¡Es la militancia, estúpido! Lo que Andalucía puede aprender de Extremadura
Extremadura ha sorprendido a toda la izquierda: la coalición Unidas por Extremadura ha pasado de cuatro a siete escaños en el Parlamento extremeño, consiguiendo un aumento del 48% en votos (de 36836 a 54541). Es el mejor resultado de la izquierda extremeña —PSOE no cuenta— con escaños desde 1995, cuando Izquierda Unida consiguió 6 escaños (aunque no supera en votos a las elecciones de 2015, donde una izquierda fragmentada superó los setenta mil; pero esa es otra historia). La casuística de la izquierda extremeña daría para mucho, pero aquí me quiero centrar en alguno de los motivos del éxito de Irene de Miguel (Podemos) y Nerea Fernández (IU) en gavilla y que ha suscitado nuevos y repetidos debates sobre la unidad de la izquierda et al. Tanto debate que con el anuncio seguido a los comicios extremeños de elecciones en Aragón, todo el mundo apostaba por una combinación similar que imitara las posiciones de Unidas por Extremadura. Sin embargo, unos pocos como Jonathan Martínez en este artículo para Público, avisaba de extrapolar situaciones. Ahora, después de haber visto los resultados en Aragón, hay quien se lleva las manos a la cabeza por la división de la izquierda, voces que claman por la pureza de los programas, y visionarios que piden la unidad. Y a pesar de los resultados, Chunta Aragonesista prácticamente ha duplicado sus votos. El éxito de la izquierda ha sido ese, y no nos damos cuenta.
Sin embargo, hablar de Aragón me queda lejos y me viene grande, así que sólo puedo suponer con respecto a lo que conozco realmente sobre Extremadura. Y es sencillo: no hay nada en la coalición electoral Unidas por Extremadura que no haya estado antes en las calles y en el campo. Enconados debates post-electorales en redes con las nuevas propuestas de coaliciones de cara a presuntas elecciones generales se han centrado en el marketing, en lo que se publicita y no de los partidos de izquierdas, en las medidas conseguidas, las batallas mediáticas ganadas y, sobre todo, las perdidas. El reflujo, fascistización de la política, derechización de la sociedad, blablabla. En conjunto, reconocemos el hartazgo social hacia la política después de un largo periodo muy politizado, que ha dado lugar a una sociedad cansada que tiende a dejarse llevar por posiciones conservadoras en un contexto mediatizado en demasía por la tecnología (análisis somerísimo de algo muy analizado). De hecho, el panorama tanto en Extremadura como en Aragón es igualmente desolador: crecimiento parejo de Vox, pérdida por la mínima de PP y, sobre todo, pinchazo brutal de PSOE. Las celebraciones son circunstanciales; significa que algo se mueve, pero no al ritmo deseado.
Entonces, ¿celebramos o no celebramos? ¿Coalicionamos o no coalicionamos? La alienación es tal hacia el sistema electoralista desde una perspectiva eminentemente mediática que parecen haberse perdido las bases de la política. Sin desdeñar los frutos del marketing en un mundo carcomido por la pantalla, el éxito de Unidas por Extremadura no estaría tanto ahí como en una presencia terca, constante y positiva en todos los espacios de la cultura extremeña, marcando siempre el gesto de una posición de clase. Ha sido una legislatura previa (o dos si se cuenta desde la necesidad de rearme de las elecciones previas y el paso por el COVID) de militancia en su forma más clara, de trabajo de compañeros y compañeras desde los movimientos sociales, desde las protestas ciudadanas, o desde las propias fiestas y velás locales con las ya muy perdidas tascas; y desde espacios que se han considerado marginales pero que, al no importar al gran público, se ha podido de dotar de emoción y lucha desde posiciones combativas donde lo subalterno ha tomado conciencia. Es decir, desde la militancia. Parece que esto es algo que se nos ha olvidado a la hora de trabajar para mejorar la vida de la ciudadanía.
