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Prudencia no tuvo opción

No hay país en el mundo desarrollado, o en cualquier otro de los múltiples mundos en que categoricemos este planeta, que no comparta la ecuación matemática +educación=+conocimiento=+libertad

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Suele ocurrir, últimamente con cierta frecuencia, que diversas noticias aparecidas en distintos medios de comunicación, aparentemente sin conexión entre ellas, acaben conformando una nebulosa de hilos entretejidos y generando referencias muy próximas. Alguien dirá que tal situación no es ajena a la intervención del “Más allá”, en sus distintas versiones místicas. Quien justifica la interrelación permanente de procesos, sin embargo, nunca hablará de coincidencias. Sea como fuere, esta semana ha vuelto a ocurrir: Dulce Chacón, el periódico El Mundo y Michelle Obama. El triángulo esotérico, la trinidad,  el azar volvía a funcionar.

Aún con el ánimo contraído, tras la impactante lectura de una obra de la añorada novelista Chacón, saltaban a las redacciones otras dos noticias relacionadas con lo femenino. La novela -en realidad, las tres novelas creadas entre 1996 y 1998, pero con la misma temática, reunidas en torno a un acertado título común, “Trilogía de la huida”- exploraba los sentimientos y circunstancias de desamor, en clave de mujer. Tramas distintas –tristeza por la cotidianeidad del machismo, en la primera; respuesta plural ante la pérdida de una singular mujer, en la segunda y determinación fememina en la ruptura de una pareja fracasada mucho tiempo atrás, en la última obra de la trilogía- que confluyen en el mismo universo, el de la mujer, tratado siempre con reflexión, ternura y precisión. La cita siguiente es ejemplo de anulación de la personalidad femenina en manos de un machismo no violento, no estridente, pausado y contumaz:

“(…) Prudencia cometió un error. Y los errores se pagan. Creyó que su vida era la de su marido y, cuando quiso darse cuenta, el marido tenía su vida y ella no tenía la propia. Todo lo hacía calculando si a él le gustaría y jamás se preguntó qué le gustaba a ella.

Cuando se casó jugaba a las cartas con sus amigas los martes y jueves. Después de la partida, merendaban juntas y hablaban de sus cosas. (…) Hasta que el marido le dijo que hacían un nido de cotillas. (…) Hasta que Prudencia empezó a aburrirse con sus amigas, a pensar que él tenía razón. (…) Un día le dijo su marido que los pasteles engordan, con tanta merienda, y ella le dio la razón. Abandonó las partidas y las meriendas y le contó al marido que ya estaba cansada de tanta arpía. Desde entonces, como las cartas no le han dejado de gustar, Prudencia juega solitarios por las tardes y eso al marido no le importa  (“Algún amor que no mate”, 1996)

Un par de días después se podía leer en el diario madrileño El Mundo el escalofriante dato de que, en 2015, el INE había registrado 3.990 delitos, según los juzgados españoles considerados maltrato hacia la mujer. No repuestos de la cifra, el siguiente fue aún más desolador: tal cantidad, solo suponía el 20% de las denuncias presentadas por las víctimas; es decir, el 80% de las mujeres españolas maltratadas siguen evitando la denuncia, por amor, temor, desconocimiento o falta de educación.

Resulta inaudito para un país que se vanagloria de ser la cuarta economía europea (siempre y cuando el Brexit culmine con éxito); resulta vergonzante para los hombres y mujeres que seguimos trabajando la igualdad de género como una meta alcanzable; resulta insutante, para cualquier ser humano que se precie de serlo, la vulnerabilidad de la que sigue siendo objeto la mujer y su mundo, hoy, en pleno siglo XXI.

Resulta insutante, para cualquier ser humano que se precie de serlo, la vulnerabilidad de la que sigue siendo objeto la mujer

Se refirió a ello, precisamente, Michelle Obama, en una conferencia impartida en Madrid ante varios centenares de mujeres, cuando remarcaba el valor de la educación para la superación de las desigualdades. Ciertamente habría que resaltar que su argumentación se ciñó  básicamente a la necesidad de educar a los más de sesenta millones de mujeres que hoy en el mundo carecen de la oportunidad de educarse, la mayoría radicadas en países del Tercer Mundo. Para ello, relató escenas duras conocidas en su periplo por Liberia y Marruecos, antes de recalar en nuestro país. Y no menos cierto  es que podría incluso reseñarse la dosis de autopropaganda que supone publicitar la ONG que el matrimonio Obama apadrina (Dejemos que las niñas aprendan) si se pretende rebajar la firmeza de sus afirmaciones. Pero sigue siendo incuestionable que en un país tan desarrollado como el suyo, los Estados Unidos de América, perviven tics machistas altamente preocupantes: acceso desigual al mundo laboral, ensalzamiento de la opción materno-privada, nostalgia por un “yuppismo” que se resiste a desaparecer, explosión de una enseñanza privada, convenientemente ideologizada en clave conservadora,…

No hay país en el mundo desarrollado, o en cualquier otro de los múltiples mundos en que categoricemos este planeta, que no comparta la ecuación matemática +educación=+conocimiento=+libertad. De ahí la importancia de romper cuantas barreras impidan el acceso al conocimiento, a la crítica, a la oportunidad de ensanchar horizontes. Es necesario crear mundos propios, sólo condicionados por el derecho humano y democrático de la elección. Por eso las cuturas intolerantes, el machismo permanente retroceden ante la fortaleza del conocimiento y la valentía de la argumentación. 

Es desolador aceptar que para la Prudencia de Chacón y para tantas otras esta oportunidad de la educación llega tarde. Pero aún estamos a tiempo de que lo perciban y asuman  las Aisha, Nagore, Fadira, Rebeca, Nadia, María, Indira. Y, sobre todo, especialmente, los Abdul-Karim,  Guillermo, Hassan, Manolo, Muhammad, Aitor, Kalu, Roberto, Yasin,….

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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