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Bye, bye, Verja de Gibraltar

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Mientras los gobernadores militares del Reino Unido y de España compartían monterías en La Almoraima, los ingleses levantaron, en 1908, la Verja de Gibraltar que ahora desaparece, un siglo y pico más tarde. No se si se dieron un caprichito para conmemorar el bicentenario de la toma del Peñón en 1704 o del Tratado de Utrecht de 1713. O quizá fuese otra vuelta de tuerca a lo Henry James, después de la pérdida española de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, diez años antes. Pero lo cierto es que, no contentos con arramblar con parte del territorio que nunca fue cedido oficialmente, le pusieron oficialmente puertas al Campo de Gibraltar.

No es otro muro de Berlín, como a veces se arguye, pero es un muro de la vergüenza, por múltiples razones. Cuando Rafael Alberti se plantó allí, en el verano de 1982, con la cancela aún cerrada, el gentío que se reunía en la parte española para hablar a voces con sus familiares y amigos del otro lado, se arremolinó ante el poeta en la calle, vestido con una de sus irrepetibles camisas florales. La pareja de la Guardia Civil que vigilaba el perímetro acudió a disolver aquella manifestación espontánea: “Déjenme –gritó el autor de ”Rota Oriental Spain“--, déjenme, que no muerdo. Además, si mordiese esa roca, de ella sólo saldría sangre-sangre-sangre”. El público aplaudió vivamente y fueron los agentes quienes se disolvieron a sí mismos.

Antes de la Verja, ya hubo muertes: el sublime José Cadalso, justo dos siglos antes, la palmó por un trozo de metralla que le golpeó en la sien derecha durante el Gran e inútil Asedio de 1782, mientras naufragaban las baterías flotantes y la última intentona de España por recobrar manu militari el ansiado Peñón. El dictador Francisco Franco quiso hacerlo a su manera y cerró el paso fronterizo a cal y canto en 1969, pero no contento con ello le cortó también las líneas telefónicas y las comunicaciones marítimas –de las aéreas, ni hablamos--. Fernando María de Castiella, a quien llamaron por Gibraltar “el ministro del Asunto Exterior”, pretendía que la colonia cayese “como fruta madura”, pero lo único que logró es que los yanitos o llanitos, o como quieran llamarse a sí mismos, se volvieran más británicos, que no ingleses, y más antiespañoles, por antifranquistas. Intentó ser una reedición de Numancia, pero la poco diplomática diplomacia española, sólo obtuvo la hostilidad de los colonizados, mientras Manuel Fraga Iribarne, como ministro de Turismo, se desvivía por seducir a los colonialistas del Támesis para que invadieran la Costa del Sol, esta vez como turistas.

La ciudad donde pasaron su juventud Imperio Argentina, Angel María de Lera y John Galliano, se vio abocada a sobrevivir como pudo, y no siempre bajo el imperio de la ley: el contrabando existió antes de que se levantara la Verja, tanto a gran escala estilo Juan March, como en el menudeo de los calcetines llenos de chucherías con que José Luis Cano la cruzaba de niño

Aquel suceso marcó a varias generaciones de gibraltareños, pero también de campogibraltareños: muchos de ellos perdieron su trabajo y no lo recobraron nunca, otros acabaron de porteros en Chamberí o en la base de Rota, porque sabían inglés –allí se mantiene aún una caseta de linenses en la feria--. La Línea fue la ciudad más perjudicada, porque no se benefició del supuesto plan de Desarrollo que llenó de chimeneas a una de las bahías más hermosas del mundo. La ciudad donde pasaron su juventud Imperio Argentina, Angel María de Lera y John Galliano, se vio abocada a sobrevivir como pudo, y no siempre bajo el imperio de la ley: el contrabando existió antes de que se levantara la Verja, tanto a gran escala estilo Juan March, como en el menudeo de los calcetines llenos de chucherías con que José Luis Cano la cruzaba de niño. Los pocos años de Liana Romero, en cambio, durante la Segunda Guerra Mundial, le sirvieron a su madre, la legendaria agente doble Reina de Corazones, para camuflar los microfilmes que no le cabían en el envés de sus guantes de cabritilla. También hubo muertes entonces, a manos de los carabineros que tiroteaban a quienes cruzaban la franja con una petaca llena de picadura de tabaco.

