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Un discurso obvio por esperado e innecesario

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Cuando decimos que alguien tiene un discurso confuso o contradictorio, es decir, acantinflado, no estamos hablando mal del gran genio Mario Moreno Cantinflas, que nadie se enoje, sino de sus imitadores. 

Un discurso es contradictorio cuando lo ponemos en relación con una conducta observada o con una actitud ante algún problema o cuestión no banal, con la realidad, o simplemente vacío, que es una manera más de hacerlo mal. Cuando no se dice nada y es intencionado, la vacuidad alcanza otra categoría -sigo aquí a otro mexicano ilustre-, Roberto Gómez Bolaños, Chespirito: “Fue sin querer queriendo”. 

Un año tras otro, oímos lo obvio pero solo una parte. Lo que discurre el jefe de Estado, y su antecesor, lo podría pronunciar cualquiera concejal de pueblo, con perdón de los esforzados ediles, o presidente de un club popular de fútbol, frecuente en estos días señalados. La majestad, al menos en la tradición histórica medieval, te distingue; en estos discursos, entre la ignorancia, la algarabía, tragos, pellizquitos al jamón y algún flatito del tardeo. No hay nada de majestuoso, nada de virtud simpar, más bien una vulgaridad cercana a lo obvio y lo facilón. Un practicón se decía en mis tiempos de deportista de aquellos que repetían y te colaban, una y otra vez, esa jugada que se tenían mamada. 

Cada año, el monarca que no está obligado por una disposición constitucional, pierde la oportunidad de sorprendernos y, en cambio, desperdicia la ocasión de crecer en legitimidad de ejercicio, sin entrar aquí, que no toca, en la de origen.

Desde que el texto escrito embargado llega a las redacciones, la brigada cortesana o simplemente voluntarista se esfuerza en extraer del texto lo que no hay e incluso añadir pro rege aquello que pudiera agradar a la Casa. Cada año, superado el primer trance de su lectura temprana, se añaden, en un alarde metafísico, virtudes más allá de lo pronunciado, incluso lo omitido en la misiva regia. He leído este año incluso que el discurso y su escenografía transmitían cercanía y modernidad en la medida que prevalecía la imagen de las infantas, una de ellas, princesa heredera. No se entiende cómo puede ser moderna la monarquía enseñando la imagen de la heredera por nacimiento, por sangre, sin ningún otro mérito, sin el inconveniente sálico, en esta ocasión, de no tener un hermano varón. Precisamente esa es su antigüedad y anacronismo, que se trata de una institución hereditaria. 

En realidad, el discurso no es el de un jefe de Estado, sino el de un rey, y, por eso, obedece a la lógica dinástica, de Casa. Así, se observa con facilidad su alejamiento -incluso cuando se ve forzado por las circunstancias a acercarse- con las cosas del común que suelen desarrollarse en torno a otros valores más del pueblo. Lo que rezuma, siquiera simbólicamente, son valores dinásticos, desplegando su iconografía y fetichismo.

A la ausencia propia del principio electivo, se acumula la del principio igualitario, entre el hombre y la mujer, pero también con el resto de la ciudadanía de Estado, expresada en el principio de irresponsabilidad cuyo cenit es la inviolabilidad. Si este último es un privilegio constitucional, el monarca no se ha referido al anacronismo y exceso de dicho privilegio y, menos, al mal uso y abuso de su progenitor y predecesor en la jefatura del Estado, miembro de la Familia Real. 

Una institución que se dice moderna aprende y se nutre de valores democráticos, se somete a la ley, no solo lo predica de los demás -antes súbditos y algunos aún vasallos- y, con los antecedentes inmediatos en la propia institución, instaría a quien tiene la competencia, es decir, el Parlamento, a iniciativa del Gobierno, a que mejorare la legislación vigente para que nadie más de los suyos, empezando por él mismo, pudiera caer en la tentación de comportarse de la misma manera. Petición siempre obviada con la consiguiente merma de reputación para la institución al quedar a la vista que incluso que en el caso de que el actual titular de la Corona se corrompiere pudiere también acabar en la nada. Es decir, una ley de la Corona.

Pero los cortesanos no están por esos vientos. Los monárquicos de verdad, sí, pero son pocos y lo saben y, quizá por eso, callan. Saben que la monarquía es insostenible por su ejemplo y sus discursos y está sostenida, no por sus propios valores, sino por el andamiaje del poder más profundo al que sirve y del que se sirve en un pacto simbiótico que permanece.