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La vida en mil quinientas lecturas

La juventud actual tiene grandes virtudes, pero adolece de un grave defecto: apenas lee. Llegarán a la meta, sí, porque son creativos, pero no deberían perderse la belleza de ese viaje, página tras página

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Libros

Resolvía el otro día con mis alumnos un problema de comunicación organizacional cuando salió a colación el tema de Starbucks; bueno primero el de la glamourosa franquicia de cafés a seis euros la taza, pero después quise llevar la conversación hasta el señor Starbuck. Lamentablemente, pronto comprobé que nadie había oido hablar de él.

Como quien les ofrece una pista definitiva que, hasta un jíbaro perdido en la Amazonia podría reconocer, les mencioné que el tal caballero no era otro que el primer oficial del Pequod y, descontando alguna mirada de inteligencia en la que el nombre resonó como un eco lejano, el apellido seguía sin identificarse.

Solo cuando por fin les aclaré que ese barco fue el ballenero que -gobernado por el capitán Ahab- persiguió a 'Mobby Dick' gracias a la pluma de Herman Melville, obtuve un poco de reconocimiento que ni siquiera fue unánime.

No me sorprendió, pero sentí una gran tristeza por todo aquello que estos y muchos otros chicos y chicas de su edad se han perdido. Los jóvenes de hoy en día tienen muchas virtudes; son extremadamente creativos, tienen una visión del mundo muy amplia pero bien enfocada y, en general, saben amaestrar la tecnología para ponerla a su servicio. Pero no leen.

Y esto es tremendo porque se están perdiendo un tesoro casi inagotable. Son generaciones cuya concepción del mundo es audiovisual y su aprendizaje intuitivo. Llegarán a la meta, eso seguro, pero quizá muchos se pierdan la riqueza del viaje. Porque lo importante, en esta vida, nunca es el destino, sino el viaje, todo reside en la esencia del viaje.

Soy producto de mis lecturas y me apena que la juventud de hoy, al menos en una parte muy numerosa, se esté perdiendo todas esas claves y referencias que le ayudarían para hacer mucho más bello un camino ya de por sí bastante espinoso

Mi propio viaje me define no solo como profesor universitario, ni siquiera como periodista, sino, por encima de todo, como persona y el mapa que he seguido a lo largo de estos años siempre ha estado marcado por los ejemplos que recibí, pero también ilustrado por los libros que leí.

No sé usted, pero yo soy producto de lo que he leído y me apena que la juventud de hoy, al menos en una parte muy numerosa, se esté perdiendo todas esas claves y referencias que le ayudarían para hacer mucho más bello un camino, de por sí, bastante espinoso.

Mucho antes de embarcarme en el Pequod comencé leyendo cuentos infantiles. Después crucé con 'Los Cinco' el pasadizo subterráneo que llevaba a la isla de Kirrin. Con Yañez -el portugués- y Tremal Naik me uní a 'Sandokan' y los tigres de Mompracem. Luego bajé hasta el Sudán para entregar 'Las cuatro plumas' que sus compañeros de regimiento enviaron al joven Harry Faversham.

Subí la cordillera con Tintín para buscar 'El templo del Sol' y sujeté las bridas de mi caballo junto a 'El teniente Blueberry' mientras los apaches encendían hogueras en las montañas sagradas. En la laguna veneciana me enamoré de la princesa Bianca di Orsini y corrí entre las sombras detrás de 'El Corsario de Hierro'. Tras practicar la esgrima, 'Los tres mosqueteros' me enseñaron el verdadero significado de la amistad y entendí por qué eran tan importantes los herretes de la reina.

Después, Hércules Poirot, la señorita Marple y Sherlock Holmes me ayudaron a ordenar mis pensamientos y a utilizar mi materia gris. Solo entonces pude cruzar las arenas ardientes del desierto al lado de Sinué y conocer a una mujer tan bella que nadie podía pronunciar su nombre una sola vez: Nefer, Nefer, Nefer…

Gracias a aquellos amigos pude sobrevivir con Vargas Llosa en la Academia Militar Leoncio Prado y viajar con él, más adelante, hasta una isla caribeña para asistir a la fiesta del chivo. Sin recorrer estas sendas intrincadas no hubiera llegado a la abadía en la que Fray Guillermo de Baskerville resolvió el misterio de la biblioteca y sin los consejos de Umberto Eco jamás hubiera conocido la isla del día de antes, ni hubiera visto la misteriosa llama de la reina Ioana.

Si miro mi biblioteca puedo contar un tesoro cercano a los mil quinientos ejemplares, pero naturalmente he leído muchos más que me prestaron o sencillamente no conservo. Ese bagaje de lecturas es el que me define, el que explica mis errores y mis aciertos, las huellas de un viaje extraordinario que va de una página a otra. Si te pierdes los libros, te pierdes el amor; y si te pierdes el amor -como escribió Leonardo Buscagglia- te pierdes la vida.

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