y comer y trabajar y terminar el día trabajando en otros asuntos por los que a uno no le pagan. De puntillas. ¿Para qué hablar? ¿Para qué mojarse, opinar, valorar? ¿Cubre mi nómina las presiones, las llamadas de los políticos enfurecidos? ¿La bronca de mi jefe después de haber recibido el doble de llamadas de los políticos enfurecidos? ¿Merece la pena? Entiendo que no. Y así seguimos. Ciegos, jugueteando con nuestra propia deshonra. Como personas. Como ciudadanos. Como profesionales.

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Un buen pedo me tiraba yo

No sé si a ustedes les pasará lo mismo, si retozan en esta misma enfermedad que me acartona el alma, pero lo cierto es que me voy evadiendo más y más de la realidad que con pena sincera me circunda. Eso es, exacto: me estoy convirtiendo en un individuo insensible. ¿Que el suegro de Granados dice que un empleado de Ikea dejó 900.000€ en un altillo de su casa? Ahí me ven a mí, tan impertérrita. La mirada indolente paseando sobre la superficie de la pantalla del ordenador. Lo mismo leo eso que “Rocco Ritchie endurece la pelea con su madre, Madonna”.

Ni un mísero tweet de queja sentida. Ni un amago de rictus, de emoción, en la cara. No, no es el bótox. Soy yo. ¿Que llegasen a copular siglas inadmisibles en el hipotético caso de que volvamos a tener un Gobierno que gobierne? Lo mismo. María cierra la web de El País. María abre Google. María busca “receta thermomix crema calabacín zanahoria”.

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Al fin, la lluvia

Entiendo que haya comenzado a llover. Al fin, la lluvia. Mi madre siempre repite las mismas frases; adoro que haga eso, claro. Me irritan, me hacen reír esas frases manidas,  pronunciadas por la boca de la madre incontables veces. Paño de cocina va. Escuchadas por los oídos de la hija otras tantas. Cara de fastidio fingido viene. Ella, desde su atalaya de ser supremo (las madres son –somos, creo– seres supremos) afirma, reafirma y vuelve a afirmar que sin lluvia se pierde la salud. Así que todos tenemos mocos por eso. Catarros, resfriados, gripes, constipados. Porque la lluvia es la que se encarga de limpiar el ambiente.

Yo eso lo tengo claro debido a la repetición de las frases maternas en una casa que se encuentra en una tierra en la que, cierto, ya no, llovía unos 300 días al año. Qué era aquello. Cómo odiaba yo las katiuskas, qué ridícula me sentía, azul marino, franja blanca, qué ridícula me siento ahora pensando en los más de 100 euros que pagué unos cuantos años más tarde por otras botas de agua, unas Hunter, traicionando así a la niña de rizos y cara de mosqueo absoluto de los días de lluvia. También tenía otras playeras rosas que odiaba con mayor inquina si cabe. Dice mi madre que es un tema que yo imagino, que nunca tuve unas playeras rosas. Pero vaya si las tuve, vaya.

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Irse siempre, para volver

Vueling ha decidido eliminar la conexión con Tenerife durante los meses de invierno. Seamos sinceros, si sigue haciendo este tiempo en Cantabria quién va a sentir la necesidad de meterse en un avión en busca de aires más cálidos, cuando tras el café de primera hora sales atribulado de casa, has sacado la mano por la ventana, has constatado que no, los abrigos no te representan, y cruzas la línea de confortabilidad suprema que es el portal de tu edificio, y sometes a tu melena a las arbitrariedades del viento del sur. Ay, el sur. Se nos ha metido el calor adentro en esta tierra que salta al ritmo que pauta el oleaje de la bahía. Nuestra existencia en verde y azul. Siempre que me voy constato con alegría que quiero volver y eso es algo que provoca que mis pies se desprendan dos centímetros sobre el pavimento, porque yo siempre he deseado con todas mis fuerzas largarme de aquí.

