La Andalucía geopolítica: Blas Infante y El Pali paran los pies a Trump
El otro día, cuando me llegó la oleada de reconocimiento antibélico en redes por parte de los turcos, una sensación rarísima me recorrió el cuerpo. Al principio no sabía lo que era. Con los días me he ido dando cuenta que era el orgullo por una vez de ser español, el de las cosas que importan. ¿Y porque ese día sí y los otros 42 años no? Creo que, por primera vez, o por lo menos que recuerde, vi infiltrados mis valores como andaluz en una nación terca y normalmente empecinada en ser más burra que las demás. Por primera vez defendía unos valores que podía compartir.
Supongo que hay lugares donde viven esto con más frecuencia, más estando alineados con los viejos miaos de los poderes hegemónicos. Washington, Tel Aviv, Moscú, Bruselas, Pekín... Y luego estamos los demás. Supongo que normalmente sentimos que Andalucía pertenece a una tercera categoría, aún por debajo.
No sé por qué nos enseñan los informativos veraniegos siempre a ese paisano diciendo “¡ojú qué calor, miarma! Yo siempre vengo al parque con mi botellita de agua.” Con más botellita de agua que dientes, cuando la frontera sur de Europa, o en África del norte, justo en la intersección entre tres continentes, es en realidad de los puntos estratégicos más importantes del sistema internacional y sus gentes referentes morales e intelectuales del siglo 21.
En el contexto actual de escalada internacional —marcado por las tensiones entre Estados Unidos e Irán, la redefinición del vínculo transatlántico y la creciente rivalidad global con China— Andalucía se ha convertido en un punto donde convergen intereses militares, energéticos y comerciales de escala planetaria. Sin hablar de la minería en Andalucía, que ya se gastan mucho dinero las empresas en pasar desapercibidas y no aparecer en los medios, el Estrecho de Gibraltar es uno de los grandes chokepoints del sistema marítimo global. Por sus aguas circula una parte sustancial del comercio mundial y una proporción significativa de los flujos energéticos que conectan el Golfo Pérsico con Europa y América. Las rutas que atraviesan el estrecho conectan Europa con el canal de Suez, con el Golfo Pérsico y con el Indo-Pacífico. Gibraltar es, en términos estratégicos, el último eslabón occidental de una cadena de pasos críticos que incluye el estrecho de Ormuz y el canal de Suez. Gran parte del petróleo que sale del Golfo Pérsico atraviesa primero Ormuz, entra en el Mediterráneo por Suez y finalmente accede al Atlántico pasando por Gibraltar formando una misma columna vertebral energética del planeta.
Esta centralidad estratégica convive con una sociedad que lleva décadas cuestionando que su tierra sea simplemente una escala en las guerras de otros. Menos de bombas y más de pavías de bacalao
Andalucía es también una pieza fundamental en la arquitectura militar occidental. Las bases de Rota y Morón funcionan como nodos logísticos clave en la proyección militar estadounidense hacia Oriente Medio, el Mediterráneo oriental y África. Desde estas instalaciones se organizan repostajes aéreos, rotaciones de tropas, mantenimiento de flotas y despliegues rápidos de fuerzas expedicionarias. Pero aquí aparece la primera paradoja. Porque no han conseguido que este territorio estratégico, después de 40 años, y se han gastado dinero en propaganda, no esté habitado por una sociedad militarizada o especialmente entusiasta de las guerras. Más bien al contrario.
Más cosas. China ha desplegado una estrategia sistemática para expandir su presencia en los puertos mediterráneos como parte de la Nueva Ruta de la Seda. El control del puerto del Pireo en Grecia, las inversiones en terminales italianas o los proyectos logísticos en el norte de África, o en Málaga o Algeciras forman parte de una red destinada a conectar el Indo-Pacífico con los mercados europeos. El puerto de Algeciras, uno de los mayores hubs portuarios de Europa, se encuentra justo en la entrada del sistema marítimo europeo. Influir en ese nodo significa tener influencia sobre una de las principales arterias comerciales del planeta. Por eso Andalucía se sitúa hoy en el cruce de tres dinámicas globales:
- la seguridad atlántica liderada por Estados Unidos
- la búsqueda europea de autonomía estratégica
- la expansión geoeconómica de China
Tres fuerzas que atraviesan literalmente el Estrecho de Gibraltar. Esta centralidad estratégica convive con una sociedad que lleva décadas cuestionando que su tierra sea simplemente una escala en las guerras de otros. Menos de bombas y más de pavías de bacalao.
