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¡Qué frío!
Es evidente: hace frío. El frío es curioso porque, aunque no se vea, se siente, toca y huele. Y también duele. Pero hay a quien mata.
Y es que nos encontramos pues con un problema estructural: las administraciones siguen desentendiéndose de esta cuestión como si de un fenómeno meteorológico que les pillase desprevenidos se tratase, año tras año, municipio tras municipio.
Desde el macrodesalojo de 400 personas negras en Badalona el pasado mes de diciembre, hasta una Junta de Andalucía que expulsa a una entidad social como Málaga Acoge para vender su sede a un fondo israelí de pisos turísticos, la lógica es más que evidente: calle o bala.
Es decir, cuando desde las administraciones se fomenta la re-expulsión tanto de las personas como de aquellas instituciones y entidades que trabajan con los colectivos más expuestos a la violencia del frío del hormigón, se evidencia la fragilidad del cartón con la que se cuenta para protegerse. Son las bajas temperaturas de unas políticas sociales que las empujan a la invisibilidad más absoluta, como si de unas muertes sociales predestinadas se tratasen. Porque el cartón puede parecer robusto por su opacidad, o que está haciendo algo, pero la realidad es que estas políticas son fácilmente desechables; o quizás es que entienden como desechables a quienes son objeto de estas.
Esto no es una simple dejadez de funciones: es una práctica política consciente y cómplice, es celebrar el hecho de exponer al raso a centenares de personas o fomentar la venta para acuciar el problema de la vivienda con el negocio de los pisos turísticos en contra de la memoria urbana y la acogida. Ante la crisis de vivienda depredadora, ninguna política nos está protegiendo. Porque ya ni la privatización de los servicios sociales sirve para parchear un problema, evidenciándose un desmantelamiento acelerado de las políticas sociales. Pues, ¿quién iba a pensar que un inmueble propiedad de una administración pública podría albergar un uso social?
El frío de la calle no se padece sin más, sino que se atraviesa mediante calles punzantes que interseccionan y catalizan otras tantas violencias que acaban con la salud (física, mental y social) de quienes se ven sometidas a tal infierno, buscando ocultar tal vergüenza enajenándose de la realidad
Tanto ONGs como colectivos y agentes sociales vienen denunciando esta lógica malthusiana por parte de las instituciones; es decir, una visión que asume que no hay recursos para todos y que, por tanto, permite dejar morir a los eslabones más “prescindibles” del sistema. Es una selección natural forzada por la política. Y es que, si bien explicitan una problemática sobre la aporofobia, no podemos ser tan simplistas y reduccionistas: no es casualidad que el macrodesahucio de Badalona de esas 400 personas fueran todas negras. No es casualidad, es racismo institucional. Que las más vulnerabilizadas por el sistema sean mujeres migrantes tampoco lo es: es pura misoginia y racismo, y la base para que se sostengan muchas violencias machistas.
El frío de la calle no se padece sin más, sino que se atraviesa mediante calles punzantes que interseccionan y catalizan otras tantas violencias que acaban con la salud (física, mental y social) de quienes se ven sometidas a tal infierno, buscando ocultar tal vergüenza enajenándose de la realidad.
Los datos de este invierno son una masacre silenciosa: se estima que casi 900 personas han muerto en las calles de España por causas derivadas del frío, según datos del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo) elaborado por el Instituto de Salud Carlos III. Porque entre “parada cardiorrespiratoria, hipotermia o fallo multiorgánico” no suele aparecer cuáles son las condiciones que han propiciado, agudizado o acelerado este estado. Y siempre recordando que estos datos están lejos de la realidad, porque para quienes su único techo es el cielo no existe un sistema 100% fiable que monitorice el sinhogarismo, por lo que los datos oficiales siempre son a la baja.
Sin techo, la vulneración de derechos aumenta y la violencia se multiplica, aunque el estigma que se les imponen sea lo que les calme la conciencia a quienes ejecutan el abandono.