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Regreso

Una vez terminado el verano hay personas que regresan de las vacaciones hastiadas del tiempo que les ha tocado vivir y hacen todo lo posible para no tener ningún contacto con la realidad nuestra de cada día.

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Conozco personas con bastante sentido común que nada más regresar de las vacaciones se proponen no leer un periódico nunca más, no tener en cuenta las declaraciones de los políticos, hacer una fabulosa pira funeraria con todos los transistores que haya en la casa o destrozar la televisión a hachazos. Todos los años la historia se repite. Una vez terminado el verano hay personas que regresan de las vacaciones hastiadas del tiempo que les ha tocado vivir y hacen todo lo posible para no tener ningún contacto con la realidad nuestra de cada día.

Los suplementos dominicales de los periódicos, por ejemplo, y los numerosos blogs de internautas caritativos, para que este repentino enfrentamiento con la realidad no nos suponga trauma alguno, se llenan de numerosos artículos con recomendaciones para iniciar la nueva temporada con la mejor disposición posible. Las propuestas son tan variadas que lo mismo nos recomiendan iniciar una dieta antioxidante a base de frutos secos, verduras, yogures, plátanos, pescado azul y pan integral, que nos aconsejan invertir todas las mañanas unos diez minutos en desentumecer cada uno de los músculos agarrotados con unos sencillos ejercicios de estiramiento; gimnasia, que le dicen, para prevenir la desgana, el decaimiento, la fatiga de media mañana o una próxima sesión de investidura.

De la misma manera que sucede durante los primeros días de cada nuevo año, estos últimos días del verano también son una época de propósitos. Nada más regresar a nuestra rutina habitual, temiendo tal vez la monotonía de los horarios laborales o el aburrimiento de una vida sin demasiado sentido, todos, en mayor o en menor medida, nos proponemos algo.

Nada más regresar a nuestra rutina habitual, temiendo tal vez la monotonía de los horarios laborales o el aburrimiento de una vida sin demasiado sentido, todos, en mayor o en menor medida, nos proponemos algo.

En muchas localidades costeras, por ejemplo, los propietarios de los barcos de vela, al dar por terminada su estancia en el mar, amarran el velero en la dársena, enrollan el foque, pliegan la vela sobre la botavara, la cubren con la capota, cierran el tambucho del camarote y regresan a la ciudad, prometiéndose, como otras veces, que cada fin de semana regresaran al barco para navegar sobre las aguas. Nadie regresa.

El barco permanecerá atracado todo el año a merced de los pájaros y durante el invernaje gemirán sus amarras en los temporales, cabeceará el casco sobre las olas con una cadencia monótona, el mástil será azotado por las jarcias en los días de viento y sobre su cubierta se amontonarán los crepúsculos, los amaneceres, las noches suaves con estrellas muy claras, el sol más terrible y las constantes lluvias oblicuas.

Todo esto constituye la memoria de la vida que nunca vivimos; aquella que, una vez terminado el verano, queda sepultada bajos los coches bomba que estallan en Siria, el discurso de Rafael Hernando demostrando que la chulería es la única ideología de la derecha española, el tráfico de los lunes lluviosos, los partidos de fútbol de cada domingo y todo lo que tenemos que hacer para ganarnos, malamente, a sudor tedioso y fatal, el pan nuestro de cada día. 

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