Arzobispo de España
El arzobispo de Fachadolid ha realizado una atrevida razia en la política española. Disculpen los vallisoletanos, lo de Fachadolid no es cosa es mía, es palabra del nuevo líder de las juventudes del PP que empieza con maneras. En todo caso, no desmerece el título don Luis Argüello, presidente, además, de la Conferencia Episcopal. En la inspiración del titular, soy devoto deudor de Faemino y Cansado, en un gag inolvidable.
Este señor castellano, saliéndose de su pellejo pastoral, ha tildado al Estado español de banda de ladrones. No es un error menor ni no intencionado ni un desliz, el señor obispo es versado en leyes y en religión y, a pesar de ello, se sale de la predicación pastoral del papa León XIV para situarse abiertamente en la doctrina no de la Iglesia sino de la extrema derecha. Don Luis sabe las diferencias y sabe que él es la máxima autoridad en las diócesis de España, y también sabe que su ministerio depende del Papa, jefe de la Iglesia y del Estado del Vaticano.
La diosa Fortuna ha querido que, para que la razón tuitera y la común asocie sus palabras con un cierto sentir compartido, los exabruptos del arzobispo de España coincidan con la condena a cincuenta y dos años de prisión para un cura de Málaga por violación múltiple. Un caso no aislado
El ministro Félix Bolaños, no sé si miembro de socialismo vaticano o seglar, ha sido suave y solo le ha dado un pellizco de monja postconciliar al citado arzobispo. La diosa fortuna ha querido que, para que la razón tuitera y la común asocie sus palabras con un cierto sentir compartido, los exabruptos del arzobispo de España coincidan con la condena a cincuenta y dos años de prisión para un cura de Málaga por violación múltiple. Un caso no aislado.
Pero con todo, y sobrevolando sobre el intercambio epistolar, nunca mejor dicho, el activismo y el politiqueo de los obispos es ya una realidad cotidiana insoportable en una sociedad democrática. Desde luego que no se impugna su libertad de expresión sin sotana ni que defienda su doctrina, por otra parte, muy reaccionaria. Pero sí que, incluso con el dinero de nuestros impuestos al César, hagan política, la que complace a Dios, quizá, pero sobre todo a su ideario político ultraconservador, también desde sus medios de comunicación, cuyo máximo accionista es el Espíritu Santo, una competencia desleal se mire como se mire.
Una vez me comentó un dirigente socialista turdetano, del convento hispalense, que en sus asambleas si sonara una campanilla, instrumento litúrgico de autoridad para los beatos, más de la mitad del quórum se hincaría de rodillas. Algunas de las debilidades vaticanas del socialismo ya se han podido observar en el sostén tributario y fiscal, además del jurídico y de las cosas de la Iglesia, incluidas las responsabilidades penales, pero es conocida la presión e influencia del socialismo más beato, por ejemplo, en el asunto de las inmatriculaciones de los bienes patrimoniales, usurpados, o, es solo un ejemplo, en el papel deslucido jugado por la entonces vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, en el dosier que acabó con una de las cajas de ahorro andaluza de raigambre cordobesa. Tan es así que el hoy consejero de la Presidencia de la Junta de Andalucía, antes en la oposición, Antonio Sanz, chamuscado estos días por otros motivos, señaló airadamente el conchabeo entre Rodríguez Zapatero y Manuel Chaves en aquellos asuntos cajarios.
Sin la denuncia de los acuerdos con la Santa Sede, señor obispo de la Moncloa, es como decía Gonzalo Correas: "Amor de monja y peo de fraile, todo es aire"
En fin, que el vaticanismo socialista es proverbial, quizá por eso le temen algunos más a Dios en secreto, en otra vida, que a la justicia terrenal, en ésta: unas avemarías y al cielo. Sin embargo, el asunto merece una reflexión y ciertas decisiones sobre los Acuerdos con la Santa Sede, en vigor desde tres días después de la entrada en vigor de la Constitución española.
Sin duda una hábil maniobra beatífica que ilustres juristas ha calificado como inconstitucional. Sin la denuncia de los acuerdos con la Santa Sede, señor obispo de la Moncloa, es como decía Gonzalo Correas: “Amor de monja y peo de fraile, todo es aire”. Se trata de acabar con los privilegios y no extenderlos a todos en un Estado que es aconfesional, en el que pertenecer a instituciones eclesiásticas no puede ser un privilegio crítico contra las instituciones y el propio Estado.