Esta tradición se consolidó durante el siglo XX en una sociedad que, tras experimentar pobreza estructural, represión política y migraciones masivas, desarrolló una sensibilidad especialmente crítica hacia los conflictos armados y sus consecuencias humanas. La Andalucía contemporánea ha sido, de hecho, uno de los territorios europeos con mayor movilización social contra la guerra. Las movilizaciones masivas contra la invasión de Irak en 2003, con ciudades como Sevilla, Cádiz o Granada protagonizando algunas de las mayores concentraciones del país, no fueron un episodio aislado.
De ese mestizaje surgió una cultura profundamente abierta donde la guerra suele percibirse más como un fracaso político que como un destino inevitable. Esta sensibilidad sigue siendo expresión cultural, casi reflejo muscular
Desde los años ochenta Andalucía ha sido uno de los territorios europeos con mayor tradición de movilización contra la guerra. El referéndum de la OTAN de 1986 dejó ya un mapa bastante revelador: amplias zonas del sur votaron masivamente contra la integración plena en la estructura militar de la Alianza. Y alrededor de las bases de Rota y Morón han existido durante décadas movimientos ciudadanos que exigen transparencia, límites y control democrático sobre el uso militar del territorio. Andalucía ha sido durante siglos un cruce de civilizaciones entre Europa, África y el Mediterráneo cuyas únicas trazas de violencia vienen de la meseta hacia abajo. De ese mestizaje surgió una cultura profundamente abierta donde la guerra suele percibirse más como un fracaso político que como un destino inevitable. Esta sensibilidad sigue siendo expresión cultural, casi reflejo muscular.
Desde la filosofía de Averroes, Séneca, Ibn Arabi, las letras y las artes de María Zambrano, García Lorca, Bécquer, Rocío Jurado, Rocío Marquez, el flamenco político de Carlos Cano o el internacionalismo de Paco de Lucía, o hasta tu abuela y la mía. Incluso el amigo Lucas, vendiendo camisetas al grito de “Chavales, no pegarse” o la Uonki con que “Juan y Medio bendiga cada rincón de esta casa”. Andalucía ha proyectado durante siglos una tradición cultural profundamente crítica con la violencia y el poder haciendo de la cultura la única diplomacia geopolítica que le ha sido posible.
Este internacionalismo andalucista, heredero de una tradición mediterránea de intercambio y convivencia, ha condicionado buena parte de la cultura política de la región, reforzando una sensibilidad favorable a la diplomacia, el entendimiento entre pueblos y la resolución pacífica de los conflictos. Esto, que ya estaba presente en el pensamiento de Blas Infante, padre del andalucismo político, demuestra a Andalucía no como una periferia subordinada, sino como un espacio de encuentro entre civilizaciones. Blas Infante vino del futuro.
Así, lo que en apariencia podría interpretarse como un fenómeno local adquiere una dimensión geopolítica mayor. La cultura pacifista andaluza actúa como freno político interno dentro de España, Europa y parece que el mundo respetable de los sistemas de alianzas y el rule of law.
Ser un lugar clave en el mapa, y que te hayan encasquetado dos bases militares americanas, no implica renunciar a ser también una frontera de vida y paz “por Andalucía libre, los pueblos y la Humanidad”
La misma tierra que durante siglos fue campo de recreo de meseteros se ha convertido en un pivote estratégico del sistema internacional a través de una posición antibelicista constante. Ese equilibrio, frágil pero persistente, ha terminado influyendo incluso en la postura internacional de España. La prudencia con la que Madrid suele abordar el uso ofensivo de las bases militares no surge únicamente de cálculos políticos. Lo relevante no es solo la existencia de estas movilizaciones, sino su capacidad de influir en el debate político nacional. En España, la política exterior y de defensa rara vez se formula al margen de la opinión pública. Y cuando esa opinión pública se moviliza de manera continuada en territorios estratégicos como Andalucía, el margen de maniobra de cualquier gobierno se reduce considerablemente.
Que ser un lugar clave en el mapa, y que te hayan encasquetado dos bases militares americanas, no implica renunciar a ser también una frontera de vida y paz “por Andalucía libre, los pueblos y la Humanidad.”. Y quizá, solo quizá, eso explique por qué desde el sur de Europa hay veces en que incluso los imperios tienen que pensárselo dos veces antes de mover ficha. Lo mismo deberíamos creérnoslo un poco más, o lo mismo no importamos nada ni tampoco hace falta. No sé. Todo puede ser. En cualquiera de los casos, es un buen momento para decir paz y esperanza bajo el sol de nuestra tierra.