Santander es la ciudad aburrida, triste, gris y melancólica más entrañable que he pisado. Me enfadé un poco con Bilbao hace un par de semanas. Descubrí una joya vieja a la que acaban de sacarle lustre, vaya genialidad, me dije, coger lo más feo que tienes entre manos y convertirlo en tu faceta más amable. Como una especie de defecto físico al que de pronto te das cuenta de que puedes sacarle partido, la vecina se ha acicalado hasta convertirse -¿Bilbao? Sí, Bilbao- en una ciudad bonita. A rabiar. Y mientras tanto, la envidia. Porque a mí me gustaría que Santander se quitara el sayo, dejara a la vista un cuerpo explosivo, espléndido. Silbido va. A mí me gustaría, qué vulgar esta chica, que el resto nos contemplara desde esa envidia malsana con la que mis piernas deseaban pertenecer a Bilbao hace tan sólo unos días.

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Yo sólo quería que me llevaras a bailar

El antídoto contra los males se encuentra en esta sala de conciertos. Yo sólo quería que me llevaras a bailar. Comienza a sonar la música. Nunca había escuchado el directo de Xoel López y es cierto que vengo con muchas ganas. Estoy cerca de la entrada. Trato de controlar el disgusto que me provoca siempre el contacto físico con personas que no conozco, respira, anda, no seas neurótica. Pero es que no cabe un alfiler, soy demasiado pequeña para que la gente no trate de pasarme por encima y el calor me resulta insoportable. Mi pareja vive bastante feliz veinticinco centímetros más arriba. Inspiro, despacio. Hago oídos sordos al corazón, que se reivindica por ahí adentro, asustado. De vez en cuando cierro los ojos y dejo la mente en blanco. Me quejo. Del sudor pegado a mi camiseta. De la coleta de la mujer que salta delante de nosotros. Trato de moverme un poco, tarareo, suena bien. Estoy aquí, quería estar aquí y sin embargo no estoy disfrutando del hecho simple de estar aquí.

Por un momento me reconcilio, son unos segundos, con la chica fóbica que vive dentro de mí. Xoel se aproxima al público, toma su guitarra eléctrica entre las manos, es una guitarra en forma de flecha, tipo Gibson Flying V, la coge por abajo, la alza hacia el cielo. Mi neurosis y yo vemos la Torre Eiffel dentro de la Music Hall. Le doy las gracias a Xoel. Porque en realidad lo que me sucede es que estoy triste. Triste y cagada de miedo.

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Ochocientos cuarenta y dos euros

No sé si ustedes lo recordarán, pero yo lo tengo grabado a fuego. Trabajaba en una televisión local, era joven y no tenía claro hacia qué faceta de la comunicación quería dirigir mis pasos. Bien pronto aprendí, eso sí, lo recuerdo, que hacer de vocero de instituciones, partidos políticos y demás colectivos de nuestra sociedad era un paquete soberbio. Las ruedas de prensa. Las ruedas de prensa deberían ser prohibidas. Por ley. Nadie entiende lo que puede llegar a aburrirse un periodista escuchando cosas irrelevantes. Que vamos a poner más farolas. Que vamos a destinar el cuarenta por ciento del presupuesto a asuntos vacíos, da igual que la gente, nuestra gente, las pase canutas, no pueda poner la calefacción en enero. Da igual que se queden sin la cena y el desayuno si con ello no se colapsan los recibos de la luz en las entidades bancarias.

Qué asco de mundo. En algún momento preciso sé que los periodistas fuimos los únicos que seguimos ejercitando el derecho de nuestros oídos a escuchar. El resto se dedicó a hacer que oía, y los debates ya no fueron debates, la política se convirtió en un escenario teatral en el que sólo importaba el largo de la melena, la fluidez de las manos frente a las cámaras, la sonrisa ante el interlocutor cansado.

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