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La incapacidad de Gallardón

La Libertad duele, sobre todo cuando se acompaña de la Igualdad. Ese es el problema.

El debate sobre el aborto ha seguido un curso tortuoso en el que muchos han intentado levantar diques para detenerlo, puesto que seguir significaba alejarse de la posición de partida, que era la impuesta por una cultura y una religión en la que las mujeres eran formalmente consideradas menores e incapaces y, por tanto, supeditadas a los criterios del hombre, bien fuera padre, marido, hermano o tutor. Cualquier hombre antes que ellas como mujer.

Y cuando las mujeres decidieron dejar de ser incapaces y romper con la visión tradicional fundamentada sobre el rol de madre, entonces pasaron a ser hijas de Eva, la madre de todas las mujeres perversas que se marcharon del paraíso terrenal y del paraíso que se montaron los hombres en el hogar. La simple libertad y autonomía que ejercen al no reproducir los roles tradicionales es para muchos la demostración de esa traición.

Sirva como ejemplo de esta visión paternalista en lo divino y en lo humano, y masculina en lo humano y en lo divino, lo que dijo el Ministro Gallardón en el Congreso en marzo de 2012: “la maternidad libre hace a las mujeres auténticamente mujeres”, o lo que es lo mismo, sin maternidad no hay feminidad. Y sirva también la posición que mantuvo la Iglesia Católica ante el conflicto surgido entre la vida de la mujer y la del feto en un caso que se produjo en Irlanda en noviembre de 2012. Savita Halappanavar, una mujer india de 31 años, murió ante la imposibilidad de que el equipo médico pudiera interrumpir su embarazo, a pesar de ser la solución para superar el grave estado que padecía. La razón que dieron en el hospital fue que “Irlanda es un país católico y el aborto está prohibido”. Su viudo no podía entender lo ocurrido, máxime cuando ellos practicaban la religión hindú.

La Iglesia, el Gobierno, el PP y mucha gente puede estar en contra del aborto, eso es legítimo y respetable, pero no pueden imponer su posición al resto de la sociedad. Y Gallardón contribuye a deformar la realidad y a “malformar” la opinión de la sociedad cuando presentan la regulación actual de la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) como una especie de plaga bíblica que recorre las calles y las plantas de los hospitales obligando a abortar a las mujeres que encuentra.

Y lo más preocupante es que dejan sin abordar el problema de fondo. Lo que significa la interrupción voluntaria es no continuar con un embarazo no deseado, y la forma de evitar las circunstancias que dan lugar al aborto es la prevención por medio de la educación sexual. No enfrentarse a la sexualidad y a las distintas formas de vivirla, y plantear como única educación la abstinencia sexual y la prohibición del uso de anticonceptivos es lo que genera la situación que luego prefiere evitarse con argumentos como el que dio una profesora de la Universidad del CEU en Valencia durante una clase, hace tan sólo tres semanas: "de lo terrible de una violación sacas algo bueno, que es un hijo". Opinión respetable, pero no extensible a toda la sociedad.

En nombre de qué o de quién se puede obligar a una mujer que no quiere continuar con el embarazo a que lo haga. Las mujeres no son máquinas de reproducción para ser consideras objetos destinados a ese fin. Las mujeres tienen el derecho a decidir si continuar con su embarazo o interrumpirlo, es algo íntimo que nace de su libertad, y que debe contar con la libertad de la sociedad para que dicha elección sea válida y esté garantizada. No puede quedar sometida a la capacidad económica para que sólo las que se puedan permitir costear una interrupción fuera de nuestro país lo hagan, ni al riesgo de un aborto clandestino. El simple hecho de ser conscientes del elevado número de mujeres que a lo largo de la historia han perdido la vida o se la han jugado, en ocasiones quedando con graves secuelas, en abortos sin garantías sanitarias, debe servir para entender la fuerza con la que nace la decisión de interrumpir una gestación. No se debe frivolizar diciendo que es una cuestión de quinceañeras alocadas o que se usa como un anticonceptivo más.

Luego se podrá criticar y cuestionar la decisión, pero no imponer la ideología ni la moral a toda la sociedad. El ministro Gallardón, el Gobierno y la Iglesia deben entender que ni todo su mundo es de este mundo, ni todas las personas de este mundo comparten sus posiciones. Es así de sencillo. A partir de ahí, cuentan con elementos para condenar esas conductas: pueden excomulgar a las personas implicadas o condenarlas a las llamas eternas, pero no hacer comulgar con sus ideas a toda la sociedad.

La ministra de Igualdad, Bibiana Aído, lo dijo con claridad: “la Iglesia debe decir lo que es pecado, no lo que es delito” (20-4-2009). Y la “Ley de salud sexual y de interrupción voluntaria del embarazo” no sólo habla de plazos para interrumpir embarazos; también abre el plazo para acabar con los embarazos no deseados. Démosle el tiempo que necesita y los recursos que requiere. Cambiar Educación para la Ciudadanía por Religión no es un buen principio.

El Ministro Gallardón quiere crear una nueva forma de incapacidad para las mujeres, una especie de “incapacidad transitoria gestacional” para que durante su embarazo no puedan expresar su voluntad, y sea una especie de tutor quien decida por ellas.

La Libertad duele, sobre todo cuando se acompaña de la Igualdad. Ese es el problema.

El debate sobre el aborto ha seguido un curso tortuoso en el que muchos han intentado levantar diques para detenerlo, puesto que seguir significaba alejarse de la posición de partida, que era la impuesta por una cultura y una religión en la que las mujeres eran formalmente consideradas menores e incapaces y, por tanto, supeditadas a los criterios del hombre, bien fuera padre, marido, hermano o tutor. Cualquier hombre antes que ellas como mujer.