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Opinión - 'Ceuta, el Perejil de Pedro Sánchez', por Juan José Téllez

Ceuta, el Perejil de Pedro Sánchez

10 de agosto de 2026 20:43 h

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La crisis de Ceuta, más allá de la recurrente serpiente de verano, se está convirtiendo en el Perejil del Gobierno 'criptocomunista' de Pedro Sánchez, del PSOE. Porque la invasión del célebre islote ocurrió, casi en las mismas fechas, del 10 al 20 de julio, pero del año 2002, bajo el Gobierno del españolísimo José María Aznar, hoy Cesar Imperator de FAES pero entonces presidente del Partido Popular.

Y por parecidos motivos: su aproximación a Argelia, la bicha kamdicha de Marruecos, y tras un simulacro de referéndum prosaharaui que la izquierda convocó en el Parlamento de Andalucía.

La ejemplar –por serena— manifestación de Ceuta de este domingo exigía la cabeza del inquilino de la Moncloa, que ya fuera objeto de los improperios de rigor durante su visita a la Ciudad Autónoma, después de abuchearle en las redes por dedicarse a publicar playlists en plena Marcha Azul, que es como le llama el sensacionalismo a la milenaria irrupción de marroquíes en la Perla del Mediterráneo. Cierto es que el Gobierno español actuó tarde y sin épica, mientras que Fernando García-Marlaska pregonaba que el CNI era cojonudo pero que nadie les había informado de lo que se le venía encima a la frontera marítima ceutí. O una cosa o la otra, señor ministro. O es que, a lo peor, lo que pretendía era templar gaitas en su esgrima de salón con Margarita Robles y el Departamento de Defensa, que van por libres en esta o en otras cuestiones.

Tal vez sería buena idea, como terapia colectiva, que el rey Felipe VI visitara la plaza y la de Melilla, aunque mejor sería que no diera discursos al respecto, si responden al guión de su intervención de la semana pasada

A Aznar no sólo le invadieron El Perejil y tuvieron que despertar a Colin Powell, a la sazón secretario de Estado de los USA, para explicarle en un mapa dónde estaba el minúsculo peñón próximo a Beliones pero perteneciente a España. Laila, que significa belleza, decían los enviados especiales que le llamaban los marroquíes. La i(s)la, en andaluz, tuvieron que explicar los periodistas locales. Cuando la matanza del 11-M, otro de los hitos coincidentes en el tiempo con el aznarato, el prócer se apresuró a aventurar, incluso meses después de que sólo él siguiera sosteniendo que había sido ETA, que los autores intelectuales del 11-M no estaban “ni en desiertos remotos ni en montañas lejanas”. Pues parece que sí, que lo estaban. Por ahora, en los alrededores de Ceuta, 'sólo' han muerto 142 personas, sin mochilas de por medio.

Los ceutíes, desde El Príncipe al restaurante Oasis del Hacho, desde Benzú a la playa del Trampolín, tienen razón a la hora de gritar que se sienten abandonados. Pero, ¿no lo estaban ya antes? ¿No lo estuvieron siempre, bajo cualquier Gobierno español? ¿Qué debería hacer cualquier Ejecutivo para que dicha población que ha sabido mantener la convivencia entre cuatro culturas diferentes no perciba ese abandono ancestral? Los presupuestos generales suelen mimarles, más allá de como los administren luego. Disponen de un régimen fiscal especial y siempre que estalla un follón de este calibre, la Moncloa, la ocupe quien la ocupe, suele reforzar la frontera, ya sea con concertina o con sistemas de inteligencia.

Tal vez sería buena idea, como terapia colectiva, que el rey Felipe VI visitara la plaza y la de Melilla, aunque mejor sería que no diera discursos al respecto si responden al guión de su intervención de la semana pasada. Sin embargo, no hace falta ser la bruja Lola para aventurar qué iba a ocurrir a la hora siguiente: represalias de Marruecos contra los intereses españoles de todo tipo. ¿Estamos dispuestos a pagar ese precio por una sesión en el diván de la psiquiatría diplomática? Pero, no cabe duda, nos sentiríamos, eso sí, españoles y muy españoles.

Tendríamos guardada bajo la manga un arma secreta: Santiago Abascal, que patrullaría la valla fronteriza a lomos de su corcel y espoleando a los menas hacia el Moro, como si fuera el flautista de Hamelin

Pongamos que –no es mucho suponer– vuelve a gobernar España el PP, esta vez con el inestimable concurso de Vox. ¿Ceuta podría mostrarse más confiada? Lo mismo las comunidades autónomas no se pondrían tan farrucas a la hora de rechazar la acogida de menores, algo es algo. Sin embargo, ¿lograría Alberto Núñez Feijóo convencer al embajador de Estados Unidos en España para que negocie con Trump la incorporación de Ceuta y Melilla al paraguas defensivo de la OTAN? Lo que no pudieron ni Leopoldo Calvo Sotelo ni Felipe González, que no eran de extrema izquierda precisamente. No parece probable que ello ocurra, ni siquiera si España aumentara al 5 por ciento del PIB su cuota de socia en la Alianza Atlántica, tal y como pretende el inquilino de la Casa Blanca, a costa de nuestros servicios públicos e infraestructuras.

Y aunque entonces, en esa realidad nada distópica, seamos buenecitos y no digamos ni mú si Israel levanta un resort sobre las ruinas de Gaza, Marruecos seguirá con su hoja de ruta: Ceuta, Melilla, los peñones, Canarias, el Sahara y, si le dejan, Madeira y las Azores. Sin embargo, tendríamos guardada bajo la manga un arma secreta: Santiago Abascal, que patrullaría la valla fronteriza a lomos de su corcel y espoleando a los menas hacia el Moro, como si fuera el flautista de Hamelin. Ya me imagino, por cierto, a Vito Quiles en la Delegación del Gobierno.

Ceuta no se rinde, gritaban los manifestantes del domingo a una España que sólo parece acordarse de ella cuando truena. Desde luego, no lo ha hecho durante décadas. Pero Rabat tampoco va a rendirse, como bien saben los propios ceutíes.