Durante el bloqueo de la Verja, sólo había un puente posible, Radio Gibraltar y los “Saludos” de Norma Delgado, que sirvieron para dedicar canciones o mensajes entre las familias separadas por primera los intereses de Estado sobre los intereses de las personas. Diez años después del cierre, un pacifista llamado Gonzalo Arias llevó a cabo varias acciones para reclamar que la incipiente democracia española reabriese lo que había cerrado la dictadura: le costó la cárcel y el descrédito, pero se mantuvo fiel a sus convicciones y aquella Verja se abrió un 15 de diciembre de 1982, por decisión del primer Gobierno socialista y como una condición sensata para que España pudiera ingresar en la Comunidad Económica Europea: aquella medianoche, Carmen Word gritaba su nombre como una consigna para reivindicar, sin duda, su identidad, su condición mestiza, ciudadana de una frontera que ya podría cruzarse, entonces, al menos peatonalmente, hasta que en febrero de 1985, pasaron los coches y las mercancías.

La Verja de Gibraltar desaparece a pesar de que gibraltareños y campogibraltareños parezcan celebrar un club de lectura, en torno a “El miedo a la libertad”, de Erich Fromm. Del lado británico, temen que las puertas abiertas llenen sus calles de chorizos, de narcos y de sacamantecas, de ahí que hayan renovado la valla metálica del resto del perímetro, como si fueran a saltarla los migrantes ilegales que nunca podrán contraer domicilio en la Roca tras las estrictas normas de empadronamiento que han publicado las autoridades gibraltareñas. Y del lado español, los pavores son más abundantes, pues se teme –con razón—que el mercado inmobiliario se dispare en la comarca o que la economía de Gibraltar siga colonizando a la del resto.

Incluso cabe el albur de que un futuro Gobierno de la derecha y de la extrema derecha española intente abolirlo. ¿Se atreverán a hacerlo? De ser así, tendría que ser España y la Unión Europea quienes volvieran a levantar la Verja que hace un siglo y pico inventó la Pérfida Albión. ¿Se arriesgarán a hacerlo?

Sin embargo, los 15.000 trabajadores transfronterizos respiran con alivio; los jubilados creen que mejorarán sus pensiones y que el ajuste de precios limitará el contrabando de nicotina. También, por primera vez en un siglo, España tendrá algo que ver en el istmo, ya que sus agentes supervisarán los controles Schengen en la terminal del aeropuerto del Peñón, que también construyó una empresa española.

El Tratado de la Concordia en torno al Peñón de la Discordia, como le bautizó George Hills. Pero la Verja cae por su aprobación provisional. Queda por ver qué ocurrirá en la Eurocámara, en los meses venideros, porque el Partido Popular y Vox se están empleando a saco para que los parlamentarios europeos se nieguen a un acuerdo que forma parte indudable del reseteo en las relaciones entre Gran Bretaña y la Unión Europea. Los guardianes de la moral diplomática llevan varios años estornudando entre legajos dieciochescos para oponerse a un acuerdo que era inevitable porque su inexistencia hubiera conducido a un nuevo infierno.

Cabe la posibilidad que finalmente se apruebe. E incluso cabe el albur de que un futuro Gobierno de la derecha y de la extrema derecha española intente abolirlo. ¿Se atreverán a hacerlo? De ser así, tendría que ser España y la Unión Europea quienes volvieran a levantar la Verja que hace un siglo y pico inventó la Pérfida Albión. ¿Se arriesgarán a hacerlo? No me atrevo a responder a esa pregunta porque, visto lo visto, la sensación de ser libres no parece ser una enfermedad contagiosa. En todo caso, hoy por hoy, bye-bye, Verja de Gibraltar. Y como dirían en el Peñón, por favor, no me llames patrás.