A nadie le gusta que el foco sea el sufrimiento. Nos gusta disfrutar, nos hemos hecho humanos en el disfrute; los valles de lágrimas son opresores. Pero cuando olvidamos el sufrimiento corremos el riesgo de reducirlo
La ventaja de Extremadura es que, al contrario que Andalucía, no tenemos ni historia ni interés. Esto es falso a nivel estratégico (especialmente energético y de recursos), pero un millón de habitantes en una de las regiones más pobres de Europa interesan poco. También es falso, en realidad, que no tengamos historia, sino que, a diferencia de otras regiones la intelligentsia ha sido fugitiva y la oligarquía ha sido foránea o se ha ido fuera. Aquí quedaban solo los pobres campesinos sin pan ni trabajo, y los que sobrevivieron al hambre o se marcharon o quedaron despojados. Lo que nos queda es la historia de la tierra, y esa es muy difícil de manipular. Cada vez que compañeros y compañeras se han acercado a lo popular en Extremadura, era imposible expropiarle el substrato de lucha y supervivencia, y es ahí donde brota el germen de la militancia. Hemos sufrido históricamente, se sufre ahora, y no se ceja en el empeño de cambiar las condiciones de vida para todo el pueblo. Esto puede sonar a trampa o manipulación, porque realmente a nadie le gusta que el foco sea el sufrimiento. Nos gusta disfrutar, nos hemos hecho humanos en el disfrute; los valles de lágrimas son opresores. Pero cuando olvidamos el sufrimiento corremos el riesgo de reducirlo. Los compañeros y compañeras en su militancia han estado en los espacios donde se ha celebrado la importancia de recordar, y, los más importante, se ha actuado independientemente de los votos: la mirada emancipadora se dirige a un horizonte más lejano.
Aquí viene mi crítica y propuesta para Andalucía de cara a un periodo complejo no ya electoral, sino sistémico, de regresión de derechos y libertades: más militancia. Ese ha sido la base desde el siglo XIX y, por molesto que sea, no ha cambiado. El acervo popular festivo es algo central en la forma de entender Andalucía, con su música y su cultura, a los cuales nos hemos empeñado cabezonamente en señalar e incidir en sus fundamentos populares, de lucha y sufrimiento colectivo, de carácter progresista, lo que sea. Pero este empeño no deja de darse con el muro de una cultura colonizada y expropiada por las clases altas nutridas de exotismo primero, y por el mercado de cara españolista que exporta “Andalucía” como un objeto de consumo después. El esfuerzo es notable y loable, pero lo popular no es siempre positivo ni siempre es productivo. Y esto se ha notado electoralmente, porque el flamenco es tan universal que lo escucha un rico como un pobre, pero no votan lo mismo, y si al final el flamenco lo monopoliza la derecha (por decir algo), no queda mucho que rascar para la izquierda.
Sin embargo, en este crisol problemático, lo que sí tiene Andalucía es una de las mayores militancias de izquierdas del Estado, y con una de las tradiciones campesinas y obreras con más recorrido. Y hasta hace no tanto, con un arraigo social muy importante (sigue siendo así en muchas partes). Hay que volver a la militancia, hay que recuperar esas tradiciones que van más allá de las particularidades, que son importantísimas para nuestra forma de vida, pero que tienen que dotarse necesariamente de un trasfondo de clase, no sólo en la pantalla, sino en la calle. El romanticismo de izquierdas hacia la cultura está bien para quien no tiene nada que perder, pero hoy hay mucho que perder. Y si hay que renunciar a ciertas cosas problemáticas en aras de un trabajo diferente en la calle y en el campo, es preferible empezar de cero a caer por el precipicio de la desesperación. Lo que hay que recordar es que el objetivo no se encuentra en mañana, en el mes que viene, ni en las próximas elecciones; el objetivo hay que plantearlo a décadas (o siglos). Es decepcionante para nosotros, que igual no vemos la Arcadia prometida; pero es que alcanzar eso para nosotros tampoco es el objetivo. Se milita para el futuro, para los que vendrán; lo de hoy es letra muerta, lo de mañana cante vivo.