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El montañero cántabro subraya que "había que pelear por salir de Nepal"

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El montañero cántabro subraya que "había que pelear por salir de Nepal"

El montañero cántabro subraya que "había que pelear por salir de Nepal"

El montañero cántabro Samuel Castillo, que ha regresado de Nepal, destaca que los ciudadanos de ese país quedan "desamparados" tras el terremoto y ha contado que para coger un vuelo y llegar a Katmandú "había que pelear". "Había que presionar", ha remarcado.

Castillo, que llegó ayer a España junto a dos compañeros, ha contado a Efe que está "bastante cansado física y un poco mentalmente", pero reconoce que ha tenido mucha suerte.

Este joven de 34 años, que vive en Miranda de Ebro (Burgos), se trasladó hoy a Mijares (Cantabria) para estar con toda su familia.

Castillo viajó a Nepal para hacer turismo y trekking junto a dos compañeros de trabajo de la central de Garoña: el reinosano Emilio José García y el mirandés Bernabé Gallego, con los que notó el terremoto cuando estaban descendiendo un pico no lejos del Everest.

Habían entrado en una cabaña de madera a descansar y comer algo, con sus porteadores y el guía, que, según cuenta, se asustó muchísimo con el terremoto y parecía que "había vuelto a nacer".

Castillo y sus dos compañeros al principio no se dieron cuenta de la magnitud de lo ocurrido. "No sabíamos qué era, empezamos a notar que se movía el suelo. Nos miramos y vimos que empezaba a cimbrear la cabaña de manera fuerte", ha relatado.

Fueron "30 ó 40 segundos" en los que se movían el suelo, la cabaña y los árboles, con avalanchas de piedras, y después a los diez minutos hubo una réplica "más floja".

"Como nunca te ha pasado no sabes la magnitud que tenía", comenta Castillo, que ha hecho especial énfasis en "la preocupación que tenía la familia".

Al principio no pudieron contactar con España, ya que sólo era posible con teléfonos satélite, y realmente fueron conscientes del impacto de lo sucedido cuando pudieron hablar con sus parientes.

Según ha añadido, él y sus compañeros no vieron víctimas hasta que no llegaron a Lukla, donde suelen comenzar los viajes al Himalaya.

Castillo destaca que tratar de salir de esa zona y llegar a Katmandú fue "bastante estresante". Cuenta que el único acceso a Lukla, que está entre montañas, es por avioneta, helicóptero o por vehículo, pero haciendo además un recorrido a pie de tres días.

Las avionetas sólo pueden volar con buen tiempo y cuentan con unas 18 plazas, por lo que salir de allí no fue fácil y "hubo que meter presión", resalta.

"En Lukla te levantabas por la mañana e ibas al aeropuerto, un edificio donde estaba todo el mundo hacinado, y un poco había que pelear por salir de allí. Era como una especie de mafia para volar, porque tenías que ir presionando a la gente para que te metieran en un vuelo", ha contado.

Ese vuelo los llevó a un "pueblecillo" al sur de Katmandú, y allí un avión de 80 personas los llevó a la capital. Como llegaron dos horas antes de otro vuelo que salía del país, pudieron irse vía Abu Dabi.

"Tuvimos una suerte tremenda, justo coincidió que metiendo mucha presión se pudo salir. Un estrés...todo el mundo estaba presionando, pero pudimos coger todos los vuelos bien", ha reiterado.

Según cuenta, estos días en Nepal ellos tenían lo necesario para el día y no estaban "tan mal". "Al final la gente que se ha quedado allí se queda con un recadito bastante gordo", ha lamentado.

Era la primera vez que iba a Nepal, pero dice que volvería de nuevo. "Seguramente volveré. Me da pena no haberme quedado allí y echar una mano", afirma.

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