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Espíritu

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Las humanidades, el conocimiento de las artes y las letras, considerado actualmente una disciplina casi tan inútil como la inteligencia en una entrevista de trabajo, se han convertido en la ensoñación nostálgica de un mundo hace tiempo desaparecido, dado que en esta época tecnológica todo lo que no resulta productivo, útil, práctico, ha de arrinconarse en los márgenes de la sociedad lo mismo que se arrinconan los misales, las fotografías y los vestidos de la abuela muerta en el polvoriento desván que nunca, nadie, visita.

La ignorancia se fomenta. La vulgaridad se premia. La tecnología es el sumo sacerdote del nuevo dios adorado, la ciencia, y el que quiera cultivarse que se retire a un convento para hornear galletas o destilar despiadados licores mientras profundiza en aforismos, poemas trasnochados, apolilladas disquisiciones filosóficas y páginas literarias que como Shakespeare decía, son lo mismo que nuestras vidas: o sea, sombras, sombras nada más, inútiles, pasajeras...

Lo primero es ser productivos y lo demás resulta sospechoso, anacrónico, mediterráneo, propio de culturas superadas donde el hombre contemplativo, perezoso, en contacto con la naturaleza, se buscaba a sí mismo en los demás no en las cosas, ni en las estadísticas, ni en las cifras económicas, ni, por supuesto, en las explicaciones científicas. La religión protestante se ha apoderado del espíritu de esta época. El capitalismo engendrado por ella, basado en la codicia material, ha construido unas sociedades democráticas multitudinarias, impregnadas de un creciente “fascismo tecnocrático“ en el que predomina un ejemplar humano robotizado.

La ignorancia se fomenta. La vulgaridad se premia. La tecnología es el sumo sacerdote del nuevo dios adorado, la ciencia, y el que quiera cultivarse que se retire a un convento para hornear galletas o destilar despiadados licores

Ansioso y atareado, este ejemplar, entregado con una ceguera de enamorado y con un fervor de monja carmelita a la divina tecnología, no tiene más motivación que la de hartarse de fútbol, alcohol, pornografía, comida basura y otros placeres inmediatos, ni más destino que hacerse con todo el dinero que le sea posible mientras mantiene cotidianas relaciones, no con sus semejantes, tan ansiosos y atareados como él, sino con máquinas; máquinas eficientes, precisas, obedientes, sin alma... Eugene Ionesco, -“¿lo cualo?“-, decía que "El hombre moderno es el hombre apurado que no comprende que algo pueda no ser útil. Si no se comprende la utilidad de lo inútil y la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y un país en donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada que no ríe ni sonríe, un país sin espíritu".

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